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En el tablero latinoamericano de este tiempo se libra una batalla decisiva, no sólo entre proyectos políticos, sino entre visiones opuestas sobre el destino de la humanidad. De un lado, el ascenso de una derecha autoritaria, histérica y sin profundidad —representada por Javier Milei en Argentina y Daniel Noboa en Ecuador— que reduce la política a un espectáculo o a una finca; del otro, la apuesta de Claudia Sheinbaum en México y Gustavo Petro en Colombia por reconstruir el Estado de bienestar, rescatar la noción de lo común y devolver al ser humano el lugar central que el neoliberalismo le arrebató. No se trata de una simple disputa regional: es el eco latinoamericano de una tensión planetaria entre la vida y la depredación, entre la cooperación y la barbarie.
Durante cuatro décadas, el neoliberalismo instauró una cultura de deshumanización que convirtió a las personas en consumidores, a los gobiernos en gerencias y al planeta en mercancía. La promesa del progreso se tradujo en devastación ambiental, desigualdad extrema y la normalización del egoísmo como virtud. En ese contexto emerge una derecha postmoderna, desnuda de ideas, que solo sabe gritar o reprimir: Milei y Noboa son sus rostros más recientes. El primero, en Buenos Aires, ha llevado el delirio libertario al rango de credo religioso; el segundo, en Quito, gobierna con la lógica de un empresario feudal que administra la república como una plantación. Ambos encarnan una mutación peligrosa: la conversión del neoliberalismo en teología del mercado y del autoritarismo en pedagogía de la obediencia.
Milei, con su estridencia mesiánica, ha hecho de la política una performance apocalíptica donde la destrucción del Estado es presentada como liberación. Noboa, bajo el disfraz de modernidad, militariza la sociedad y reprime la disidencia, mientras mantiene intacta la estructura económica de la desigualdad. En ambos casos, el poder se justifica por el miedo: miedo a la inseguridad, a la inflación, al caos, al otro. Es un proyecto antropológicamente regresivo, porque reinstaura el principio de dominación sobre el de cooperación, y revaloriza la fuerza por encima de la justicia.
Frente a ellos, emergen los proyectos de Sheinbaum y Petro como las únicas tentativas reales de refundar el Estado latinoamericano sobre bases éticas y sociales. En México, la continuidad del proceso iniciado por López Obrador ha demostrado que es posible transformar sin violencia: una revolución pacífica que redistribuye riqueza, dignifica el trabajo, y reordena la economía en función del bienestar colectivo. La inversión en infraestructura social, la digitalización incluyente y la restitución de empresas públicas han devuelto capacidad soberana a un país que durante años fue laboratorio del neoliberalismo.
En Colombia, Petro intenta algo aún más audaz: desmontar un modelo de desigualdad estructural y violencia endémica para construir una nación basada en la justicia social y ambiental. Su propuesta de “potencia de la vida” es una ruptura conceptual con el capitalismo fósil y la guerra perpetua: un llamado a colocar la existencia humana y ecológica por encima del lucro. Pero enfrenta una resistencia feroz: la élite económica, los medios hegemónicos, los poderes regionales y las inercias burocráticas que defienden los privilegios del viejo régimen. Petro gobierna, literalmente, contra la historia reciente de su país.
México avanza en la consolidación de un nuevo pacto social; Colombia aún libra una guerra cultural y económica por el derecho a imaginar otro futuro. Ambos procesos son antagónicos al neoliberalismo porque restituyen la idea de comunidad, de bienestar y de Estado como instrumento de justicia. En ellos se juega algo más que la política nacional: se define si el ser humano podrá seguir habitando el planeta bajo un orden que priorice la vida sobre el mercado.
En cambio, los modelos de Milei y Noboa apuntan en sentido opuesto: suponen la aceleración de un modelo civilizatorio que ya ha mostrado su límite. El desprecio por los derechos sociales, la mercantilización absoluta de la naturaleza, la privatización de la empatía y el retorno del militarismo son síntomas de una especie en peligro de sí misma. Lo que en el siglo XX fue la “lucha de clases”, hoy es una lucha por la supervivencia moral y ecológica de la humanidad.
América Latina, en ese sentido, es un laboratorio del futuro. Lo que se dirime entre el neoliberalismo autoritario y los proyectos de bienestar no es solo el destino político de nuestros países, sino el tipo de civilización que heredarán las próximas generaciones. Si triunfa la lógica de Milei y Noboa, el continente se convertirá en una periferia de despojo y desesperanza; si prosperan los proyectos de Sheinbaum y Petro, América Latina podría ser el primer territorio del mundo en reconciliar desarrollo con dignidad, economía con justicia, tecnología con humanidad.
La pregunta es si tendremos tiempo. El reloj climático, la desigualdad global y la corrosión ética avanzan más rápido que las reformas. Pero hay señales de esperanza: millones de personas que aún creen en el poder de la política para cuidar, no para destruir. En esa esperanza —que resiste al ruido, al miedo y al odio— se juega el futuro no sólo de la región, sino de la especie humana.
*Es Cosa Pública
