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El huracán y los huérfanos del Fonden

México vuelve a enfrentarse a una emergencia climática, una más en la larga lista de tormentas, inundaciones y huracanes que cada año ponen a prueba no sólo la resistencia del territorio, sino la del discurso político y mediático. Esta vez, el foco está en los recursos, en el dinero, en la eterna pregunta: ¿hay fondos suficientes para enfrentar los desastres naturales? La presidenta Claudia Sheinbaum respondió con una claridad que irritó a sus detractores: “Sí, hay recursos suficientes. Hay 19 mil millones de pesos disponibles, y hasta ahora se han ejercido tres”.

La frase, en apariencia simple, encierra una ruptura política y simbólica. Porque lo que subyace en ella es el eco de un fantasma: el Fonden, el Fondo de Desastres Naturales, aquel que la prensa conservadora hoy reivindica con nostalgia plañidera, como si se tratara del santo grial de la eficiencia pública. Se habla del Fonden como si fuera una institución mítica que salvaba pueblos y reconstruía casas con la pureza de un ángel administrativo. Pero la memoria corta del comentario editorial omite que ese fondo fue, durante años, un agujero negro de corrupción, una máquina de desvíos donde la tragedia se convertía en contrato y la emergencia en negocio.

No eran pocos los gobernadores y secretarios que esperaban, casi con entusiasmo, la llegada de un huracán. No por empatía con los damnificados, sino porque el desastre abría la llave de los recursos federales. En nombre del dolor ajeno se levantaban bodegas fantasmas, se entregaban colchonetas que nunca llegaban, se facturaban láminas que jamás cubrieron techos. El Fonden era una piñata: la rompía el desastre y del aire caían contratos, licitaciones y dádivas.

Por eso, cuando Sheinbaum recuerda que ahora los recursos se canalizan de manera directa, con reglas claras y mecanismos de transparencia, no sólo está hablando de eficiencia administrativa: está hablando de ética pública. La Cuarta Transformación decidió desmontar ese viejo andamiaje porque entendió que la solidaridad no puede ser intermediada por coyotes presupuestales.

Claro, los viejos beneficiarios del sistema lo lamentan. Editorialistas y opinadores, esos que nunca pisaron una comunidad arrasada pero sí un salón de hotel donde se firmaban convenios millonarios, ahora lloran por el Fonden como si hubiera sido la Cruz Roja del neoliberalismo. Claman que “ya no hay fondo”, que “no hay previsión”, que “se improvisa”. Pero lo que en realidad lamentan no es la ausencia de recursos, sino la pérdida del control político sobre ellos.

El nuevo esquema, más simple y menos mediático, es casi un pecado para la lógica del viejo régimen: no se roba bien porque ya no se puede robar. Los recursos se asignan conforme a la evaluación técnica, se transfieren directamente a los gobiernos estatales o municipales y se auditan con mecanismos que no permiten el dispendio de antes. No hay fotografías de funcionarios entregando despensas con logo partidista, ni conferencias donde el “rescate” se usaba como plataforma electoral.

Sheinbaum, con su estilo sobrio y técnico, ha querido imprimir un sello distinto: atención inmediata, coordinación entre dependencias y una visión de largo plazo que incorpore la prevención climática como política de Estado. No se trata sólo de reparar daños, sino de entender que el cambio climático no es un asunto de temporada, sino una crisis estructural que demanda infraestructura, planeación y justicia ambiental.

El problema, por supuesto, es que en México el desastre vende. Las imágenes de casas inundadas, de familias llorando entre los escombros, de helicópteros bajando costales de ayuda son material de oro para el drama político. Y en ese espectáculo, el Fonden era el gran productor: repartía millones con la solemnidad de un acto de caridad y la opacidad de una caja chica.

Hoy, ante una nueva emergencia, la oposición reclama lo que perdió: el relato y la renta del desastre. Pide que vuelva el Fonden, como si la corrupción se hubiera disuelto con su nombre, como si los viejos operadores fueran ahora paladines de la transparencia. Pero la 4T ha decidido que la reconstrucción no sea negocio. Que el dinero público llegue donde debe llegar. Que la catástrofe no sea pretexto para la rapiña.

Tal vez eso explica la furia editorial. Porque en el fondo —nunca mejor dicho— el viejo Fonden era un espejo de país: reflejaba la cultura de la simulación, la costumbre de convertir la tragedia en oportunidad política. Hoy, con la nueva política de atención a emergencias, se pretende romper esa inercia. Y eso duele más que cualquier tormenta.

En suma, lo que está en juego no son sólo los 19 mil millones disponibles ni la capacidad de respuesta del Estado, sino una concepción de la política: la del negocio disfrazado de ayuda, contra la de la solidaridad sin intermediarios. Y aunque a algunos les pese, ese cambio —más que cualquier huracán— es el verdadero terremoto que sacude al viejo régimen.

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