La ofensiva militar contra Irán expone el agotamiento de la autoridad política global y el uso de la fuerza como último recurso de cohesión.
Por: Leopoldo Gavito
Estados Unidos e Israel han abierto una nueva fase de la guerra en Medio Oriente con los bombardeos sobre Irán. No se trata de un episodio más de tensión regional. Es una operación militar directa contra un Estado soberano sin mandato internacional. Los ataques han golpeado instalaciones militares, infraestructura energética y zonas urbanas, dejando reportes de víctimas civiles y daños materiales mientras la ONU observa sin capacidad real de intervención.
El problema no es sólo militar, es político. Las guerras contemporáneas se libran en el terreno psicológico, donde las imágenes de ciudades bombardeadas y los discursos de escalada permanente construyen un clima global de miedo. El mensaje es simple: el mundo es inestable y la amenaza es permanente. Este miedo es uno de los instrumentos políticos más eficaces, pues permite justificar decisiones excepcionales y desplazar tensiones domésticas en periodos de crisis.
Estados Unidos atraviesa hoy una fractura política profunda y un desgaste estratégico tras décadas de intervenciones fallidas. En este contexto, la guerra externa funciona como un mecanismo de cohesión interna. Por su parte, Israel opera bajo la doctrina de la amenaza permanente, justificando operaciones preventivas cada vez más amplias. La convergencia de ambas lógicas produce un eje militar que actúa con mayor autonomía respecto al orden internacional que afirma defender.
La paradoja es evidente: quienes se presentan como garantes del sistema internacional son quienes más lo tensionan. Sin embargo, el mundo ya no es el de la posguerra fría. La capacidad de imponer una voluntad unilateral se ha reducido frente a una China que observa con cautela y una Rusia que mantiene presencia indirecta. El sistema ya no responde a una sola voluntad imperial, revelando un poder con enorme capacidad bélica pero con una autoridad política erosionada.
La ofensiva contra Irán no anuncia necesariamente un nuevo orden mundial. Más bien expone el momento en que un poder que durante décadas organizó el sistema internacional comienza a gobernar mediante la fuerza aquello que ya no logra conducir mediante la autoridad. Es la señal clásica de un imperio que empieza a agotarse y que recurre a la demostración de fuerza ante la falta de legitimidad.




