viernes, enero 21, 2022
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Chile

En 2006 los estudiantes adolescentes de secundaria, los pingüinos, se levantaron para cambiar el sistema educacional chileno. Marcaron el primer año de la presidenta Bachelet, e instalaron de forma permanente el tema en la agenda nacional. El aumento en las tarifas del transporte y la restricción del uso del pase escolar a solo dos veces al día encendió la mecha. Era abril de 2006, en pleno primer gobierno de Michelle Bachelet, y el malestar en la comunidad escolar comenzaba a adoptar forma de protesta callejera. Los paros y las tomas de colegios pasaron a ser noticias habituales y al poco tiempo ya nadie dudaba en hablar de un nuevo movimiento, la “Revolución de los Pingüinos”.

Cinco años después se desataría una revuelta estudiantil que puso de cabeza al régimen: una revuelta de estudiantes universitarios y pingüinos que rechazaban el sistema educativo chileno, casi por completo privatizado por el régimen neoliberal que entró a rajatabla en Chile en 1973. La plana completa de los Chicago Boys se apersonó allí para imponer el neoliberalismo. Milton Friedman, incluido. Chile es el primer país del mundo donde se aplica el programa neoliberal en su totalidad, sin joterías.

Hoy, uno de los dirigentes estudiantiles universitarios que en 2011 pusieron de cabeza al gobierno de Sebastián Piñeira es presidente de Chile. Tiene 35 años y es antisistémico. Hay razones para el optimismo: los gobiernos no neoliberales se esparcen por el continente, Argentina, Ecuador, Perú, Bolivia, y ahora Chile con la euforia apaciguadora de haber ganado rotunda la segunda vuelta luego de la estupidez absurda de perder la primera. Todo por una dejadez intelectualizada de no sentirse representados por la juventud de un personaje al que estiman radical.

La generación que llega a salvar a Chile son los hijos de los jóvenes reprimidos o exiliados por el régimen pinochetista. Los que vivieron el exilio o, peor aún, se quedaron a vivir rumiando la amargura de la derrota y tener que adaptarse, tragarse el entusiasmo previo a septiembre de 1973. Es fuerte. Hay una carga dramática en el asunto. Por eso entusiasma la victoria de Boric, de 35 años. Una generación que le encontró la cuadratura al círculo sin tanto brinco. Que vive la legalidad de las reglas del juego, pero no en la lógica de las reglas del juego. Es una diferencia sustantiva.

En el continente hay un grupo de gobiernos antisistémicos con proyectos viables. En ese concierto México es un interlocutor reconocido. Como lo fue antes.

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