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ECP: La diplomacia de las millas acumuladas 

Para Jorge Castañeda Guttman y con seguridad algunos otros opinadores de la élite, la política exterior mexicana se mide como un programa de viajero frecuente: entre más millas acumules, más civilizado eres. Si la presidenta va al G20, al G7, al APEC, entonces México está “en la jugada”. Pero si decide quedarse a gobernar desde su propio país, eso se interpreta como indigencia diplomática, atraso tercermundista, barbarie tropical. La idea es tan simple como grotesca: un país no vale por lo que hace dentro de sus fronteras, sino por cuántas veces su presidenta aparece en la foto de familia de las cumbres internacionales.  

Este conservadurismo provinciano disfrazado de cosmopolitismo esconde una obsesión infantil por la selfie con líderes extranjeros. En su mundo ideal, la mandataria mexicana debería pasar más tiempo en aeropuertos que en Palacio Nacional, más horas en cenas de gala que en reuniones de gabinete, y más minutos posando junto a Macron que atendiendo a Minatitlán. Gobernar en México no sería civilizado; lo verdaderamente moderno es aplaudirle al G7 mientras deciden lo que más conviene a las trasnacionales.  

Lo más hilarante es que nos presentan como “normalidad” esa diplomacia de alfombra roja, como si la verdadera obligación de cualquier presidente fuera cumplir con la agenda que dictan Washington, Bruselas y Ottawa. Porque claro, “normal” es ir a escuchar sermones sobre libre comercio mientras las economías latinoamericanas se hunden en deuda. Lo anormal, en su lógica, es sostener una política exterior soberana.  

La joya de la nostalgia llega cuando nos recuerdan que en tiempos de Díaz Ordaz venían más mandatarios extranjeros. Sí, Díaz Ordaz: el que masacró estudiantes en 1968. Pero eso es un detalle menor; lo relevante, al parecer, era que Francia mandaba delegaciones distinguidas y que Estados Unidos venía a palmear la espalda del régimen. El conservadurismo tiene memoria selectiva: olvida la sangre, pero atesora los brindis.  

El desprecio a la región se muestra sin pudor: Lula es aceptable, pero los demás presidentes latinoamericanos son de “países bananeros”. Qué gran categoría analítica: si no hablas francés, inglés o alemán, tu país no cuenta. De nada sirve compartir historia, cultura, problemas comunes; lo que importa es la bendición del Viejo Continente. El autor de esa visión parece extrañar los tiempos en que los mexicanos viajaban a París a comprarse sombreros y regresaban convencidos de que aquí seguíamos viviendo en chozas de palma.  

Y cuando toca hablar de la Celac, la sentencia es lapidaria: “nunca debió existir”. Claro, ¿para qué pensar en integración latinoamericana si ya existe el G7 para darnos instrucciones? Mientras en la Celac se discuten proyectos regionales, la élite preferiría aplaudir en Davos, donde lo único que se reparte son contratos y recetas de austeridad.  

El argumento estrella es casi de risa: la Cumbre de las Américas es importante porque “probablemente asista Trump”. Como si el magnate naranja fuera atractivo turístico y no el mismo personaje que prometió muros y trató a México como patio trasero. Imaginemos la lógica: no importa la agenda, no importa la soberanía; lo que importa es la oportunidad de pedirle un autógrafo a Trump entre canapé y canapé.  

Para rematar, nos citan a Montaigne: “los viajes forman a la juventud”. Qué profundidad: al parecer, la única manera de aprender política exterior es viajar en primera clase a cumbres internacionales. ¿Leer informes? ¿Dialogar con pueblos? ¿Escuchar a expertos nacionales? Eso es provinciano. La sabiduría se alcanza solo con vino caro y discursos en inglés. De paso nos dicen que Sheinbaum debería “ampliar su mente” conversando con Macron, Starmer o Modi. Traducción: los europeos y anglosajones son los tutores naturales de las presidentas mexicanas. Colonialismo ilustrado en pleno 2025.  

La parte más insultante llega con Gaza. Según este conservadurismo, Sheinbaum debió esperar a conversar con “líderes mundiales” antes de condenar un genocidio. Es decir: miles de muertos, niños bombardeados, desplazados por millones… pero México debería aguardar a ver qué opina Macron antes de pronunciarse. Los muertos que esperen, no vaya a ser que la presidenta mexicana se atreva a pensar sin pedir permiso.  

En el fondo, lo que molesta a estos analistas no es que México se equivoque, sino que México decida por sí mismo. Para ellos, la política exterior no se trata de principios, sino de vanidad: acumular fotos, cenas, discursos. El aplauso internacional como sustituto de la soberanía nacional.  

Y si lo miramos desde Veracruz, la ironía se multiplica. Mientras exigen que Sheinbaum vuele a Sudáfrica, en Minatitlán las refinerías siguen siendo símbolo de abandono neoliberal. Mientras suspiran por el G7 en Canadá, en Coatzacoalcos los pescadores viven entre derrames petroleros que ninguna cumbre internacional va a limpiar. Mientras lamentan que no vaya a la ONU, en el puerto de Veracruz entran y salen barcos cargados de mercancías chinas, mientras los cafetaleros de Huatusco apenas sobreviven con precios de risa. Pero para la élite conservadora eso no cuenta: lo único que importa es la cena en Bruselas.  

El texto que critico es, en el fondo, un manual de provincianismo disfrazado de cosmopolitismo. Se ve el mundo desde el balcón de Polanco, con la mirada fija en París, y se desprecia lo propio como atraso. Para ellos, lo peor que puede hacer un presidente es tener convicciones; lo mejor, ser un turista obediente que sonríe en las cumbres.  

Pero México ya eligió otra ruta. No la diplomacia de las millas acumuladas, sino la diplomacia de la soberanía. Y eso, para quienes solo se sienten civilizados cuando la élite de Davos les pasa lista, es una herejía imperdonable. México no necesita acumular sellos en el pasaporte para demostrar su dignidad. Y Veracruz tampoco: bastante tiene con cargar las consecuencias de décadas de neoliberalismo como para preocuparse por las migajas de glamour internacional.  

Al final, lo que estos opinadores conservadores extrañan no es la diplomacia, sino la servidumbre con glamour: presidentes mexicanos convertidos en turistas distinguidos, aplaudiendo en cenas de gala mientras el país se hunde. Su queja no es que Sheinbaum se equivoque, sino que no obedezca. Les duele que México ya no viaje de rodillas, que no mendigue una foto grupal en el G7 para sentirse aceptado en el club de los “civilizados”. Pobres: llevan tanto tiempo confundiendo dignidad con etiqueta, que cuando ven a un país gobernar con soberanía, lo llaman barbarie.

*Es Cosa Pública

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