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Estados Unidos en confrontación porque el gobierno decidió gobernar por la fuerza

ECP*

Hay políticas migratorias duras; y hay otra cosa, más grave: un Estado que empieza a habitar la fuerza como método cotidiano. Estados Unidos está entrando en una fase extraña y peligrosa: la política dejó de ser discusión y se volvió presencia. Se volvió operativo. Se volvió calle. Y, sobre todo, se volvió cámara. Lo que está ocurriendo con Minnesota como escena de alta visibilidad– ya no se deja leer sólo como “aplicación de la ley”: se está convirtiendo en un modo de gobierno cuya materia prima es la confrontación. Y cuando un gobierno necesita confrontación para funcionar, el país entra en crisis: de legitimidad, de cohesión y de obediencia voluntaria. Minnesota no es un incidente aislado: es una señal de fase.

El despliegue federal en el área Minneapolis-St. Paul se ha descrito como masivo y políticamente incendiario: un “surge” que convirtió barrios enteros en teatro de fuerza y la vida cotidiana en zona de fricción. Y la confrontación ya tiene saldo de sangre: el 24 de enero, Reuters reportó que un agente federal (bajo el paraguas del Departamento de Seguridad Nacional) mató a tiros en Minneapolis a un hombre de 37 años, identificado por autoridades como ciudadano estadounidense. La versión oficial invoca “defensa propia”. El video que circula muestra forcejeo y sometimiento antes de los disparos, y precisamente lo que no deja claro –quién dispara en qué instante y bajo qué condición exacta de la víctima– es lo que vuelve el hecho un detonante político. Porque la diferencia entre “enfrentamiento” y “ejecución” no es semántica: es constitucional. La confrontación no es consecuencia: es diseño.

A escala nacional, el punto de fricción es claro: cientos de jurisdicciones se declaran, formal o informalmente, “santuario” –ponen límites a la cooperación con deportaciones– y Washington responde con presión, litigio y amenaza de castigo presupuestal. Trump anunció que frenaría pagos federales a estados con “sanctuary cities” a partir del primero de febrero: el garrote financiero como disciplina política. Ese es el choque nacional: un modelo de país que busca normalizar la fuerza como política pública contra otro que intenta frenarla con reglas locales, jueces y comunidad organizada. El conflicto se agrava porque no es sólo “migración”: es autoridad. Es quién manda en el territorio y bajo qué límites. Y cuando Washington decide que la gobernabilidad se logra con incursión federal y castigo presupuestal, el resultado no es orden: es crispación.

Aquí entra la mutación decisiva: la era del expediente. Cuando el Estado pretende gobernar por miedo, su ventaja es la oscuridad; cuando la ciudadanía documenta, el miedo pierde el silencio y empieza a convertirse en prueba. Esa prueba ya está entrando a tribunales: la ACLU demandó al gobierno federal por “suspicionless stops”, arrestos sin orden y perfilamiento racial en Minnesota. Eso abre el camino al patrón, a la cautelar y al discovery: correos, memorandos, cadena de mando, decisiones políticas. Del escándalo al archivo; del archivo a la responsabilidad.

La deriva más probable, si no hay alto político real, es esta: más redadas, más choques en ciudades santuario, más episodios fatales en escenas grabadas, más protestas, más gas, más demandas. Una espiral. Trump no está “restaurando el orden”: está degradando la democracia hasta volverla un régimen de sospecha. Esta política no busca ley: busca obediencia. Y cuando la fuerza se vuelve lenguaje, el Estado deja de ser árbitro y se vuelve amenaza. El trumpismo puede ganar ruido, pero perder gobernabilidad. Y cuando un gobierno cambia administración por coerción, termina gobernado por expedientes. En México sabemos de eso.

*Es Cosa Pública

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