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FALANGES: Soberanía e infraestructura crítica

Luis Adalberto Maury Cruz
[email protected]

Quien controla la infraestructura crítica controla las condiciones de la política.

La Tercera Modernidad no se manifiesta únicamente en la reorganización de los flujos comerciales, en la mutación del sistema financiero internacional, en el desgaste del orden neoliberal o en la caída de la unipolaridad estadounidense. Su expresión más profunda —y menos visible— ocurre en la infraestructura crítica de nueva generación: computación avanzada, inteligencia artificial, robótica y telecomunicaciones. Allí donde no ondean banderas ni se firman tratados, pero donde hoy se decide, en silencio, el ejercicio real de la soberanía.

Tradicionalmente, al Estado se le atribuyó la categoría de soberano en la modernidad a partir del siglo XVI. Empero, cabe preguntarse: ¿puede existir soberanía política sin soberanía infraestructural crítica en la Tercera Modernidad?

El caso de Ucrania

En septiembre de 2022, durante la guerra en Ucrania, se produjo uno de esos momentos de revelación estructural. No se trató de una derrota militar ni de un avance territorial, sino de algo más inquietante: la constatación de que la capacidad operativa de un Estado podía quedar subordinada a decisiones empresariales tomadas fuera de su jurisdicción.

Ucrania solicitó la extensión de la cobertura de Starlink hacia la región de Crimea para una operación naval con drones. La respuesta fue negativa. No hubo sabotaje ni apagón en combate; simplemente, la infraestructura nunca fue habilitada. Bastó esa negativa para evidenciar una realidad propia de la Tercera Modernidad: la soberanía ya no se define solo por el control del territorio físico, sino por el acceso —o la exclusión— a las infraestructuras digitales críticas.

En febrero de 2022, apenas iniciada la invasión rusa, Kiev solicitó acceso urgente al sistema. En cuestión de días, miles de terminales comenzaron a operar. Para finales de 2023, más de cuarenta mil dispositivos conectaban al país con el mundo y con su frente de batalla, convirtiéndose en la columna vertebral de sus telecomunicaciones militares.

El caso de Irán

Hacia finales de 2025, el estallido de protestas masivas en territorio iraní coincidió con la introducción clandestina de entre cuarenta y cincuenta mil terminales Starlink, financiadas parcialmente por Estados Unidos. Estas plataformas permitieron coordinación, difusión y persistencia frente a la censura estatal.

El régimen iraní optó por una operación de inteligencia electrónica de alta complejidad, con asistencia tecnológica rusa y china. En lugar de bloquear la señal, replicó la sincronización GPS con un leve desplazamiento de fase. El sistema se desorganizó desde dentro. El resultado fue un apagón total.

La enseñanza fue inequívoca: la infraestructura orbital puede ser neutralizada.

Rusia, China e India

Ante estas experiencias, Moscú, Pekín y Nueva Delhi concluyeron que ningún Estado que aspire a una soberanía efectiva puede permitir que su columna vertebral digital esté en manos ajenas.

Rusia impulsa el proyecto Sfera; China desarrolla GuoWang–China SatNet con miles de satélites proyectados; India fortalece OneWeb India bajo regulación estatal. A diferencia de Starlink, de matriz privada-estratégica, estos sistemas priorizan el control del espacio informacional como componente de seguridad nacional.

El Sur Global

Para muchos países del Sur Global, el dilema es evidente: integrarse a infraestructuras globales eficientes bajo reglas externas o apostar por ecosistemas alternativos, aceptando nuevos alineamientos geopolíticos. La soberanía digital deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una decisión estratégica concreta.

Conclusiones

En la Tercera Modernidad, la soberanía ya no se pierde únicamente con la ocupación del territorio, sino con la cesión de la infraestructura crítica. La hegemonía contemporánea no se define solo por la primacía militar o económica, sino por la capacidad de controlar, condicionar o negar el acceso a la infraestructura que sostiene la vida política, económica y social.

La pregunta decisiva ya no es si la soberanía sigue siendo relevante, sino quién la ejerce realmente cuando la infraestructura crítica no responde al Estado. En la órbita baja del planeta se libra una de las batallas centrales del nuevo orden multipolar.

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