Mario Mijares
Jim Cason y David Brooks, corresponsales de Washington y Nueva York, respectivamente, publicaron una columna en La Jornada que merece atención, especialmente por mexicanos que opinan con juicios errados en redes sociales. Los anglosajones en Estados Unidos nunca rompieron realmente con su madre oligarca, Inglaterra. Desde su independencia, en 1787, establecieron una Constitución con apenas siete artículos y 27 enmiendas, orientada a proteger los intereses de clase de banqueros, industriales, comerciantes y terratenientes.
Desde el principio, usaron la democracia como un velo para ocultar estos intereses. Además, diseñaron una división de poderes que otorga al Senado supremacía en política económica y militar, mientras el poder ejecutivo se limita a ser un administrador. Históricamente, los presidentes han sido hombres adinerados, como Donald Trump, aunque los verdaderos oligarcas mantenían un bajo perfil.
La novedad, según Cason y Brooks, es que la oligarquía ha abandonado esa discreción. En el mandato de Trump, magnates de la tecnología como Sundar Pichai (Google), Tim Cook (Apple) y Elon Musk aparecieron públicamente y asumieron cargos administrativos o anunciaron inversiones masivas en inteligencia artificial.
El imperialismo estadounidense se adapta a nuevos desafíos geopolíticos, buscando retomar su hegemonía bajo lemas como «América para los americanos», inspirado en la Doctrina Monroe de 1823. Esta doctrina, pronunciada por James Monroe, rechazaba la recolonización europea en América.
Personajes como Henry Kissinger redefinieron la política exterior estadounidense. Kissinger, influyente desde 1973, desempeñó un papel crucial en la política global, gestionando conflictos como la guerra de Vietnam y la crisis de Yom Kippur. Sin embargo, su legado incluye el respaldo a regímenes autoritarios en Latinoamérica, como el de Augusto Pinochet en Chile y la Operación Cóndor, así como su apoyo al dictador indonesio Suharto durante la ocupación de Timor Oriental.
A pesar de múltiples intentos de procesarlo judicialmente por estas acciones, Kissinger nunca enfrentó consecuencias legales. Su figura sigue siendo controvertida, ejemplificando la intervención de Estados Unidos en golpes de Estado en la década de 1970.
Conclusión: No hay nada nuevo bajo el sol.




