Freddy Domínguez-Nárez
Su alineación de 8 ministros contra la reforma judicial se quebró con el voto en contra del ministro Pérez Dayán, con lo cual no alcanzó la mayoría calificada para aprobar el proyecto de González Carrancá, en el sentido de declarar inconstitucional la reforma judicial en la Constitución. Al visualizar su Waterloo, la presidenta Norma Piña hizo otro movimiento propio del proceder faccioso: propuso que se validara que la mayoría calificada fuera de 6 votos y no de 8 como corresponde, una jugada que la volvería héroe de los intereses que representa sin duda alguna.
Lo hizo apoyada en lo siguiente: en la reforma judicial el número de ministros baja a 9, y la mayoría calificada queda en 6 votos para las declaraciones de inconstitucionalidad. Y, tal como ustedes están pensando ahora mismo, eso es algo inconcebible, pues aunque la Constitución en efecto ya dicte esa instrucción, lo cierto es que la Suprema Corte sigue compuesta aún de 11 ministros. Por lo tanto, la regla de la mayoría calificada, que sí está especificada en la Constitución, es que de 11 ministros se deben contar 8 votos para lograrla.
La presidenta de la Corte, lejos de desechar esta idea, hizo que se llevara a cabo una votación. Ratificaron el absurdo 5 ministros, quienes votaron a favor de cambiar de última hora que se aprobara con 6 votos y no con 8, solo porque ellos eran 7 y así podrían «rescatar» la declaratoria de inconstitucionalidad de la reforma. Pocas veces se tiene la oportunidad de ver algo tan retorcido que ni los niños se atreverían a plantear en sus juegos. Más aún, porque lo retorcido en sí es que esto en realidad fue un intento de golpe de estado velado.
Como 6 ministros se negaron a cambiar el criterio de votación, el propio González Carrancá, quien votó por cambiar el criterio de votación de 8 a 6 votos, al perder esa votación dijo, quitado de la pena, que «las reglas del juego no se establecen en la misma jugada» y que «hoy nos corresponde autocontenernos y parar». Y ahí se acabó el héroe de la derecha. Lo cierto es, querido people, que la dignidad a veces tiene dos caras.
Enseguida, el baile de Carrancá consistió en pedir que se desestimara su proyecto, pero no quisieron votar para que se desestimara; lo dejaron en una declaratoria basada en que no entrarían al estudio de fondo porque no tenían los 8 votos para salirse con la suya. Como lo oyen. Un resquicio que seguramente van a querer utilizar más adelante para seguir cuestionando la constitucionalidad de la reforma judicial.
Sin embargo, esto es significativamente escandaloso: 1) una Suprema Corte que no entra al estudio de fondo solo porque una facción no alcanza la mayoría calificada para aprobarla y deja la puerta abierta para que se discuta en una corte internacional es rozar la traición a la patria; 2) una Suprema Corte que no vota para declarar el sobreseimiento como lo pidió el ministro Pérez Dayán por la simple cuestión de que la acción de inconstitucionalidad no procede contra reformas constitucionales, un principio general del constitucionalismo y ahora texto constitucional en México; y 3) una Suprema Corte que da carpetazo a un asunto que el propio González Carrancá dijo que ya no estaba en trámite sino en discusión y aprobación (nunca habló de desechamiento o sobreseimiento, muy seguro estaba de que se saldrían con la suya), con un simple discurso donde pide «desestimar» su proyecto de bomba contra el sistema constitucional mexicano.
Todo eso parece más propio de un grupo de tahúres de la política que de ministros de una Suprema Corte. Por primera vez vimos públicamente a los ministros tal y como son en realidad y no los ángeles guardianes de la Constitución que el imaginario y la propaganda –pagada con nuestros impuestos– nos quiere hacer creer.
En la foto: la presidenta de la Corte en el momento de iniciar el intento de golpe de estado velado, al declarar receso para ver si lograba los votos para cambiar el criterio de 8 a 6 votos.
