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Guerra en Ucrania: perspectivas desoladoras

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La semana pasada comenzó con perspectivas alentadoras para una salida negociada a la guerra en Europa del Este, pues la visita del presidente chino, Xi Jinping, a su homólogo ruso fue ocasión para que Vladimir Putin refrendase su voluntad de estudiar el plan de paz presentado por Beijing hace un mes, y que tampoco ha recibido el rechazo explícito del mandatario ucranio, Volodymir Zelensky. Cierto es que en todo momento cada parte ha condicionado el inicio de conversaciones a términos que resultan inaceptables para la otra, pero al menos se atisbaba una posibilidad de cesar los combates.

Pero estas esperanzas se fueron desvaneciendo con el paso de las horas. El mismo lunes 20 en que Xi arribó a Moscú, el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, anunció que Washington entregará a Kiev otros 350 millones de dólares en material bélico que incluye municiones para cañones Howitzer y para los sistemas de cohetes de artillería de alta movilidad (Himars, por sus siglas en inglés), proyectiles para carros blindados, misiles aire-tierra HARM, además de embarcaciones fluviales y armas antitanques. También el lunes, la Unión Europea alcanzó un acuerdo para invertir 2 mil millones de euros en proporcionar a Ucrania un millón de proyectiles de artillería a lo largo de 12 meses. Al día siguiente, el Pentágono aseguró que acelerará el envío de misiles Patriot y de tanques Abrams, a fin de que estén disponibles en el campo de batalla este otoño y no hasta el año entrante, como se preveía. El miércoles 22, el Parlamento de Suecia aprobó por 269 votos a favor y 37 en contra el ingreso del país escandinavo a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), una decisión que rompe con dos siglos de no alineamiento militar. Que la neutralidad no se haya roto ni siquiera durante la Segunda Guerra Mundial muestra cuán fuerte es la rusofobia occidental y hasta qué punto cohesiona a las élites europeas actuales.

El Kremlin reaccionó con un previsible pero alarmante endurecimiento de sus posiciones. El viernes, el vicepresidente del consejo de seguridad nacional, Dimitri Medvediev, advirtió que Rusia no dudaría en usar todo su arsenal, incluido el armamento nuclear, si Ucrania trata de recuperar Crimea mediante una operación militar. Más tarde, Putin informó que su gobierno concretará el despliegue de armas nucleares tácticas “de menor alcance y potencia que las estratégicas” en el territorio de Bielorrusia, nación colindante con la propia Rusia, Ucrania y tres miembros de la OTAN (Letonia, Lituania y Polonia). El mandatario explicó que la medida se da en respuesta al anuncio de que Reino Unido enviará municiones de uranio empobrecido a las fuerzas armadas ucranias y mostró que su país no hace nada que no haya hecho Estados Unidos, el cual ha instalado estos dispositivos atómicos en Alemania, Bélgica, Italia, Países Bajos y Turquía. Incluso, si es cierto que se trata de una decisión simétrica, es inevitable que exacerbe las tensiones, provea justificaciones a la cruzada rusófoba comandada por Washington, y eleve el riesgo de errores de juicio catastróficos en el curso de la guerra.

A los estados que han permanecido al margen de los juegos de poder entre las potencias militares y geopolíticas, así como a la humanidad que asiste impotente al crecimiento del riesgo de una tragedia nuclear, no queda sino deplorar que de uno y otro lado los intereses particulares se antepongan ya no al bienestar, sino a la mera supervivencia de las víctimas directas –los pueblos ucranio y ruso– y de las indirectas, que son los cientos de millones de personas afectadas por las consecuencias económicas globales del conflicto, o amenazadas por el peligro de una conflagración atómica. En este contexto ha quedado exhibida la absoluta incapacidad de la Organización de Naciones Unidas para llamar al orden a los contendientes y construir soluciones pacíficas, inoperancia que constituye un motivo adicional de lamento.

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