Alejandro Moreno no es una anomalía del PRI. Es su punto de descomposición. No encarna una desviación: expresa la lógica terminal de un régimen que dejó de cumplir su función histórica y terminó consumiéndose desde dentro. Donde hubo un aparato autoritario con capacidad de integrar, disciplinar y construir Estado, hoy queda un cascarón que ya no representa sectores ni articula intereses: se administra a sí mismo como residuo.
El viraje inició en los años ochenta. El PRI abandonó su papel como mediador social y operador del equilibrio postrevolucionario para convertirse en instrumento del desmantelamiento. Privatización, apertura indiscriminada, transferencia de riqueza. No fue modernización: fue ruptura. Al desmontar el Estado que le daba sentido, el partido comenzó a vaciarse. Perdió capilaridad social, dejó de procesar demandas y se desconectó de la estructura real del país.
Lo que emergió no fue una nueva legitimidad, sino una élite política sin base, sin proyecto y sin límites. Moreno pertenece a esa élite, pero en su fase más descarnada. Ya no necesita discurso porque ya no hay nada que justificar. Su patrimonio no es una irregularidad: es evidencia. Una residencia en Campeche de dimensiones obscenas frente a ingresos públicos. Un crecimiento patrimonial acelerado en el ejercicio del poder. Audios donde no se insinúa, se expone: financiamiento irregular, presión directa a empresarios, política entendida como extracción sistemática.
No son excesos. Es el funcionamiento normal de una estructura degradada. Ese patrón no se queda en lo personal. Se traslada intacto a la conducción del partido. Bajo su dirigencia, el PRI perdió 11 gubernaturas en un lapso mínimo. No fue desgaste natural: fue colapso operativo. Estados históricamente priístas dejaron de ser viables. La estructura territorial se erosionó. La militancia se dispersó. No hubo estrategia ni renovación. Hubo control interno, reparto de posiciones y administración del declive. Ante el vacío, aparece la estridencia. Declaraciones altisonantes, confrontación permanente, teatralización de la oposición. No es carácter: es simulación.
Cuando no hay proyecto, se fabrica ruido. El ruido sustituye a la política. Desplaza la discusión de fondo –la desaparición del PRI como actor relevante– hacia la superficie mediática. Mientras se discute el escándalo, se consolida la irrelevancia. Pero el punto no es el estilo. Es la función histórica que cumple. Moreno no está reconstruyendo al PRI. Está gestionando su liquidación. Mantiene el control para negociar lo que queda: posiciones, fueros, espacios residuales. El partido deja de ser instrumento de poder para convertirse en mecanismo de protección. Ya no organiza a la sociedad: protege a quienes lo administran.
Llamarlo sepulturero no es una figura retórica. Es una descripción precisa. Porque el PRI que alguna vez estructuró el sistema político mexicano terminó produciendo al dirigente que lo clausura. No por accidente, sino por consecuencia. Cuando un partido abandona su función pública, rompe su vínculo social y se convierte en red de intereses, el resultado no es reforma: es putrefacción. Moreno no traicionó al PRI. Es lo que el PRI y el viejo sistema se volvieron.
Y en esa transformación, el régimen no cayó: se pudrió. La política dejó de ser construcción de orden para convertirse en apropiación privada. En ese punto ya no hay decadencia: hay descomposición. Y lo que queda no se reforma. Se entierra.
*Es Cosa Pública




