México 1968, un país que buscaba mostrarse moderno ante el mundo como anfitrión olímpico, pero que terminó exhibido en su lado más sombrío. El dos de octubre en Tlatelolco quedó tatuado en la memoria colectiva como la irrupción de la juventud en la historia política contemporánea y, al mismo tiempo, como el recordatorio de que el Estado prefería el silencio de los muertos a la incomodidad de los reclamos democráticos. Aquella generación no sólo denunció la falta de libertades, sino que abrió un horizonte de demandas que, aunque reprimidas a sangre y fuego, germinarían lentamente en las décadas posteriores.
La llamada “noche oscura del prianismo” prolongó la herencia autoritaria con otros métodos. Durante décadas, el sistema priista administró cambios con la lógica de la simulación, incorporando demandas sociales sin alterar la concentración del poder presidencial. Cuando el desgaste del PRI abrió paso a la alternancia en el año 2000, la ilusión de un cambio real se sepultó bajo un pacto tácito entre priistas y panistas. Esa dupla, pronto rebautizada como el PRIAN, encarnó la continuidad neoliberal: privatizaciones, desigualdad creciente y la corrosión de la confianza ciudadana. La transición democrática quedó, en muchos sentidos, inconclusa.
En esa larga travesía, la participación de las mujeres fue decisiva, aunque durante décadas se invisibilizó. Hoy sabemos que sin ellas el movimiento estudiantil no habría tenido la fuerza que tuvo. Estuvieron en las brigadas, en los mítines, en las asambleas, en la propaganda y en los cuidados que sostuvieron la movilización. Entre las más recordadas figuran Alcira Soust Scaffo, poeta uruguaya que convirtió la palabra en arma de resistencia; Marcia Gutiérrez, brigadista y representante de la UNAM en el Consejo Nacional de Huelga (CNH), luego cofundadora del sindicato de la UAM; Eugenia Espinosa, que defendió la igualdad de género dentro del movimiento; Nacha Rodríguez, que impulsó la participación de las mujeres más allá de los roles domésticos; o Bertha Isabel Arévalo Rivas y Leonor Rodríguez, encargadas de propaganda clandestina, crearla, mecanografiarla y distribuirla. También debe recordarse a Ifigenia Martínez Navarrete, pionera en la economía crítica y figura moral del movimiento, y a Roberta “La Tita” Avendaño Martínez, estudiante de Derecho, conocida por su liderazgo férreo.
A ellas se suman decenas de estudiantes, secretarias, obreras y maestras que desafiaron el miedo y aportaron creatividad, organización y entrega. Su participación sembró semillas para el feminismo mexicano: de aquellas aulas tomadas y panfletos escritos en mimeógrafo se fue gestando una conciencia política que décadas después lograría avances en derechos reproductivos, paridad política y una agenda feminista en el centro del debate nacional.
La herencia del 68, sin embargo, no se reduce a la tragedia ni al recuerdo de los caídos. Se proyecta en el anhelo de construir un país distinto. Los jóvenes de entonces soñaban con un México justo, igualitario y próspero, donde la educación fuera motor de movilidad, donde la riqueza nacional se distribuyera con equidad, donde la política dejara de ser sinónimo de corrupción para convertirse en servicio público. Ese horizonte fue traicionado muchas veces: con la represión de los setenta, con la crisis de los ochenta, con la embestida neoliberal de los noventa y con la violencia del nuevo siglo. Pero también fue alimentado por la resistencia: por luchas sindicales, movimientos indígenas, colectivos feministas y organizaciones civiles que, como en 1985, demostraron que la sociedad podía salvarse a sí misma.
Hoy, más de medio siglo después, México redibuja ese horizonte. El fin de la hegemonía priista-panista abrió la discusión sobre el tipo de Estado y sociedad que queremos. El debate ya no es si hay democracia, sino qué calidad tiene y cómo sirve para combatir la desigualdad y la corrupción. Políticas de bienestar, expansión de derechos sociales, paridad de género y reconocimiento a los pueblos originarios apuntan a una agenda que dialoga directamente con las demandas del 68.
El camino, sin embargo, está lejos de completarse. Los rezagos en salud y educación muestran que el sueño de 1968 sigue inconcluso. Pero algo fundamental ha cambiado: hoy la ciudadanía ya no se conforma con mirar desde la orilla; exige, participa, ocupa espacios, denuncia y propone. Aquella generación abrió una grieta en el muro del autoritarismo; las siguientes, con sus luchas, han ensanchado esa grieta hasta convertirla en camino.
En esa trayectoria, el reto central sigue siendo el mismo que se gritaba en las plazas hace más de medio siglo: democracia real, justicia social, igualdad sustantiva. México, al recordar el 68, no sólo rememora la herida, también reafirma la convicción de que otro país es posible. El sueño estudiantil no murió: se transformó en tarea colectiva.
Pero como en aquella película de Fellini de principios de los ochenta: “Y la Nave, Va”.




