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El banquero de las “bendiciones”

México es un país tan surrealista que André Bretón, cuando lo invitó Diego Rivera a recorrer sus mercados y calles, casi muere de envidia por no haber nacido aquí. Y si estuviera vivo hoy, seguramente se llevaría un premio extra al ver la más reciente postal del absurdo mexicano: Ricardo Salinas Pliego, el empresario que hizo de la usura un modelo de negocios, de la televisión basura un catecismo nacional y de la autopromoción un deporte olímpico, anunciando que podría lanzarse a la presidencia de la República. Como si gobernar un país fuera lo mismo que vender refrigeradores en Elektra a crédito con intereses que hacen sudar hasta al Santo Niño de Atocha.

Ricardo Salinas Pliego es heredero de una dinastía empresarial que empezó con una fábrica de muebles fundada por su bisabuelo a principios del siglo pasado. Convirtió ese legado en un emporio que abarca desde la venta de electrodomésticos en pagos semanales hasta un banco que exprime a los pobres con comisiones que harían sonrojar al mismísimo Shylock de Shakespeare. Ha construido su fortuna aprovechando concesiones de bienes públicos y prácticas canallescas como la evasión masiva de impuestos y la multiplicación de intereses sobre los sectores más vulnerables. Y lo hace sin pudor: presume en redes sociales sus yates, sus whisky de etiqueta azul y hasta sus caballos pura sangre, como si fueran trofeos de “mérito empresarial”.

La biografía política del magnate está llena de episodios de vodevil. Uno de los más recordados es el “chiquihuitazo”, cuando sus huestes tomaron por asalto las instalaciones de una televisora en el Cerro del Chiquihuite para imponer la señal de TV Azteca. Fue su manera de explicar qué significa para él la competencia: un deporte de contacto con toques de vandalismo, donde el ganador se lleva la frecuencia. Con esa tarjeta de presentación, ¿a alguien le sorprende que ahora sueñe con conquistar la silla presidencial?

Durante el sexenio pasado, se sentó a la mesa del Consejo de Asesores Empresariales del presidente con la esperanza de seguir recibiendo favores del poder. Pero su idilio con la 4T duró lo que una quincena de abonos: terminó cuando el gobierno le exigió pagar sus adeudos con Hacienda. El romance acabó mal y desde entonces, el empresario se dedica a lanzar diatribas en Twitter contra la administración, contra sus críticos y contra cualquiera que ose recordarle que no pagar impuestos no es un acto de genialidad financiera, sino un fraude al Estado.

Sus desplantes digitales son legendarios. Un día reparte “bendiciones” a sus seguidores y al siguiente insulta a periodistas y académicos con frases como: “bola de mantenidos”, “zánganos” o “pobres diablos”. En otro arranque de ironía tropical, se toma una foto en traje de baño y escribe: “Aquí, pensando si me lanzo de presidente, ¿me apoyan?”. Y cuando alguien le cuestiona, responde con su típico estilo campechano: “no me importa, yo hago lo que quiero porque para eso tengo dinero”. Así, su timeline es más parecido a un “stand-up” de humor negro que a una estrategia política, pero funciona para lo que busca: permanecer en boca de todos, como influencer con yate y puro habano.

Y si alguien cree que exageramos, basta recordar lo que dijo Lourdes Mendoza con Ciro Gómez Leyva: “Salinas Pliego no hace política, se autopromueve; lo que busca no es la presidencia, sino los reflectores”. Una definición perfecta: no es candidato, es un showman de la autopromoción, un TikTok con traje de lino y sombrero panamá.

El magnate se describe como “antisistema”, pero el sistema entero lo acompaña tatuado en la frente. Dice odiar al “gobierno paternalista”, aunque su fortuna se multiplicó con rescates fiscales y privilegios del poder político. Se vende como campeón de la libertad, pero sus negocios se alimentan del endeudamiento crónico de quienes jamás tendrán libertad económica. Y, para colmo, presume ser patriota cuando en realidad es un consumado evasor de impuestos: exige del pueblo lo que él mismo evade con malabares fiscales.

Su propuesta implícita es aterradora por cómica: administrar a México como administra Elektra. ¿Qué significa? Una democracia en abonos semanales, con intereses crecientes, cobradores implacables y el recordatorio constante de que el ciudadano siempre tiene la culpa de su miseria. Imaginemos su gabinete: en Hacienda, el jefe del departamento de cobranzas de Elektra; en Educación, TV Azteca con horario estelar de Laura Bozzo; en Relaciones Exteriores, el call center de Banco Azteca con opción “presione uno para inglés”; y en Defensa, la Defensa reconvertida en la mejor agencia de recuperación de cartera vencida del hemisferio.

No faltará quien aplauda su ocurrencia. En un país donde Fox se creyó pastor, Calderón se disfrazó de salvador y Peña Nieto de actor, ¿por qué no un prestamista de traje caro? Al menos, dirán algunos, “sabe administrar”. Claro que sí: administrar como administra Elektra, con anatosismo, intereses sobre intereses, cobradores que no perdonan y contratos que nunca se terminan de pagar.

La autopromoción de Salinas Pliego es un homenaje al humor negro mexicano: un país donde el que más exprimió al pueblo se atreve a venderse como su redentor. Es el acto de prestidigitación en el que la usura se convierte en filantropía, la evasión fiscal en ingenio empresarial y la vulgar ostentación en supuesto liderazgo.

México merece algo mejor que un mesías neoliberal en versión vendedor de electrodomésticos. Pero el espectáculo es tan grotesco que uno casi espera verlo en cadena nacional repitiendo la frase promocional de sus tiendas: “Llévese la democracia en cómodos pagos, cero intereses… los primeros quince días”. Después, claro, vendría la factura real, esa que ningún ciudadano podría pagar.

La candidatura de Ricardo Salinas Pliego —aunque sea apenas un globo inflado de autopromoción— es un espejo cruel del país: un lugar donde los buitres financieros se disfrazan de águilas republicanas y donde la risa, amarga y sarcástica, es la única vacuna contra el cinismo.

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