Luis Adalberto Maury Cruz
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El ser humano es un ser espiritual. Entendiendo por espiritual la necesidad de relacionarse con lo trascendente, con aquello que le da pertenencia y sentido de vida. Esto muestra que las relaciones humanas van más allá de lo material o corporal; el humano es un ser de símbolos. En este terreno los símbolos son más que signos, nos vinculan con las propias expectativas, con nosotros, con el entorno; conforman nuestra cosmovisión y por ello son una forma de relacionarnos con nuestros fueros internos, con los otros, con aquello que nos rodea y con lo Otro. Quizá la espiritualidad sea la naturaleza profunda del ser humano, quizá de allí el hambre de saber y de poder.
Con la Segunda Modernidad se gestó la hiperindividualización y desarrolló un entorno telemático, rompiendo la forma decimonónica de las relaciones humanas y por ende de la espiritualidad. Hoy hay una tendencia hacia relaciones más fundadas en lo efímero que en lo duradero, las relaciones presentan una suerte de obsolescencia programada. Sin embargo, la necesidad humana de la espiritualidad permanece, pues se requiere orientación para la propia existencia.
Evidentemente la espiritualidad no es ni se reduce a una religión institucional, ni a ritos de sectas, también hay espiritualidad en el ateísmo. Pues espíritu (spiritus) remite al soplo y fuerza vital, lo más vital son las relaciones que dan sentido de vida, trascendiendo la corteza biológica del humano.
Los símbolos de la espiritualidad son, por ejemplo: Dios, Madre Tierra, energía, Estado, la familia, la comunidad, una ideología en particular (política, religiosa, científica o social), el poder, el dinero, el mercado u otra idea que sea reguladora de la propia vida. Es tal no porque sea una realidad, una evidencia científica o un acto de fe sino porque le da a su recipiendario (persona) sentido de pertenencia y de orientación para su propia existencia, permitiéndole desarrollarse con los otros mediante un papel y una personalidad que va de su vida profunda hasta su entorno.
Primero el individualismo de la Primera Modernidad y después la hiperindividualización de la Segunda Modernidad rompieron las relaciones humanas en su forma decimonónica y tradicional, haciendo del ser humano un individuo escindido de su sociedad, comunidad y familia, configurando nuevas relaciones donde el nosotros sólo se admite con la primacía del individuo, la sociedad presenta la tendencia al consumismo, la comunidad se sustituye por colectivos, la familia con frecuencia adolece de autoridad, de tal forma que las figuras de abuelos, padre madre pierden respeto frente a hijos que violentan a su familiares y esto va en aumento.
Este malestar de la cultura supone: 1) La atomización del humano en lo social y político donde se individualiza al grado de diluir a la comunidad y a la solidaridad tradicional, gestando colectivos, comunidades y relaciones virtuales 2) La transición de los modelos de familia extensa, pasando por la nuclear y llegando a la familia solitaria trasforman a las relaciones familiares de antaño hoy se está más preocupado por la individualidad y las autopercepciones que por el sentido de unidad y protección de los más indefensos.
Hoy el mundo y particularmente Occidente gravitan sobre un espíritu de lo banal, de lo efímero y de lo hedónico, que con frecuencia se da en circunstancias y en personas tóxicas, necesarios para la lógica del consumismo. ¿Acaso esto no es decadencia? Sin embargo, no se trata de hacer en la vida sólo actos solemnes, tampoco de tener una existencia de apegos enfermizos y mucho menos de negar el derecho al placer, sino de lograr el libre desarrollo de la persona orientada a su realización con responsabilidad.
Hoy se presenta la tendencia que se sintetiza en el slogan de “se la mejor versión de ti mismo” y se bifurca en dos caras:
1) El hedonismo efímero, la autopercepción distorsionada y el autoengaño fomentado por interés de mercado, es un atroz hiperindividualismo que denigra tanto a la persona que lo padece como a su entorno; esto funciona tanto por actos de mala fe de quien lo padece, así como por la introyección, que se hace desde arriba, de este megarrelato de la hiperindividualidad.
2) El desarrollo personal integral bajo la impronta del autoconocimiento y la responsabilidad, pretende un equilibrio del individuo desde la diversidad. No es moda, sino un imperativo de vida el buscar la mejor versión de uno mismo y trasciende a todas las épocas, mejor aún, este esfuerzo hace que se trascienda, pues se logra esta meta vital.
