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El Estado que deja de ser ajeno

Hay momentos en la vida pública que no se explican sólo con datos, cifras o programas. Se reconocen en el tono. En la manera en que una palabra se carga de sentido. La alusión de la presidenta Claudia Sheinbaum a la expropiación petrolera, al evocar a Lázaro Cárdenas, dejó ver algo poco frecuente en el discurso político contemporáneo: una emoción contenida, pero genuina, al recordar la solidaridad de un pueblo que, en 1938, convirtió una decisión de Estado en una causa colectiva.

No es nostalgia vacía. Es memoria activa.

Cuando se recuerda aquel momento —la gente entregando joyas, gallinas, lo poco o lo mucho que tenía para respaldar la expropiación— no se trata sólo de una escena entrañable. Se trata de una convergencia poco común entre pueblo y gobierno, de un instante en que la decisión pública no fue percibida como una imposición, sino asumida como propia. Hubo comprensión del momento, claridad sobre lo que estaba en juego y una disposición colectiva a sostener una decisión que implicaba costos, incertidumbre y presión externa.

Esa convergencia no surgió de la nada. Fue resultado de una relación previa entre Estado y sociedad, de una legitimidad construida y de una narrativa compartida. Por eso fue posible. Porque el Estado no hablaba en abstracto, sino desde un vínculo reconocible.

Esa escena contrasta con etapas posteriores en las que ese vínculo se fue debilitando. El Estado se volvió distante, tecnocrático, orientado a decisiones correctas en lo técnico pero ajenas en lo social. La política dejó de ser un espacio de identificación colectiva y pasó a ser un terreno de administración. Las decisiones siguieron tomándose, pero dejaron de sentirse propias. El país, en muchos sentidos, perdió el hilo de su propio derrotero.

Esa distancia no se expresa siempre en conflicto abierto. A veces se expresa en algo más silencioso: indiferencia, desconexión, ausencia de entusiasmo. Cuando el Estado deja de ser percibido como propio, la sociedad no necesariamente se rebela; simplemente se retira.

Por eso la emoción importa. No como gesto personal, sino como indicio político. Señala la posibilidad de volver a alinear al Estado con la sociedad en torno a objetivos compartidos. No desde la imposición, sino desde la convicción. No desde la narrativa, sino desde la experiencia.

Cuando desde la tribuna pública se evoca no sólo el hecho histórico, sino la reacción del pueblo que lo hizo posible, lo que aparece no es solo un recuerdo, sino una referencia. Un punto de orientación que sugiere que esa convergencia no pertenece únicamente al pasado.

No se trata de repetir 1938. Las condiciones son otras, los desafíos también. El país es más complejo, más abierto, más interdependiente. Pero sí de recuperar algo esencial: la idea de que un país puede reconocerse a sí mismo en sus decisiones, que el poder público puede volver a tener un sentido compartido y que la política puede dejar de ser únicamente administración para volver a ser dirección.

Ese es el fondo de la emoción. No el pasado, sino la posibilidad.

Que el país recupere su rumbo no es un acto súbito ni un decreto. Es un proceso. Implica reconstruir vínculos, sostener decisiones, generar confianza. Implica también asumir que ese alineamiento no se declara, se construye.

Hay señales. No siempre evidentes, no siempre espectaculares. A veces aparecen en los gestos, en el tono, en la forma en que se nombra la historia. Y en lo que esa historia sigue despertando.

Cuando un proyecto logra conectar con una memoria colectiva de dignidad y solidaridad, deja de ser sólo gobierno. Empieza a ser camino.

Y eso no es menor. Es, quizá, una de las pocas condiciones bajo las cuales un país puede volver a reconocerse a sí mismo

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