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Las religiones lo anunciaron como redención o castigo. El judaísmo hablaba de promesa cumplida. El cristianismo evangélico lo convirtió en reloj apocalíptico. El islam lo leyó como señal de confrontación final. Y el siglo XX lo tradujo en algo mucho más pedestre: una operación de colonización con respaldo militar y sello anglosajón. La profecía bajó de los cielos y se volvió trámite burocrático: Declaración Balfour, ocupación británica y, finalmente, la fundación de Israel en 1948. Lo que para unos fue el “regreso a la tierra prometida”, para otros fue la Nakba: expulsión, despojo y exilio. Pero tranquilos, todo con justificación bíblica incluida, que para eso están los versículos.
Los textos sagrados hablaban de Mesías, no de tanques. De restauración espiritual, no de bombardeos en horario estelar. Pero a falta de Mesías, aparecieron los congresistas de Washington, los dólares del Pentágono y los drones de última generación. Milagros modernos, cortesía del complejo militar-industrial. El cristianismo evangélico en EE. UU. aplaude con devoción. Creen que cada misil en Gaza adelanta la llegada de Cristo. No importa cuántos niños palestinos queden bajo los escombros: son daños colaterales en la gran función celestial. El Apocalipsis convertido en reality show, con teletón incluido y sermón dominical de regalo.
Ningún mito habría pasado del papel a la realidad sin la chequera abierta de EE. UU. Cada veto en la ONU es una indulgencia plenaria. Cada envío de “armas inteligentes” es otra plaga bíblica. Cada cheque del Congreso es un nuevo capítulo del Libro del Apocalipsis, versión Capitol Hill. Israel ejecuta; Washington financia; los evangelistas aplauden. El guión es perfecto. Sólo falla un detalle: el público mundial empieza a notar que el espectáculo es genocidio en vivo y a todo color. Y claro, a diferencia de la Biblia, aquí no habrá final feliz, ni resurrección de los muertos: sólo más contratos de armamento y discursos hipócritas.
La paradoja es grotesca. Los que predican valores cristianos justifican masacres. Los que hablan de democracia financian apartheid. Los que dicen defender a la humanidad avalan la limpieza étnica. El lenguaje bíblico convertido en coartada diplomática. El mundo entero reducido a extras de una película producida en Hollywood y financiada en Wall Street. Y lo más tragicómico: los que controlan el guión ni siquiera lo esconden. Hablan abiertamente de “interés estratégico”, de “seguridad regional”, de “alianza inquebrantable”. La sangre como moneda de cambio, la fe como excusa y la política como maquinaria trituradora.
Ya no hablamos de visiones místicas ni de bestias de siete cabezas. Hablamos de hospitales pulverizados, familias enteras borradas del mapa, millones de desplazados sin futuro. El fin del mundo no necesita trompetas: basta con un dron Predator y una conexión de fibra óptica. El Apocalipsis ya no es un misterio, es una transmisión en directo. Gaza convertida en el noticiero del fin del mundo. Y mientras tanto, los que deberían ser jueces —la ONU, la comunidad internacional, las potencias civilizadas— se limitan a contar cadáveres. Eso sí, con indignación muy bien redactada. El “Nunca más” convertido en “Una más”.
Las profecías decían que el regreso a Sión sería el fin de los tiempos. No mintieron. No porque lo haya decretado Dios, sino porque lo decidió el lobby armamentista de Washington. El Apocalipsis tiene logo corporativo, servicio de catering y relaciones públicas. El mito religioso se volvió estrategia geopolítica, y la humanidad entera paga el precio. Si esto es redención, que venga el Mesías y lo aclare. Si esto es justicia divina, que nos devuelvan el manual. Porque lo único claro es que el mundo se acaba, no con un trueno celestial, sino con un misil con número de serie estadounidense.
Al final, la imagen es brutal: evangelistas celebrando que la sangre fluya, políticos contando votos mientras cuentan muertos, contratistas militares frotándose las manos. Y el planeta entero, convertido en espectador de un Apocalipsis que ya no es mito, sino contrato, factura y veto diplomático. La profecía se cumplió, sí, pero en versión “made in USA”.
El “retorno a Sión” ya no es profecía, es genocidio transmitido en streaming. Israel bombardea, Palestina agoniza y EE. UU. paga la cuenta. El Apocalipsis no llega con trompetas, sino con drones y patrocinio “made in USA”.
El Apocalipsis no lo trajo Dios: lo firmó el Congreso de Estados Unidos y lo transmitió en vivo CNN ■
*Es Cosa Pública
