- Advertisement -spot_imgspot_imgspot_imgspot_img

El patriarcado neoliberal: la raíz del horror

En lo que va del año, en Veracruz se han cometido 17 feminicidios, según cifras oficiales del Instituto Veracruzano de las Mujeres. Pero más allá del número —terrible ya por sí mismo—, lo que duele y escandaliza es la normalización. Cada asesinato de una mujer se convierte en dato estadístico, cada cuerpo en cifra fría, cada investigación en expediente burocrático. Lo que hay detrás de esa impunidad estructural no es sólo la falla del Estado, es la impronta y consecuencia de un modelo social y económico de casi cuatro décadas de destrucción  de lazos comunitarios, empatía y humanidad.

Durante el ciclo neoliberal, México aprendió a vivir con el dolor ajeno como si fuera parte del paisaje. Se privatizó todo: la salud, la educación, la justicia… y también la sensibilidad. En el discurso de la competencia, del éxito individual y del “sálvese quien pueda”, las mujeres quedaron relegadas al papel que el patriarcado —viejo y moderno a la vez— les asignó: objeto de deseo o de servidumbre. El capitalismo tardío convirtió el cuerpo femenino en mercancía, y el patriarcado en custodio de ese orden violento.

El feminicidio no surge de la nada. Es el desenlace extremo de una cultura de dominio. En los hogares, en las calles, en las instituciones educativas y religiosas, persisten jerarquías de género que legitiman la agresión. Pero esa estructura, históricamente patriarcal, se potenció bajo el neoliberalismo porque se vació de sentido la vida comunitaria: las redes de solidaridad fueron sustituidas por pantallas, los vínculos por contratos, y la empatía por la eficiencia. En ese desierto afectivo, la violencia encontró terreno fértil.

Veracruz es un ejemplo doloroso de esa doble herencia: la del machismo ancestral y la del despojo contemporáneo. En las zonas rurales y en los barrios urbanos marginados, las mujeres siguen siendo vistas como propiedad o carga. Y en las élites políticas y empresariales, la violencia se maquilla con discursos de inclusión mientras se perpetúan los mismos privilegios masculinos. Cuando se asesina a una mujer en Veracruz, no solo muere una persona; muere también la promesa incumplida de una sociedad justa, la que debimos construir cuando se proclamó la democracia de mercado y sólo llegó el mercado.

A lo largo de casi cuarenta años, el neoliberalismo produjo una deshumanización sistemática: las personas fueron reducidas a consumidores, los trabajadores a costos, las mujeres a “recursos humanos”. La cultura mediática reforzó estereotipos de belleza y sumisión; la publicidad, el entretenimiento y la política misma consolidaron una masculinidad triunfante, violenta, impune. Hoy, los feminicidios son el espejo final de ese proceso: una sociedad que no siente, que no se reconoce en el otro, que no llora ni se indigna lo suficiente.

La gobernadora y las instituciones podrán emitir comunicados, instalar mesas o declarar su repudio, pero el problema no se resolverá mientras la sociedad no cambie su forma de mirar. No bastan leyes ni fiscalías especializadas; se requiere una revolución cultural profunda, que desmantele el sistema de valores que hace posible que un hombre crea tener derecho sobre la vida de una mujer. Veracruz necesita no sólo seguridad pública, sino pedagogía social, educación emocional, políticas de cuidado y, sobre todo, reconstrucción del tejido comunitario.

Porque cada feminicidio no es sólo una tragedia individual: es el síntoma de una enfermedad colectiva incubada durante décadas. Y mientras no enfrentemos la exacerbación del vínculo entre patriarcado y neoliberalismo, seguiremos contando muertas como si contáramos votos o billetes. 17 no es un número; es una acusación moral contra un modelo que fracturó lo humano.

¡La Jornada Veracruz ya está en WhatsApp! 📲

Únete a nuestro canal e infórmate de todo lo que sucede en Veracruz y en el país, directo a la palma de tu mano.