Hace apenas unos días advertimos en este mismo espacio que Veracruz estaba sentado sobre una bomba de agua mal administrada. Hoy, la realidad ha confirmado la advertencia: el estado vuelve a anegarse. Ríos desbordados, calles convertidas en torrentes, miles de familias que lo han perdido todo. Los nombres cambian —Priscilla, Raymond, Chris— pero la tragedia es la misma: un territorio rico en agua que no ha aprendido a vivir con ella.
Las lluvias torrenciales de esta semana dejaron 15 muertos confirmados, comunidades enteras incomunicadas y decenas de miles de viviendas dañadas. Las escenas se repiten: lodo, techos sumergidos, puentes colapsados, promesas de reconstrucción. Y, tras cada temporal, el mismo silencio estratégico: ¿por qué Veracruz sigue sin un sistema integral para aprovechar el agua que lo inunda?
Durante décadas se ha respondido a las lluvias con parches, no con proyectos. Las presas, los colectores y las plantas de bombeo son reliquias del siglo pasado. No hay red de microrepresas, ni infraestructura para captar escurrimientos, ni una política de generación eléctrica a pequeña escala que permita convertir la fuerza del agua en energía local. En pleno siglo XXI, un estado atravesado por ríos y rodeado por el mar sigue dependiendo de diques improvisados y de presupuestos de emergencia.
Las lluvias de este octubre no sólo desbordaron ríos; desbordaron la evidencia de un modelo agotado. Veracruz necesita dejar de pensar el agua como enemigo. Lo que hoy destruye casas podría, con planeación, abastecer de electricidad a miles de hogares, recargar acuíferos, irrigar cultivos y garantizar reservas para los meses de sequía. La energía hidroeléctrica distribuida —de pequeña y mediana escala— no es un sueño futurista: ya se aplica en regiones rurales de Europa, Sudamérica y Asia. En México, sería perfectamente viable si existiera una coordinación entre los gobiernos federal, estatal y municipal que entendiera el agua como eje del desarrollo.
El potencial hídrico del estado es inmenso: más de cuarenta ríos mayores, una pluviosidad promedio anual de 3 mil milímetros en zonas serranas, una topografía ideal para represas escalonadas. Pero mientras no haya una política pública integral, esa riqueza seguirá convirtiéndose en ruina. No se trata sólo de construir muros o presas, sino de planificar un ciclo completo del agua: captación, almacenamiento, energía, saneamiento y reuso.
La tragedia reciente en Poza Rica y el sur del estado muestra también la vulnerabilidad social que multiplica los daños: colonias asentadas en zonas de riesgo, drenajes colapsados, canales sin mantenimiento. Es la otra cara de la omisión: la pobreza convertida en geografía del desastre. Cada año, la lluvia nos recuerda que la prevención cuesta menos que la reparación, y que los muertos son siempre los mismos: los que viven donde el Estado no llega.
La catástrofe podría haberse evitado, o al menos mitigado, si Veracruz contara con un plan maestro de manejo pluvial y un programa de microhidroeléctricas comunitarias que generaran electricidad con las corrientes locales. Las mismas aguas que hoy destruyen podrían abastecer escuelas, hospitales y viviendas rurales. Lo que se pierde en la corriente podría ser luz, autonomía y desarrollo.
Y si la gobernadora Rocío Nahle lograra emprender ese proyecto —si hiciera de la gestión integral del agua su gran política de Estado— bastaría eso, sólo eso, para pasar a la historia. No por los discursos ni por las cifras, sino por haber transformado el dolor en futuro y la lluvia en energía. Sería la verdadera obra de una administración que entendió que el progreso empieza donde el agua deja de ser amenaza y se convierte en poder social.
La crisis climática global exige un cambio de mentalidad: no podemos seguir viendo la lluvia como castigo divino ni la sequía como accidente. Ambos fenómenos son parte de un mismo desequilibrio que sólo puede enfrentarse con inteligencia hidráulica y visión ecológica. El agua no es un problema: es el recurso más abundante y mal administrado del país.
Si algo enseñan estas inundaciones es que el verdadero desastre no lo provoca la naturaleza, sino la falta de planeación. Veracruz necesita un pacto hídrico nuevo, que convierta cada gota caída del cielo en una oportunidad de energía, sustento y vida. Todo lo demás —las condolencias, los fondos de emergencia, las visitas oficiales en lancha— no son más que síntomas de una cultura política que reacciona, pero no prevé.
El agua seguirá cayendo; el reto es que deje de arrastrarnos.




