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El chiste cruel de un fraude hablando de democracia  

Si la política fuera un concurso de stand-up, un expresidente que llegó al poder mediante un fraude electoral y que ahora se rasga las vestiduras contra la elección popular del Poder Judicial sería, sin duda, el número estelar de la noche. Porque no hay comedia más cruel que la de un impostor pretendiendo ser guardián de la democracia.  

Y lo mejor del chiste es que se atrevió a lanzar sus dardos antes de que la elección ocurriera. Ni Nostradamus se hubiera atrevido a tanto. El fraudulento convertido en pitoniso: no importa lo que decida el pueblo, lo importante es declarar que todo está mal desde antes, sembrar la sospecha, adelantar la condena. Esa es la especialidad de la casa: fabricar dudas como si fueran tortillas.  

El conservadurismo en modo pánico. Detrás de la “indignación” del expresidente no hay principios, hay  miedo a secas. Miedo a un país que ya no se arrodilla ante los designios del club de amigos de siempre. Miedo a que jueces y magistrados dejen de ser un recurso privado de las élites para convertirse en servidores de una mayoría que exige justicia. Miedo, en suma, a que los de abajo empiecen a decidir sobre lo que antes era exclusivo de los de arriba y, porqué no, miedo también a que la justicia los alcance.

Las fuerzas conservadoras no saben qué hacer con este escenario. Pasaron décadas controlando la justicia como quien administra una finca. Y ahora, que el pueblo se atreve a decidir, gritan “dictadura”. Ironía de las ironías: para ellos, dictadura es que los ciudadanos participen.  

Esto es el eterno guion neoliberal. Una película ya vimos. Los neoliberales no tienen nada que ofrecer. Su recetario está agotado: “apriétate el cinturón, privatiza lo que quede, confía en el mercado y ya veremos”. Como el mago que solo sabe un truco, lo repiten hasta el cansancio aunque el público ya se hartó de aplaudir.  

Por eso su único recurso es deslegitimar todo lo que no controlen. Si el pueblo vota,  malo. Si el gobierno redistribuye, malo, es populismo. Si la justicia intenta ser accesible, es un ataque a las instituciones. Lo único bueno, según ellos, es lo que beneficia a sus carteras. Lo demás, que arda.  

El predicador del fraude. El expresidente en cuestión se presenta como un profeta del orden. Habla de legalidad, de respeto a las instituciones, de la necesidad de frenar la “politización” del Poder Judicial. Y el respetable duda entre reír o llorar. Porque quien usó a las instituciones para legitimar un fraude electoral no tiene autoridad moral ni para opinar sobre el reglamento de un torneo de dominó.  

Su papel es tan grotesco que parece escrito por un guionista con humor negro: el ladrón denunciando robos, el pirómano preocupado por los incendios, el plagiador indignado con el plagio.  

La retórica conservadora es puro maquillaje. No defienden la democracia, defienden privilegios. No cuidan la justicia, cuidan sus negocios. Lo que les aterra es que la justicia deje de ser un traje a la medida para sus corporaciones y se convierta en una herramienta —aunque imperfecta— de equilibrio social.  

Y como no pueden ofrecer un proyecto de nación que ilusione, recurren al catastrofismo. Siempre es el fin del mundo. Siempre es el abismo. Siempre es la ruina. Pero, curiosamente, siempre son ellos los que se salvan y siempre es el pueblo el que paga la factura.  

De un lado está un proyecto nacional que, con todas sus limitaciones, intenta redistribuir riqueza, reducir desigualdades, dar voz a los que nunca la tuvieron. Del otro lado, un bloque conservador que se aferra al pasado y que solo sabe repetir el mantra de los “expertos” y “los mercados”. El expresidente fraudulento es la caricatura perfecta de ese bloque: un hombre sin legitimidad que pretende ser árbitro de la legitimidad de los demás.  

La democracia en México está llena de paradojas, pero pocas tan evidentes como esta: el fraude convertido en guardián de la voluntad popular. No se trata de un error aislado ni de un lapsus político; es la estrategia consciente de una élite que, incapaz de seducir al electorado, prefiere insultarlo.  

Que un expresidente ilegítimo condene una elección popular solo confirma algo: cuando los de arriba se sienten amenazados, recurren a la farsa. Y si hoy se burlan de la justicia electa, es porque saben que mañana podría ser la justicia del pueblo la que, por fin, les pida cuentas.  

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