Apuntes: Crítica al poder absoluto en el Siglo de las Luces
La Ilustración trajo muchos cambios positivos a Europa en los siglos XVII y XVIII, una sociedad en decadencia en todos los aspectos; con siglos de tiranía real de monarcas que legitimaban su poder en el “derecho divino”, con figuras despreciables como Luis XIV de Francia, quien decía “…el Estado soy yo”, premisa absolutista. Este impuso impuestos elevados, aranceles dominantes para generar capital que utilizaría para terminar su derroche inmoral en la construcción del castillo de Versalles en París. Ahí se pavoneaba, les declaró la guerra a sus vecinos y socios. Fue el monarca con mayor longevidad en la historia de reyes europeos; murió con muchos dolores, al tanto que despedía un pestilente olor. Paradójicamente la historia le ha llamado “Rey Sol” o “Luis el Grande”. Vistoso personaje, con necesidad insaciable de que lo adoraran sus incautos aduladores.
Surge la figura de François-Marie Arouet Voltaire, poeta, dramaturgo, filósofo, pionero en el esfuerzo de reemplazar la autoridad heredada por la razón, la costumbre impuesta en complicidad con la religión católica y la ignorancia. Fueron siglos de poder absoluto donde la religión jugó un papel predominante.
Eran dictaduras disfrazadas de fe, semejantes a las de hoy que se cimentan en la llamada “democracia” cuando apoyan a los poderes económicos como fuentes de la verdad y los valores aceptados. “Democracia capitalista o muerte”, o te ponemos miles de misiles frente a tu costa con armas nucleares si no te sometes. Los paralelos son evidentes. Resulta procedente la pregunta: ¿puede la democracia florecer en regímenes donde el poder económico domina? ¿Puede haber independencia y libertad cuando la economía está ligada, de manera “democrática-total”, a la administración económica y financiera? Y… ¿los bancos practican la democracia?
En todo caso, la filosofía en la Ilustración se da de manera directa. Salen a relucir pensadores magníficos como Voltaire. Su exilio en Inglaterra le dio el respiro para poder escribir; ese país en esos días era plural, había menos fanatismo que en la Francia con su férreo sistema romano católico. En el Reino Unido había un poder parlamentario que hacía contrapeso al poder de los reyes, había una cierta tolerancia.
Voltaire, en su obra Cartas filosóficas o inglesas, señaló el comercio como algo bueno, la libertad de opinión, la vacunación y la importancia de los dueños de recursos que daban empleos pagados frente al esclavismo de los nobles parasitarios. Voltaire veía la dictadura donde solo se permitía un solo credo religioso; donde había dos religiones, había guerras; y donde había, por ejemplo, treinta religiones, el país era tolerante.
Como consecuencia, el racionalismo se nutrió del llamado empirismo inglés y de la “filosofía experimental”. Voltaire admiró a Newton, quien discrepaba de los postulados cartesianos. El racionalismo de la Ilustración adoptó la observación y el espíritu crítico y los principios de causalidad evidente al dejar atrás la metafísica.
Durante este periodo se debatió la razón y el derecho divino. Voltaire creía en un Dios personal y cuestionaba el pensamiento de Leibniz, mismo que pregonaba “vivimos en el mejor mundo posible”, aunque fueras esclavo. El rechazo al precepto de la teociencia que decía que el sufrimiento humano era la armonía delegada por Dios.
Ahora bien, el absolutismo ilustrado degradó esa tendencia. Reyes y realeza parasitaria adoptaban de manera conveniente algunos principios racionales bajo la pueril premisa “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. De esa manera las esferas de poder seguían campantes en su rapiña. Era una época del cambio de un orden de carácter religioso a la razón, la ciencia y el “contrato social”.
Con todo y todo, el racionalismo del Siglo de las Luces propuso el rompimiento del dogma férreo del poder absoluto, contribuyó a la creación de sociedades libres, practicantes del pensamiento independiente, tolerante, a la apreciación por lo diferente, la estima de la ciencia basada en las evidencias. En todo caso, “el pensamiento de Voltaire representa la aplicación más crítica y combativa del racionalismo en la lucha contra la intolerancia y la superstición”.
Como en todo pensamiento nuevo y revolucionario hay detractores y críticos. A Voltaire le señalaron de defender excesivamente el racionalismo, esto es, darle a la razón menos peso y fanatismo en contra de los preceptos supersticiosos de las religiones.
“Se le acusa de reducir la complejidad de la experiencia humana a la lógica ilustrada, dejando de lado dimensiones emocionales, espirituales y comunitarias. Filósofos posteriores, como los románticos, señalaron que su racionalismo empobrecía la sensibilidad.”
A Voltaire se le critica su postura con respecto al deísmo en el contexto de que el universo lo hizo el “gran relojero” sin intervención de Dios. Los postulados del filósofo fueron cuestionados por ateos y creyentes: los primeros querían que fuera más radical, tal es el caso de Diderot o d’Holbach, quienes pensaban que Voltaire era “ateo a medias aguas” por no negar de manera total lo “sobrenatural”; al tanto que el segundo grupo, los creyentes, lo acusaron de herejía.
“…Algunos lo vieron como excesivamente pesimista o incluso nihilista, sin ofrecer una alternativa constructiva clara.”
La crítica política y social: se le acusaba de defender más a la monarquía ilustrada y disentir con la democracia al ver la participación popular ineducada e ignorante. Esto se podía ligar a los ideales democráticos de la Revolución Francesa.
En cuanto a lo racial y colonial, Voltaire promovía la libertad e igualdad en el plano abstracto, mas no en la realidad. Se le acusó de mostrar prejuicios por pueblos que no fueran europeos.
Kant y Hegel lo veían como un buen escritor y no un pensador con agudeza filosófica o pensamiento profundo. Se decía que la obra de Voltaire contribuía al debate y muy poco a construir un pensamiento libre. A Voltaire, sus contemporáneos lo vieron como un escritor crítico y fanático de la intolerancia; le criticaban su elitismo político, sus prejuicios coloniales, su ambigüedad religiosa y su falta de profundidad.
Referencias
- Delon, M. (2010). Voltaire et le siècle des Lumières. Paris: Gallimard.
- Israel, J. (2019). La Ilustración radical: filosofía y la construcción de la modernidad 1650-1750. Madrid: Alianza Editorial.
- Popkin, R. H. (2003). The History of Scepticism: From Savonarola to Bayle. Oxford: Oxford University Press.
Javier Hernand Garcés es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Ambiental y Licenciado en Naturopatía.




