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El costo humano del primer año de Trump



Por: Rodrigo Efraín Hernández Hebrard (Director Binacional de Comunicación y Relaciones Públicas) y Emilio Antonio Vázquez Morales (Coordinador Binacional de Comunicaciones AMEXCAN)


Cuando evaluamos el primer año del segundo mandato de Donald Trump en Estados Unidos no hay estadística que pueda resumir con justicia lo que está ocurriendo en materia migratoria; no se trata de números fríos, no son cifras, son historias, una familia desgarrada, un proyecto de vida trunco y esto, lamentablemente, muestra un patrón preocupante de muertes entre migrantes bajo custodia del Estado que clama por humanidad.

Según datos oficiales y el seguimiento de diversas organizaciones, al menos 32 personas murieron en custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante 2025, convirtiéndose en el año más letal en más de dos décadas para los detenidos por este organismo. Entre ellos había desde solicitantes de asilo hasta adultos mayores, de todas partes del mundo; sus edades iban de los 27 a los 75 años y muchos llevaban años viviendo en Estados Unidos.

Desde principios de 2026 el patrón se repite, con cuatro muertes adicionales reportadas en la primera semana del año en centros de detención en Texas y otros estados.

Estos decesos, en algunos casos atribuidos a condiciones de salud que nunca fueron atendidas adecuadamente y en otros a causas no esclarecidas, plantean una pregunta, ¿qué significa para una sociedad democrática que personas mueran mientras están bajo la custodia del aparato estatal que, en teoría, tiene la obligación de protegerlas y no dejarlas morir?

Libros, reportajes e investigaciones han documentado durante años que las cárceles y los centros de detención migratoria en EE. UU. están repletos de condiciones que están al borde de lo inhumano, pues presentan sobrepoblación, atención médica insuficiente, falta de higiene, mala alimentación y un clima de abandono que afecta tanto la salud física como mental de los detenidos.

Pero esta crisis de muertes en custodia no ocurre en un vacío político, se da en el contexto de una política represiva de inmigración que ha llevado a ICE a detener a decenas de miles de personas, incluyendo a muchas sin antecedentes penales, en 2025, aproximadamente 75 % de los detenidos no tenían condenas por delitos graves, según estimaciones de fuentes independientes que analizaron datos internos de la agencia.

Y si esto no fuera suficiente, las tragedias no han estado limitadas a los centros de detención; el uso de la fuerza letal por parte de agentes federales en territorio estadounidense ha puesto de manifiesto un problema aún más profundo, porque no podemos pasar por alto lo ocurrido en días recientes, donde dos ciudadanos estadounidenses, Renee Good y Alex Pretti, fueron abatidos por agentes del ICE o de la Patrulla Fronteriza en Minnesota, en circunstancias que desataron protestas y una ola de indignación nacional.

Estas muertes, de inmigrantes bajo custodia y de ciudadanos estadounidenses, deben obligarnos a cuestionar con urgencia hasta qué punto ha llegado la aplicación de las políticas migratorias y de seguridad interna. Si personas que buscan refugio o mejores condiciones de vida están muriendo en manos de la autoridad y si ciudadanos que nada tenían que ver con un proceso migratorio son asesinados en un operativo, ¿qué nos espera como sociedad si normalizamos estas prácticas?

No se trata de debates abstractos sobre cifras u hojas de balance; detrás de cada nombre hay familias que lloran, hijos que preguntan por qué ya no pueden abrazar a sus padres, madres que no entienden cómo un ser querido puede morir entre rejas o frente a una patrulla; hay niños separados de sus pequeños círculos de amor, hay adultos que dejan huérfanos a sus propios hijos, porque las estadísticas solo cobran sentido cuando miramos las historias detrás de los números.

Y esas historias nos urgen a preguntarnos ¿qué clase de nación queremos ser? ¿Una que mide su éxito por la cantidad de detenciones y deportaciones o una que mide su humanidad por la dignidad con que trata incluso a quienes no tienen voz? Porque al final, no son cifras; son vidas.

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