Cada año Veracruz enfrenta inundaciones, desbordamientos de ríos y temporadas de lluvias intensas. La imagen del estado suele asociarse con el exceso de agua. Sin embargo, cuando llega el estiaje aparece la otra cara del problema: la escasez. Esa contradicción —abundancia natural y carencia urbana— se repite con una regularidad que debería llamar mucho más la atención de autoridades y ciudadanos.
Desde febrero y hasta finales de mayo, el periodo de estiaje reduce los caudales de ríos y manantiales en buena parte del estado. En ciudades como Xalapa, donde el crecimiento urbano ha sido rápido y desordenado, la disminución de las fuentes de abastecimiento empieza a sentirse con particular intensidad a medida que avanza la temporada seca. En colonias enteras el suministro se vuelve irregular y las familias dependen cada vez más de tandeos o del abastecimiento mediante pipas.
Pese a tratarse de un ciclo perfectamente previsible, la respuesta institucional sigue siendo reactiva y no estructural. El estiaje se enfrenta con medidas de emergencia cuando lo que se necesita es una política pública permanente.
Cuando el agua escasea aparecen los tandeos, las quejas ciudadanas, los anuncios de distribución mediante pipas y los llamados a usar el recurso con moderación. Pero esas respuestas no resuelven el problema de fondo. Apenas permiten administrar una escasez que, en realidad, podría mitigarse con planeación adecuada.
La paradoja veracruzana es evidente. Se trata de uno de los estados con mayor disponibilidad natural de agua en el país. Su territorio está atravesado por una amplia red de ríos, cuencas y manantiales que históricamente han sido fuente de vida, producción agrícola y abastecimiento urbano. Aun así, varias de sus ciudades enfrentan periodos de escasez cada vez más frecuentes y más extensos.
La razón no es la falta de agua en sentido absoluto, sino la falta de planeación en su gestión. Durante décadas el crecimiento urbano avanzó sin un orden territorial claro. Las zonas de recarga hídrica se urbanizaron, los bosques que alimentan manantiales se redujeron y los sistemas de distribución quedaron rezagados frente al aumento de la población.
A ello se suman redes de agua potable envejecidas, fugas que desperdician grandes volúmenes del recurso y una infraestructura que en muchos casos no ha sido modernizada en décadas. El resultado es un sistema vulnerable que resiente de inmediato cualquier reducción temporal en la disponibilidad de agua.
El problema tampoco es exclusivamente técnico. Tiene que ver con la forma en que el agua ha sido tratada institucionalmente. Durante años fue considerada un asunto administrativo más dentro de los gobiernos municipales y estatales, cuando en realidad se trata de uno de los temas estratégicos para el desarrollo y la estabilidad social.
La gestión del agua exige una visión de largo plazo que incluya protección de cuencas, preservación de bosques, control del crecimiento urbano, inversión constante en infraestructura y una cultura ciudadana de uso responsable. Sin ese enfoque integral, cada temporada de estiaje seguirá repitiendo el mismo guión.
Mientras no exista una política hídrica de largo alcance, el estiaje continuará revelando una contradicción que debería resultar inaceptable: ciudades con sed en medio de un estado lleno de agua.
El problema no es el estiaje. El estiaje es un fenómeno natural y previsible.
El verdadero problema es que, año tras año, sigue encontrando a las instituciones sin una estrategia duradera para enfrentarlo.




