Las movilizaciones del 8 de marzo volvieron a confirmar algo que ya es imposible ignorar: la causa de las mujeres se ha convertido en una de las expresiones sociales más masivas y persistentes de nuestro tiempo. En ciudades de todo el país –de la Ciudad de México a Monterrey, de Guadalajara a Xalapa–, decenas de miles de mujeres salieron a las calles para marchar, denunciar la violencia y exigir cambios que durante años han sido postergados o insuficientes.
El 8M ya no es una fecha simbólica. Es una jornada de presencia social que expresa una acumulación de agravios y demandas que atraviesan generaciones. En México, donde la violencia contra las mujeres sigue siendo un problema estructural y dolorosamente cotidiano, la movilización no es un ritual anual sino una forma de recordatorio colectivo: la deuda sigue abierta.
Las marchas de este año tuvieron dos rasgos que merecen observarse con cuidado.
El primero fue la dimensión masiva de la participación. Las calles volvieron a llenarse de mujeres jóvenes, madres, estudiantes, trabajadoras, colectivos y familias completas. La diversidad generacional y social del movimiento confirma que la agenda feminista ha dejado de ser un asunto de grupos específicos para convertirse en una conversación nacional.
El segundo rasgo fue la persistencia de expresiones más confrontativas dentro de algunas marchas. Como ha ocurrido en años anteriores, se registraron pintas y actos de protesta directa asociados a grupos conocidos como bloque negro. Su presencia suele causar polémica y titulares, pero conviene no perder de vista una proporción elemental: en marchas que reúnen a decenas de miles de personas, estos grupos representan una fracción mínima. Reducir toda la movilización a esos episodios es, en muchos casos, una forma de desviar la conversación principal.
Las pintas y los actos de confrontación pueden ser discutidos –y lo son cada año–, pero el centro del 8M no está ahí. El centro está en las miles de voces que marchan para exigir seguridad, justicia y un cambio cultural profundo frente a la violencia de género.
Este año, además, la jornada estuvo acompañada por un elemento político singular. Mientras las marchas tomaban las calles, la presidenta Claudia Sheinbaum encabezó un acto institucional rodeada por mandos del Ejército y de las Fuerzas Armadas. La imagen es poderosa y simbólicamente compleja: un movimiento social que históricamente ha cuestionado estructuras de poder, y al mismo tiempo un gobierno encabezado por la primera mujer en ocupar la presidencia del país.
La escena revela un momento político nuevo. Por primera vez, el Estado mexicano está encabezado por una mujer que llega al poder a través de un proyecto político que ha reivindicado la igualdad y la ampliación de derechos. Pero también es cierto que el movimiento feminista mantiene una autonomía crítica que no se disuelve por el hecho de que una mujer ocupe la presidencia.
Ese equilibrio entre reconocimiento y exigencia es probablemente la clave del momento actual.
Las marchas del 8M no son únicamente una celebración identitaria ni una confrontación automática con el poder. Son, sobre todo, un recordatorio anual de que la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado ni episódico. Es un problema social profundo que exige políticas públicas sostenidas, instituciones eficaces y una transformación cultural que todavía está en proceso.
No se trata únicamente de políticas públicas o de debates legislativos. Lo que está en discusión es la forma en que una sociedad se piensa a sí misma.
Las multitudes que salieron ayer a las calles hablan de algo más que de enojo. Hablan de memoria, de dignidad y de una demanda persistente de justicia.
El 8 de marzo seguirá siendo, más que una fecha en el calendario, una jornada de conciencia colectiva. Civilizatoria.
