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Estados Unidos: gobernar el derrumbe con espectáculo

Estados Unidos está intentando resolver un derrumbe social con policía, espectáculo y guerra cultural como si el problema fuera de orden público y no de arquitectura nacional. Esa elección no es neutra: convierte el conflicto social en escena, el miedo en política pública y la fractura en identidad. En vez de reconstruir la base material que sostuvo su cohesión durante el siglo XX, Washington se refugia en lo más barato y lo más tóxico: el enemigo.

La polarización no es una moda de redes: es la forma visible de un agotamiento. Cuando una sociedad deja de producir bienes deja también de producir orgullo colectivo. La desindustrialización no fue un fenómeno técnico, fue una transferencia de capacidad histórica. No se mudaron únicamente fábricas: se mudó el futuro. Se vaciaron ciudades enteras de salario estable, de oficio, de pertenencia. El trabajo se volvió intermitente, la familia se volvió frágil y el tejido comunitario quedó a merced del resentimiento.

En ese vacío apareció la economía de la anestesia. Drogas, alcohol y un mercado de consuelos rápidos que sustituyen lo que antes daba sentido: trabajo digno, horizonte, estabilidad. Ese es el terreno donde la política de choque prospera. Porque cuando una sociedad duele, el poder puede gobernar sin proyecto: le basta con administrar el dolor, ofrecer culpables y prometer castigo. La guerra cultural es eso: una forma de evitar el costo político de reconstruir lo real.

Y aquí está la ironía: el discurso de fuerza no recompone el empleo de calidad, sólo ordena el malestar bajo una bandera. Una operación policial puede exhibirse como “control”, pero no abre un taller, no reentrena a un obrero desplazado, no levanta un ecosistema productivo. La teatralidad puede ganar ciclos de noticia; no gana productividad. El castigo puede disciplinar cuerpos; no crea prosperidad compartida.

El conflicto migratorio y el despliegue de agentes como si ciertas ciudades fueran territorio hostil funcionan como instrumento perfecto: dividen, simplifican, producen imágenes. La pregunta decisiva no es si el Estado debe tener reglas, sino qué tipo de Estado quiere ser: uno que gobierna con instituciones y reconstrucción, o uno que gobierna con patrullas y espectáculo. Cuando la política se reduce a operativos, el país deja de pensarse a sí mismo y se limita a vigilarse.

El verdadero problema estadounidense no es que “faltan enemigos”, es que falta un plan de reintegración interna. Reindustrialización real, no consigna. Cadenas de valor completas, no anuncios. Formación técnica masiva, no discursos. Infraestructura social, no sólo infraestructura dura: salud mental, tratamiento de adicciones, apoyo comunitario. Y, sobre todo, la recuperación de la dignidad del trabajo, porque sin dignidad material no hay ciudadanía que aguante: hay tribus, hay rabia, hay fractura.

Lo que China representa, para bien y para mal, es el espejo de esa renuncia: un Estado que entendió que producir es poder y que el bienestar no es un adorno moral, sino una tecnología de estabilidad. Estados Unidos, en cambio, actúa como si pudiera seguir mandando sin recomponer su casa, como si el orden mundial fuera un derecho adquirido y no una consecuencia de su capacidad productiva.

La expectativa, si no hay giro, es clara: más crispación, más episodios de calle, más política de choque, más consumo de anestesia social. No porque el país esté “a punto de romperse” cada semana, sino porque la dinámica se retroalimenta: cuanto menos reconstrucción, más miedo; cuanto más miedo, más espectáculo; cuanto más espectáculo, menos gobierno.

Un imperio no cae cuando pierde batallas: cae cuando deja de producir futuro. Y hoy, en Estados Unidos, el futuro se está sustituyendo por operativos.

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