miércoles, julio 6, 2022
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Cambiar el mood

Por enésima vez, una matanza cometida por un adolescente en Estados Unidos ha puesto en el debate público de ese país y en la atención mundial la necedad criminal de mantener el derecho a la posesión de armas a cualquier hijo de vecina. Se dirá del poder del lobby armamentista que financia prácticamente la totalidad del congreso de aquel país.

Y sí, en efecto, el lobby de las armas tiene vínculos con la casi totalidad de los congresistas. Entre otras cosas por eso es posible que cualquiera en Estados Unidos acreditado como residente tenga el derecho no solo de poseer un arma defensiva –una pistola calibre .45, por ejemplo– sino poder comprar incluso armas largas de repetición. Lo que desde luego exponencia las probabilidades de tragedias como la del martes, la de Sandy Hook, Connecticut, en 2012, o la infausta de Columbine, en Colorado, el 20 de abril de 1999.

Pero constreñir la disponibilidad de armas aunque ayudaría, en realidad no atacaría la razón profunda de la distorsión, porque, en efecto, si bien el problema parte de la disponibilidad obscena de armas –lo que hace facilita las cosas para las matanzas– no es la causa profunda de la las tragedias.

Para entender en términos políticos el porqué la política del control de armas emana del mismo principio desfavorable a las mayorías que dio a los estadounidenses el Colegio Electoral, hay que saber que en el Senado estados mucho menos poblados del Oeste, del medio Oeste y el Sur (hogar de cazadores y émulos de John Wayne con tendencias conservadoras) tienen la misma representación que Estados mucho más grandes y poblados como Nueva York y California.

Así que aunque la mayoría de los estadounidenses están a favor de controles más estrictos a las armas, esa posición mayoritaria no se refleja necesariamente en la conformación del Senado.

La otra causa, la profunda, es el tipo de individuo que produce la sociedad norteamericana. Estados Unidos es la primera construcción política de un estado capitalista. Su guerra de independencia contra el Imperio británico es, en realidad, la primera revolución burguesa propiamente dicha del planeta. Esto fue en 1777; la revolución francesa fue doce años después.

La construcción del sistema de convivencia norteamericano pasa primero por la supremacía conceptual del individualismo frente a la autoridad del Estado. Cosa que puede entenderse si nos atenemos a que los fundadores diseñaron el nuevo Estado priorizando por axioma los derechos individuales frente a los del Estado. Esto es, la corona británica.

Los eventuales controles de armas hubieran servido de poco esta vez dado que el perpetrador de 18 años no adquirió las armas –dos escopetas– en el mercado, sino que pertenecían a su madre.

Lo cierto es que Estados Unidos produce una cantidad alarmante de psicópatas multi homicidas y que hay más armas en posesión de ciudadanos norteamericanos que norteamericanos mismos. Esto necesariamente pasa por los valores que reproduce el establishment y las dificultades para procesarlos.

La apología del individualismo combinada con la obligatoriedad de destacar, triunfar, ser diferente, dejar huella aislado de la otredad, encerrado en un sistema y unas lógicas de competencia apunta a la creación de severos desequilibrios afectivos en la formación del individuo. Desequilibrios que fácilmente se convierten en confusión y pérdida de valor. De ahí al enojo y al miedo no hay más que un paso y desde el enojo y el miedo difícilmente surge la empatía. Juntamente por eso es que hace sentido bajarle a la obsesión por la competencia, cambiar de lógica y empezar a valorar y a priorizar lo colectivo y la colaboración.