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Estados Unidos en renegociación: identidad, poder y el deber estratégico de México

ECP

Bien visto, Estados Unidos no está colapsando. Está renegociándose. Y esa distinción es crucial.

Lo que atraviesa hoy la potencia no es solo polarización electoral ni desgaste coyuntural. Es la erosión de un consenso histórico que sostuvo al país durante décadas: crecimiento apoyado en globalización, liderazgo internacional indiscutido, clase media industrial amplia y una narrativa integradora capaz de absorber diferencias culturales bajo un proyecto común.

Ese consenso comenzó a fracturarse con la desindustrialización acelerada de los años ochenta y noventa. La globalización financiera produjo ganancias extraordinarias en sectores tecnológicos y bursátiles, pero dejó regiones completas sin proyecto productivo. Ciudades manufactureras se vaciaron. Comunidades enteras quedaron suspendidas entre empleos precarios y promesas incumplidas.

A esa erosión económica se sumó la crisis de opioides y fentanilo. No es solo un problema sanitario; es el síntoma de una sociedad que perdió anclajes comunitarios y horizonte colectivo. El deterioro no es únicamente material, es emocional.

Cuando la integración falla, la política busca sustitutos. La migración se convirtió en el escenario simbólico donde se proyecta una ansiedad que en realidad es interna. La expansión visible de operativos coercitivos y el endurecimiento del discurso no resuelven el malestar estructural; lo canalizan.

En paralelo, el campo cultural se volvió campo de batalla. El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, con la presencia de un artista latino cantando en español y reivindicando identidad continental, fue más que entretenimiento. Fue una escena de la renegociación. Para unos, orgullo e inclusión. Para otros, provocación. La disputa ya no es solo por empleos o impuestos; es por el significado de pertenencia.

Hablar de renegociación significa reconocer que el modelo anterior perdió eficacia, pero el nuevo todavía no existe.

Tras la Gran Depresión, Franklin D. Roosevelt comprendió que el mercado por sí solo no reconstruiría cohesión. El New Deal fue una reconfiguración profunda del papel del Estado. Inversión pública masiva en infraestructura y empleo. Regulación financiera estructural con la separación bancaria y garantía de depósitos. Creación del sistema de seguridad social. Reconocimiento de derechos sindicales. Planificación regional estratégica.

El Estado dejó de ser árbitro distante y se convirtió en actor económico central. No abolió el mercado; lo disciplinó y lo complementó. De ese pacto emergió la expansión de la clase media industrial que sostuvo décadas de estabilidad.

Hoy Estados Unidos enfrenta una crisis distinta pero comparable en magnitud estructural. Sin embargo, no existe un consenso político equivalente al que permitió el New Deal. El Congreso está polarizado. El sistema mediático fragmentado. El financiamiento electoral condicionado por grandes capitales. La crisis es económica, pero también identitaria y cultural.

Hay intentos parciales de política industrial y relocalización productiva. Hay discursos de fortalecimiento sindical y regulación tecnológica. Pero no existe todavía una mayoría estable capaz de articular un nuevo pacto integrador.

El liderazgo disruptivo logra cohesionar bases movilizadas, pero no reconstruye el centro. El gabinete de halcones proyecta firmeza hacia afuera, pero no resuelve la fatiga interna. Los resultados electorales recientes en estados clave como Texas muestran que la confrontación permanente tiene límites. Hay desgaste en sectores moderados que perciben el costo económico y emocional del conflicto continuo.

Estados Unidos conserva instituciones robustas, capacidad tecnológica formidable y poder financiero enorme. Pero atraviesa una redefinición bajo tensión. El equilibrio es precario porque el viejo consenso se agotó y el nuevo aún no nace.

Para México, esta lectura es decisiva.

La relación bilateral no depende solo de tratados comerciales; depende del estado emocional y político del vecino. Cuando una potencia renegocia su identidad, su política exterior puede volverse más volátil, más retórica o más defensiva.

En ese contexto, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha optado por una estrategia que combina prudencia macroeconómica con afirmación soberana.

El blindaje fiscal y financiero busca amortiguar cualquier turbulencia externa. La política industrial con mayor contenido nacional intenta evitar la trampa de desindustrialización que hoy pesa sobre el norte. La defensa de la soberanía energética no es gesto ideológico, es instrumento de autonomía estratégica. La diversificación comercial reduce dependencia excesiva. La cooperación migratoria se mantiene, pero sin aceptar presiones que lesionen la autonomía.

La lección es clara: frente a la ansiedad del vecino, estabilidad. Frente al espectáculo, sobriedad. Frente a la presión, cálculo.

Estados Unidos no ha perdido su capacidad estructural. Pero sí perdió el centro de gravedad consensual que ordenaba su proyecto colectivo. Está en tránsito.

La pregunta que atraviesa ese tránsito es si emergerá un nuevo pacto integrador comparable al New Deal o si se consolidará una fase prolongada de nacionalismo defensivo y polarización permanente.

México no puede determinar ese desenlace. Pero sí puede decidir cómo posicionarse ante él.

Y en tiempos de renegociación ajena, la ventaja comparativa es tener proyecto propio, cohesión interna y estabilidad estratégica.

Ahí se juega la diferencia entre dependencia reactiva y soberanía madura.

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