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El Estado en vilo

El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo Rodríguez, en plena celebración del Día de Muertos, no es un hecho aislado: es una radiografía de la vulnerabilidad municipal y del pulso que hoy se libra por el sentido de la política de seguridad en México. Manzo fue abatido a tiros frente a la ciudadanía; un regidor y un escolta resultaron heridos y uno de los agresores fue abatido en el lugar. La investigación apunta a conexiones con estructuras criminales que operan en Michoacán desde hace años.

El impacto del crimen rebotó de inmediato en las calles: marchas y protestas terminaron con destrozos en edificios públicos y conatos de incendio en palacios municipales; hubo detenidos. La mezcla de dolor auténtico, rabia social y “encapuchados” que empujan la confrontación vuelve borrosa la frontera entre protesta legítima y operación de provocación, un libreto conocido en momentos de máxima tensión.

Michoacán vuelve a exponer la anatomía de la violencia: coacción sobre autoridades locales, economías extorsionadas (agro, comercio, transporte) y grupos criminales con larga capilaridad territorial. En ese ecosistema, el asesinato de un alcalde que había desafiado públicamente a las mafias y solicitado respaldo extraordinario a la Federación deviene mensaje de “disciplina” mafiosa y golpe a la gobernabilidad.

La reacción federal y estatal llegó con la promesa de “no impunidad” y la confirmación de que ya hay líneas de investigación y presuntos responsables identificados. La presidencia cerró filas con el gabinete de seguridad y reiteró que el caso no quedará sin castigo. En paralelo, desde tribunas oficiales se subrayó que el actual cuadro de violencia es “herencia” de la “guerra contra el narco” lanzada en 2006, cuya estrategia de choque desarticuló equilibrios locales, dispersó organizaciones y multiplicó la violencia letal en municipios. Ese señalamiento busca contexto histórico y, al mismo tiempo, reivindicar el giro de política pública de la 4T.

¿Qué ha hecho —y qué no— la 4T? El enfoque “construcción de paz” combina despliegue de Guardia Nacional, coordinación de inteligencia y programas sociales para arrebatar base social al delito; se complementa con control de armas, aduanas y presión financiera a estructuras criminales. La tesis es que disuasión + contención + bienestar reducen homicidios sin reproducir la espiral de confrontación abierta. En zonas del país los homicidios han bajado; en corredores críticos como Michoacán la inercia delictiva resiste y muta, tensionando la narrativa oficial. El asesinato de Manzo es un recordatorio brutal de esa asimetría territorial.

De este caso se desprenden cuatro urgencias: 1) Blindar lo municipal. Sin protección integral a alcaldes, cabildos y mandos locales, cualquier estrategia nacional se vacía. Hacen falta anillos de protección (escoltas profesionalizados, evaluación de riesgo dinámica, protocolos de actos públicos), policías regionales coordinadas con estados y federación y un fondo asegurador para municipios de alto riesgo que cubra rotación de personal, tecnología y medidas de seguridad civil.

  1. Inteligencia financiera y territorial fina. El enemigo no es sólo el grupo x sino su red económica: huertas, empaques, transporte, giros de efectivo, trata y cobro de piso. Perseguir extorsión y lavado con embargos exprés y acciones espejo entre fiscalías estatales y la FGR resulta más disuasivo que operativos espectaculares. (Diversas fuentes subrayan la presión criminal sobre el sector agrícola en la región).
  2. Control del conflicto y neutralización de provocadores. En contextos de duelo social, la presencia de grupos encapuchados que “aprovechan” la protesta para intentar tomas violentas o incendios exige células mixtas (derechos humanos + mediación + policía) para aislar a violentos, proteger a manifestantes y cuidar evidencia. Los destrozos en Morelia y Apatzingán muestran lo rápido que se contamina una protesta legítima.
  3. Comunicación estratégica con datos y plazos. La promesa de “no impunidad” sólo gana credibilidad si se acompaña de hitos públicos: identificación de autores materiales, vínculos con cadenas de mando, desarticulación de células de extorsión y reportes semanales. Lo contrario —silencio o triunfalismo— alimenta a quienes buscan explotar la tragedia.

Sobre el intento de capitalización política: la derecha ha encontrado en cada golpe del crimen una oportunidad para reinstalar el relato de “volver a la mano dura”. Es un atajo retórico: ignora que la militarización sin inteligencia territorial agrava la violencia y que la “mano dura” de 2006 abrió una cantera de horrores que hoy seguimos pagando. Sostener la crítica es legítimo; lucrar con el miedo, no. La respuesta no es volver al ciclo de “balas primero”, sino cerrar la brecha municipal, profesionalizar lo local y asfixiar económicamente a las mafias.

Uruapan deja tres lecciones: (a) la puerta de entrada del Estado es el municipio; si ahí falla, falla todo; (b) la protesta es un derecho y debe preservarse de provocadores; (c) la seguridad democrática requiere justicia rápida y verificable. La 4T tiene razón al señalar el desastre heredado; también tiene el deber de acelerar lo que ya funciona y corregir lo que no, con menos épica y más precisión quirúrgica.

La muerte de un alcalde no puede convertirse en trofeo para el crimen ni en botín para la politiquería. Debe ser el punto de inflexión que obligue a reordenar la protección del Estado desde abajo. Si el municipio se sostiene, la República respira. Si el municipio cae, todo lo demás es retórica.


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