María José García Oramas
Doña Leonila era una mujer pequeña, de apariencia menuda y frágil. Parecía que un fuerte soplido de aire podría llevársela, pero nada más alejado de la realidad. Leonila fue una mujer de campo que parió ocho hijos: cinco mujeres y tres hombres, que cuidó a sus hijos, a sus parcelas de caña, a sus animales, a sus flores y hortalizas. Pero, además, se dio a la tarea de dar de comer, junto con sus hijas y durante más de 20 años, a miles de migrantes a su paso por su pueblo, Amatlán de los Reyes, Veracruz.
Todo inició cuando envió a dos de sus hijas a la tienda por alimentos. Cuando llegaron a casa sin nada porque le habían dado lo que traían a unos hombres que les pidieron comida diciéndoles: “Madrecita, dame algo de comer porque venimos de muy lejos muy hambrientos y con sed”, en lugar de regañarlas se apiadó de estas personas y encomió a sus hijas a preparar alimentos para darles de comer, ya que observó que día a día pasaban trepados en el tren, luego conocido como “La Bestia”. Así que se idearon juntas un método que permitía darles agua y comida caliente en envases de plástico y bolsas amarradas, de tal forma que pudieran sujetarlas sin necesidad de bajarse del tren.
Alcancé a ver a Leonila dar de comer y beber a los migrantes en la Bestia ya pasados sus más de 50 años y así, chiquita y flaquita como era, no sólo nunca se la llevó el viento ni el tren sino que, por el contrario, aprendió a dar alimentos con una destreza admirable que nunca me atreví, siquiera, a intentar imitar. La fuerza del paso del tren, la firmeza de Leonila y la gratitud de los migrantes a su paso son un escenario imposible de olvidar que de hecho quedó grabado en muchas imágenes y videos que circulan en las redes sociales hoy en día.
Leonila era, además, una gran conversadora. Cuando pasó el tiempo y no pudo caminar luego de una caída que le fracturó la cadera, le gustaba sentarse en el patio de su casa a contar sus historias, como aquella de que se casó muy jovencita y pasados ya 3 años de matrimonio no podía tener hijos. Entonces su suegra le decía que ella era como una “gallina seca” y que lo mejor es que su hijo se juntara con otra mujer que pudiera darle hijos. Pero Leonila insistió y poco después tuvo su primer hijo, al cual le siguieron otros 7, uno detrás del otro.
Contaba también que le gustaba hacer el lonche a su marido y a sus hijos para llevárselos al campo cuando estaban cortando la caña. También que le gustaba sembrar muchas cosas y que todo ello se los había enseñado a sus hijas, que eran acomedidas y trabajadoras como ella no solo en su casa sino en el comedor que fundaron para dar comida y cobijo a los migrantes. Al final de la plática, siempre salía con mi bulto de calabazas, chayotes o papayas que Leonila, invariablemente me regalaba.
También contaba que su marido era de carácter fuerte y ya mayor, cuando comenzaba a tener demencia senil la perseguía con una vara sin motivo aparente, con lo cual sus hijas, sobre todo Bernarda la mayor que era quien les cuidaba, la escondía de la furia demencial de su esposo. A diferencia de él y haciendo honor a su nombre, Leonila no perdió nunca la fuerza y la lucidez que la caracterizaban y se fue apagando de a poco, hasta que falleció en la madrugada del día de hoy, entre palmas de domingo de ramos, en un día tan especial para los creyentes católicos, entre los que ella y su familia se encuentran.
Leonila siempre impulsó la labor de sus hijas y sus nueras en el comedor de la Patrona. Además de Berna, Norma, Rosa, Lupe, Toña, otras mujeres de la localidad poco a poco se fueron acercando al comedor para ayudar con la labor, que implicaba hacer comidas diarias para alrededor de 200 personas. Las enormes ollas de arroz y frijol cocido con leña eran comunes en el comedor. Yo admiraba la fuerza de todas ellas para guisar y embolsar esas enormes cantidades de comida y hasta les preguntaba por qué no hacían mejor el arroz blanco que el rojo, que era más laborioso y tardado para preparar. Su respuesta era que su comida debía ser sabrosa para que los migrantes sintieran, a través de ella, el calor de su hogar y tuvieran fuerzas para seguir su camino. Todavía hoy recuerdo el inolvidable sazón del arroz rojo de las Patronas con frijoles de la olla, así como las salsas que preparan para hacerse de recursos adicionales.
Particularmente a Leonila, los migrantes que permanecían por algún tiempo en el albergue, al marcharse le pedían su bendición. Le decían: “Madrecita, ya que no está mi mamita deme usted su bendición para que llegue con bien.” Leonila decía que en sus voces recordaba la voz de Jesús ante sus discípulos enseñándoles a darles de comer y beber a los necesitados, y que esa era la verdadera vocación religiosa y no nada más andar rezando en la iglesia como le decían los vecinos, quienes siempre han criticado su labor de andar alimentando a malas personas en vez de ir a la iglesia, como deben hacerlo las mujeres devotas. Pero Leonila decía que estaban equivocados, que los migrantes eran personas buenas, que lo único que buscaban era una mejor vida para ellos y sus familias y que por eso había que ayudarles, para que lograran hacer realidad sus sueños.
Con su partida, Leonila deja un legado inolvidable en la ya larga tradición de las mujeres mexicanas que desde su lugar de madres cobijan las mejores causas: sea por los migrantes, por buscar a sus hijos desaparecidos, por acompañar a sus hombres en la causa, por defender su territorio y sus recursos naturales. Con ella se va una época, esa en la que la Bestia transportaba a diario a miles de personas, primero hombres solos y luego a familias completas y hasta niños pequeños solos. Todos, buscando llegar al Norte, a cumplir su sueño de una mejor vida, de poder llegar y enviar dinero a sus empobrecidas familias.
Hoy en día el tren pasa casi vacío, como se vacían los albergues y los campamentos de migrantes, como se acaban los sueños de recibir asilo en Estados Unidos o un permiso de trabajo en México. Como se acaban las caravanas para los más pobres por las nuevas políticas anti-migrantes aunque sepamos que el tránsito de personas nunca acabará, y que lo que cambiará son sus formas y sus tiempos.
Descanse en paz Doña Leonila, abrazo fuerte a su familia y queda usted en nuestro recuerdo y en nuestras oraciones.
