- Advertisement -spot_imgspot_imgspot_imgspot_img

El país que se apaga desde adentro

ECP*

Estados Unidos no atraviesa sólo un cierre de gobierno: atraviesa un cierre de sentido. Lo que hoy paraliza a la primera potencia del mundo no es la falta de presupuesto, sino la falta de alma. El bloqueo entre republicanos y demócratas, el impago a los trabajadores públicos y la suspensión de servicios son síntomas de una enfermedad más profunda: la pérdida de cohesión, de propósito, de comunidad.

El país que durante un siglo fue el referente del progreso moderno se consume en una guerra interna entre dos visiones irreconciliables. Los republicanos, encabezados por Trump, rechazan sostener subsidios de salud y programas sociales; los demócratas se niegan a firmar un presupuesto sin ellos. La consecuencia: parálisis, desempleo, y una nación que se desangra entre la soberbia del poder y la impotencia de la razón.

La decadencia estadounidense no comenzó con este cierre, pero en él se hace visible. Políticamente, el sistema ha perdido su capacidad de negociación: el Congreso se ha vuelto un campo de batalla y la democracia, una farsa repetida en los medios. Económicamente, el país vive de crédito: una deuda de 35 billones de dólares, una desigualdad galopante y una clase media en extinción. Socialmente, se desmorona la confianza: la violencia, las adicciones y el aislamiento revelan un pueblo agotado, desbordado por el miedo y el desencanto.

Trump ha decidido pagar a las tropas por decreto, desafiando al Congreso, en un gesto populista que rompe la tradición constitucional y acentúa la deriva autoritaria. El equilibrio de poderes se desvanece mientras la sociedad se polariza. Las instituciones siguen en pie, pero su legitimidad se desmorona. El país que predicó la libertad ahora no puede sostener su propio orden.

Esta decadencia no es sólo política ni económica: es espiritual. Estados Unidos ya no cree en su propio sueño. Su mito fundacional —el esfuerzo individual recompensado, la fe en el progreso, la movilidad social— se ha convertido en sarcasmo. El trabajo ya no da dignidad, la educación no garantiza futuro, y el dinero se ha vuelto un sustituto de sentido. La nación que evangelizó al mundo con el consumo ahora se consume a sí misma.

El cierre del gobierno es apenas la metáfora visible del apagón moral. La máquina institucional se detiene porque su energía —la confianza— se ha extinguido. Ningún decreto podrá reanimar lo que se quebró: la solidaridad. Y cuando la empatía desaparece, el país más poderoso del mundo se convierte en una sombra de sí mismo.

Porque el verdadero cierre de Estados Unidos no está en sus oficinas: está en su conciencia.

*Es Cosa Pública

¡La Jornada Veracruz ya está en WhatsApp! 📲

Únete a nuestro canal e infórmate de todo lo que sucede en Veracruz y en el país, directo a la palma de tu mano.