ECP*
Donald Trump volvió a ser abucheado, esta vez en un estadio de fútbol americano. No es una anécdota menor: es un síntoma. Cada aparición pública del expresidente desata la misma reacción dividida —aplausos y rechiflas— que retrata la fractura emocional de su país. Pero más allá del ruido de las gradas, hay una escena más profunda: la de un gigante que se sabe enfermo, aferrado a sus delirios de grandeza mientras su estructura económica y moral se derrumba.
Trump no sólo encarna un proyecto político; representa una patología civilizatoria. Su lenguaje corporal es la traducción visible del narcisismo imperial: el mentón elevado, el gesto rígido, la mandíbula apretada, el movimiento circular de las manos como si moldeara el mundo a su antojo. Camina con el pecho adelantado y la mirada fija en un horizonte imaginario, no en las personas que lo rodean. Cada palabra suya es un acto de dominio; cada pausa, una invitación al sometimiento. Habla en slogans porque su mente no articula argumentos sino mandatos. No comunica: ordena. Y detrás de esa máscara de poder hay un miedo inmenso a la pérdida del control, el pánico de un país que ya no puede reconocerse como centro del mundo.
Ese miedo no es individual. Estados Unidos atraviesa una crisis de identidad y de fe en su propio relato. La deuda pública ha alcanzado niveles históricos, la desigualdad erosiona la cohesión social, la violencia interna supera a la de muchas naciones en guerra y la Reserva Federal se enfrenta a un agotamiento estructural de sus instrumentos. En ese contexto, Trump aparece como la válvula emocional de una sociedad que busca culpables y promesas simples: el extranjero, el migrante, el socialismo. Cada abucheo que recibe revela tanto su desgaste como la desesperación de sus seguidores, incapaces de aceptar que el sueño americano se ha convertido en su pesadilla.
La decadencia económica se traduce en histeria política. Y esa histeria —alimentada por un complejo militar que devora medio billón de dólares al año— empuja al país hacia el exterior: cuando el poder interno se resquebraja, el enemigo debe ser externo. Por eso Washington respalda sin reservas al gobierno neofascista de Israel: porque necesita proyectar fuerza allí donde ya no la tiene. Gaza se convierte en espejo de la impotencia moral de Occidente: un genocidio televisado en nombre de la civilización. El silencio cómplice de Europa —sumisa, obediente, moralmente arrasada— confirma que el viejo continente ha renunciado a su autonomía ética. Las potencias europeas, incapaces de cuestionar al amo, se comportan como herederas indignas de la Ilustración, repitiendo los dogmas de Washington aunque contradigan su propia historia.
El peligro es mayor de lo que aparenta. Nunca en la historia moderna un país con tal poderío militar había estado tan dividido, tan endeudado y tan moralmente vaciado. La combinación de crisis económica, fanatismo político y liderazgo narcisista crea un escenario de alto riesgo: un imperio con armas nucleares conducido por hombres que confunden la política con el espectáculo y la fuerza con la razón. En Trump, ese delirio alcanza su forma más descarnada: el deseo infantil de volver a ser el centro del mundo, aunque para ello deba incendiarlo.
Su relación con el poder es corporal, no racional: necesita la ovación como combustible vital. Por eso los abucheos lo hieren más que las derrotas judiciales. Cada silbido en su contra le recuerda que su figura ya no produce fascinación sino cansancio. Y sin embargo, su persistencia —como la del sistema que lo engendró— muestra que el trumpismo no depende sólo de Trump. Es el reflejo de un país que aún no ha asumido su decadencia, que intenta prolongar su dominio a través de la intimidación, el dólar y la guerra.
El mundo asiste así al crepúsculo de un imperio armado hasta los dientes, gobernado por dirigentes que confunden la fe con el odio y el liderazgo con la humillación ajena. Frente a ese escenario, América Latina y el Sur global tienen el deber histórico de sostener la cordura y la esperanza: no imitar al gigante moribundo, sino demostrar que la dignidad y la justicia todavía pueden organizar un orden distinto.
Porque cuando un imperio en decadencia pierde la razón, la humanidad entera está en peligro.
*Es Cosa Pública




