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Cuba: asfixia y dignidad

Lo que ocurre hoy en Cuba no puede describirse como una simple crisis de abastecimiento. Es una política de asfixia. El endurecimiento del cerco estadounidense sobre los suministros energéticos de la isla ha llevado la escasez de combustible a un punto crítico: apagones prolongados, transporte semiparalizado, deterioro de servicios básicos y una vida cotidiana sometida otra vez a la lógica de la urgencia.

Reuters reportó en febrero que México detuvo temporalmente sus envíos de petróleo a Cuba para evitar represalias de Washington, mientras AP informó esta semana que la isla se prepara para recibir su primer cargamento ruso del año, de 730 mil barriles, tras tres meses sin importaciones relevantes de crudo.

El dato es revelador. Si Cuba necesita que llegue un barco ruso para aliviar apenas unos días de consumo, entonces el problema no es comercial sino geopolítico. No se trata de que el mercado ajuste una carencia, sino de que una potencia intente estrangular a un país por la vía energética. La propia información disponible indica que el cargamento ruso podría traducirse en combustible suficiente para alrededor de nueve o diez días. Eso no resuelve nada de fondo; apenas evita, por un momento, el colapso total.

La energía como herramienta de presión

Pero el tema no se agota en el petróleo. La escasez energética en Cuba arrastra consigo una cadena de afectaciones: interrupciones eléctricas que golpean hogares, hospitales, transporte, abasto de agua y pequeñas actividades económicas. Cuando falta combustible en una isla bloqueada, no falta sólo un insumo técnico: se altera la posibilidad misma de sostener la vida cotidiana con un mínimo de normalidad.

Por eso el discurso que reduce todo a un problema de eficiencia interna omite deliberadamente el peso del cerco. Se puede discutir la gestión cubana, pero no se puede borrar el hecho central de que existe una política persistente de castigo económico diseñada para volver inviable la vida nacional.

El papel de México en medio de la presión

En ese cuadro, la posición de México merece leerse con cuidado. El gobierno de Claudia Sheinbaum detuvo los envíos de petróleo para no escalar el conflicto con Estados Unidos, pero al mismo tiempo mantuvo una línea de solidaridad política y humanitaria con la isla. Reuters informó sobre la salida desde México de ayuda con alimentos, medicinas y artículos básicos, mientras la presidenta reiteró su rechazo al bloqueo y defendió el derecho de Cuba a la autodeterminación.

No es un gesto menor. En una coyuntura de presión extrema, ayudar sin romper del todo el equilibrio diplomático exige cálculo, pero también convicción.

Rusia y la dimensión geopolítica

Rusia, por su parte, entra de nuevo como respaldo material y símbolo político. Ya había anunciado que mantendría el suministro a Cuba, y ahora ese compromiso toma forma concreta en medio de una crisis que no es solo cubana: también pone a prueba hasta dónde puede llegar Estados Unidos en su intento de castigar a cualquier país que no se pliegue a su disciplina hemisférica.

Cuando un barco con petróleo se vuelve noticia mundial, lo que está en disputa no es únicamente la energía, sino la soberanía.

Resistencia y solidaridad internacional

Cuba, una vez más, está siendo empujada al límite para forzar una rendición política. Pero también una vez más aparece algo que Washington nunca ha logrado destruir del todo: la red internacional de solidaridad, la persistencia de aliados dispuestos a aliviar el cerco y la capacidad de resistencia de una isla que lleva décadas sobreviviendo bajo castigo.

El bloqueo no es una anomalía diplomática: es una forma de guerra. Y cuando México ayuda y Rusia abastece, lo que hacen no es un gesto retórico, sino impedir que esa guerra se consuma como hambre, oscuridad y parálisis absoluta.

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