Esta tendencia de la mejor versión de sí mismo supone a la espiritualidad, pues por muy patológico (o sano) que sea el individuo siempre requiere de símbolos que le permitan relacionarse de forma profunda consigo mismo, con los otros, con lo que lo rodea y con lo Otro; siempre se busca paz, sosiego, o al menos aturdir a los propios demonios.
Con el desarrollo telemático y en particular con las redes sociales se brindan espacios para una pluralidad y diversidad de espiritualidades; están potencializadas por las tecnologías de la comunicación e información, pues permiten la socialización inmediata y masiva de discursos tanto sensatos como atroces. Sin embargo, el entorno virtual es un medio libre por más policía cibernética que haya.
La espiritualidad no radica en el discurso o en el acto per se, sino en que estos sean significativos para la persona, dandole ese sentido de pertenencia que busca y le da orientación a su vida, es algo que requiere. De esta forma la espiritualidad se identifica con la mejor versión de sí mismo, por ello la persona se torna en un recipiendario y un reflejo de sus creencias.
Los símbolos de la espiritualidad, señalados arriba, tienen distinto significado y varia con matices peculiares en cada época, circunstancia y persona, así un creyente religioso puede ser un santo o un genocida, quien ven en el dinero un Dios puede ser un filántropo o un mezquino. Es notorio, la espiritualidad no tiene el mote se santidad o bondad, sino del cómo nos relacionamos con aquello que nos hace pertenecer y orienta nuestra existencia. Recuérdese que muchas religiones y tradiciones hablan del mal espíritu, por analogía también hay una espiritualidad decadente o patológica.
Los diversos discursos y prácticas religiosas judías, judeocristianas, satánicas, esotéricas, iniciáticas, chamánicas, políticas, científicas, en suma ideológicas se tornan en espirituales cuando orientan la propia vida y dan sentido de pertenencia. El problema radica cuando se cae en el fanatismo y se trasgrede el derecho de terceros, o se forma parte de una horda de criminales o resentidos, disfrazados de activistas sociales o religiosos.
Una espiritualidad patológica es potencializada por el entorno telemático por ejemplo las comunidades religiosas o ideológicas fanáticas o delictivas amplían su rango de acción usando sus redes sociales, realizan actos de intolerancia y lesionan a terceros, al hacer de su credo una obligación impuesta vía la violencia grotesca, los chantajes, o por las coacción sutil o estridentes; basta recordare los actos de delitos sexuales de ministros y ministras de culto; o los actos vandálicos y daños a propiedad privada y pública de delincuentes en manifestaciones. Otros ejemplos son: las comunidades de personas pedófilas en el mundo virtual y que realizan sus delitos tanto en el plano informático como real, que sustentan sus desviaciones alegando que son transedad y que su autopercepción debe ser respetada, diciendo: “yo soy un hombre de 50 años, pero me percibo como una niña de 12 años y tengo derecho a tener a un niño como novio”. Así se comprende que estas personas forman parte de estas comunidades, porque les da sentido de pertenencia y orientan su vida al crimen.
La virtualidad también da herramientas para un despertar de la consciencia, es decir para generar comunidades y redes para el autoconocimiento y el desarrollo personal integral en este sentido la Tercera Modernidad y su entorno telemático brindan nuevas posibilidades para las espiritualidades y el diálogo intercultural. También hay mayor acceso a conocimientos que antes sólo eres posible de forma presencial. Hoy podemos acceder de forma inmediata a todo tipo de información desde clásicos hasta contemporáneos en filosofía, ciencia, religión, magia, chamanismo.
En la Tercera Modernidad la espiritualidad el encuentro con aquello que realmente nos dé elementos, herramientas y comunidades de apoyo están aún clic de distancia. Hoy el reto es como no caer en la hiperindividualidad y en las garras del consumismo; tenido una estilo de vida sano, esforzándonos por desarrollar la mejor versión de nosotros mismos en libertad, consciencia y responsabilidad. No basta reconocer que el mundo está mal, sino que uno mismo es la enfermedad y también puede contribuir desde lo local y atómico con una mejora al entorno, es decir siendo responsables y haciendo sólo lo propio. Y que lo propio es sintetizado en la libertad personal y la responsabilidad con el entorno, desde un enfoque de diversidad y pluralidad. Así, la espiritualidad es una condición humana y una constate en la Tercera Modernidad, en fin, ¿usted qué piensa?…
