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El derrumbe de los axiomas neoliberales

La reducción de la pobreza en México durante los últimos siete años —con más de 13 millones de personas que dejaron atrás esa condición— es un dato que rompe moldes, discursos y dogmas. No se trata de una cifra suelta, sino de una evidencia que cuestiona el andamiaje entero del pensamiento neoliberal, ese que durante cuatro décadas gobernó el sentido común de gobiernos, organismos internacionales, universidades y medios de comunicación. El reconocimiento del periódico francés Le Monde a este logro del Estado mexicano no es menor: coloca en la escena global un contraste incómodo para quienes aún juran fidelidad al catecismo de la austeridad, la privatización y la fe ciega en el mercado. 

Mientras tanto, la mayor parte de la prensa nacional, en una ofensiva obscena y constante, ha preferido instalarse en la crítica fácil, en la denostación sin contexto y en la insistencia de que cualquier avance es un espejismo. La narrativa mediática —plagada de opinólogos, editorialistas y portadas que insisten en el desastre inminente— no ha logrado mellar un hecho contundente: la aprobación social al régimen se mantiene en niveles inusualmente altos, sostenida por la experiencia cotidiana de millones de familias que perciben cambios concretos en su vida material. El neoliberalismo había instaurado tres axiomas como dogmas indiscutibles: 1. Que el Estado debía retirarse de la economía para no “distorsionar” los mercados; 2, que la pobreza sólo podía reducirse con crecimiento acelerado medido en PIB; 3, que los programas sociales eran paliativos clientelares, incapaces de transformar estructuras. La experiencia mexicana demuestra lo contrario. El Estado, lejos de ausentarse, asumió un papel activo en la redistribución de recursos mediante transferencias directas y programas universales. El crecimiento económico, moderado pero constante, no fue la varita mágica: lo decisivo fue que la riqueza nacional se orientara hacia abajo y no sólo hacia arriba. Y los programas sociales, tan vilipendiados, han probado ser herramientas de movilidad y dignidad que reducen desigualdades en el presente y siembran oportunidades en el futuro. 

Los neoliberales, tan aficionados a las métricas, hoy se encuentran frente a un espejo incómodo: las cifras son contundentes y los paradigmas que defendieron, ruinas ideológicas. Estado de bienestar a la mexicana. México no ha calcado los modelos europeos, pero ha tomado de ellos la convicción de que un Estado presente y fuerte puede garantizar equilibrios sociales. El modelo se ha tejido con hilos propios: programas de apoyo directo como la Pensión Universal para Adultos Mayores. Políticas de recuperación del salario mínimo, que creció más de 100 por ciento en términos reales en el periodo. Apuesta por proyectos estratégicos de infraestructura que, más allá de debates, generan empleos y dinamizan regiones marginadas. El Estado de bienestar a la mexicana combina transferencias sociales, inversión pública y soberanía en áreas estratégicas. No es una copia del welfare state clásico, pero sí una adaptación que demuestra su eficacia en un país con profundas desigualdades. El bombardeo mediático en contra de estas políticas ha sido constante. 

Desde columnas de opinión hasta noticiarios televisivos, el relato dominante insiste en que los avances son insostenibles, ficticios o incluso peligrosos. Se acusa al gobierno de populismo, de hipotecar el futuro, de poner en riesgo las finanzas públicas. Sin embargo, la experiencia ciudadana contradice esos relatos. Cuando un adulto mayor recibe cada dos meses un ingreso que le da autonomía; cuando una familia campesina cuenta con apoyos para producir; cuando los salarios se recuperan y alcanzan para lo básico, los argumentos de los editorialistas suenan a retórica vacía. El pueblo compara lo que vive con lo que escucha, y en esa balanza la palabra escrita en las redacciones pierde frente a la realidad de la vida diaria. 

El reconocimiento de Francia no es un gesto diplomático aislado. Representa el eco de una discusión global: el mundo observa cómo, en el sur de América del Norte, un país históricamente moldeado por la desigualdad logra avances sociales con un modelo que no sigue las recetas del FMI ni del Banco Mundial, sino que recupera el papel central del Estado. En un escenario internacional donde el neoliberalismo sigue en crisis —con protestas en Europa contra la austeridad, con el descrédito de las élites políticas y con un planeta asfixiado por el capitalismo depredador—, la experiencia mexicana aporta una prueba rotunda de que otro camino es posible. 

En suma, los gobiernos de Morena han derrumbado, con hechos y resultados, el mito neoliberal de que “no hay alternativa”. El Estado de bienestar, tantas veces enterrado por la propaganda conservadora, se demuestra eficaz en pleno siglo XXI. La reducción de la pobreza, la estabilidad social y la aprobación popular son indicadores que no admiten negación. México está probando que un capitalismo regulado, con políticas sociales sólidas y un Estado que no abdica, puede construir equilibrios en una sociedad desigual. En contraste, el neoliberalismo queda desnudo: sus axiomas, presentados como ciencia, eran solo ideología. Y hoy, frente a millones de mexicanos que dejaron atrás la pobreza, esa ideología se desploma como un edificio ruinoso.

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