Por Diego Lima
En el capítulo XIII, de la primera parte de El Quijote, el caballero andante y su fiel Sancho se encuentran en compañía de un grupo de cabreros, cuando un aldeano nos relata la historia de Grisóstomo, quien será enterrado al amanecer, pues se ha quitado la vida –dice– por la crueldad de Marcela. Explica que el infortunado hidalgo había vuelto a la región tras terminar sus estudios en Salamanca, cuando quedó prendado de la sobrina de un adinerado terrateniente. Marcela, a pesar de su hermosura –o precisamente, debido a ésta–, había tomado la decisión de disfrazarse de campesina para vivir soltera. Grisóstomo también decidió cambiar los hábitos universitarios por prendas rústicas para cortejarla, pero luego de reiteradas negativas, rechazos e “ingratas desesperanzas” por parte de la mujer, puso fin a su existencia.
En el entierro, los asistentes mantienen el común acuerdo de la “culpabilidad homicida de Marcela”, e incluso, rescatan los versos del difunto, con los que planean dar cuenta a la posteridad de sus desgracias, si no es porque ella misma aparece para defenderse con sus razonamientos: “no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama”.
Nos separan 400 años del relato de Grisóstomo y Marcela, pero la virtud femenina –que no feminista– de Miguel de Cervantes nos demuestra por qué sigue siendo un contemporáneo nuestro. Marcela termina por exhibir públicamente el asedio de Grisóstomo, y como prueba bien pudo mostrar los mensajes que el enloquecido enamorado dejaba grabados en las cortezas de los árboles, sin embargo, en la novela queda claro que la mayor garantía de veracidad es su palabra.
Esto que en El Quijote se plantea como una hermosa anomalía, en pleno 2026 se ha convertido en una norma para justicia de miles de mujeres víctimas de la violencia de género: madres golpeadas por sus maridos, jóvenes violentadas por sus parejas, muchachas temerosas de hermanos celosos, trabajadoras hostigadas o acosadas sexualmente, niñas violadas por familiares, alumnas intimidadas por maestros mirones, sin olvidar a todas aquellas que terminan como cifra de feminicidio por el simple hecho de salir a la calle sin compañía masculina.
Sin duda, la violencia es hoy una realidad como lo fue en tiempos de Cervantes, pero uno supondría que el principal beneficio de la implantación de las teorías feministas sería evitar esa sórdida inequidad que suele perpetrar el patriarcado. El libro más reciente de Juan Soto Ivars plantea una crítica severa sobre los cimientos progresistas que, en España, luchan por alcanzar esta meta bajo el absurdo presupuesto de reducir a una distinción sexista la altura inmoral de cada uno de los individuos: si los hombres son malos por ser hombres, entonces las mujeres son víctimas por ser mujeres [sic].
Podría alegarse que esto, además de determinista, es injusto, pero la respuesta que aún podemos ver en las protestas por la presentación de su libro suele ser que la cura de la enfermedad bien vale algunas fallas.
Esto no existe es un polémico ensayo en el que Soto Ivars cuestiona los efectos sociales, jurídicos y culturales de la legislación y del discurso institucional sobre la violencia de género en España, especialmente, a partir de la entrada en vigor de la Ley Orgánica 1/2004, mejor conocida como Ley VioGen. Aunque la ley nació con una intención legítima de proteger a mujeres maltratadas, el autor sostiene que ha tenido consecuencias graves e invisibilizadas que perjudican a hombres inocentes, a sus familias, y sobre todo a las verdaderas víctimas de la violencia de género, que continúan rezagadas en las largas filas de los juzgados.
La investigación se apoya en testimonios, entrevistas con jueces, defensores legales, así como en el análisis del discurso político que, permeado profundamente por ideologías de la nueva izquierda, ha optado por contravenir la presunción de inocencia por parte de los hombres acusados, en favor de una respuesta rápida, efectiva, pero ante todo incuestionable. Soto Ivars exhibe el uso de denuncias falsas o malintencionadas, especialmente en contextos de divorcio o custodia, y deplora que estas realidades sean negadas o minimizadas por las autoridades, los medios de comunicación e incluso el feminismo institucional, que las tacha de “negacionismo”.
Según plantea el autor, esta postura ha derivado en una suerte de misandria, visible tanto en discursos sociales como en políticas públicas que, a más de una década de la entrada en vigor de la Ley VioGen, no ha dado los resultados prometidos.
Se me podría refutar con razón que esta situación, que atañe a España, no es igual en México, donde, por un lado, el machismo se ha perpetrado como un modelo de conducta a través de distintas generaciones, no en la imagen de El Quijote sino en la de Pedro Páramo, denunciado por los fantasmas de sus mujeres; mientras que la concientización de la problemática en el seno familiar, salones de clase o espacios de trabajo, parece haber dado resultados cada vez más efectivos, sin que por ello, aclaro, bajen las cifras de feminicidio.
Pero es, precisamente, por lo que la lectura de este libro tiene relevancia en nuestros días. Huelga decir que Soto Ivars no niega la existencia de la violencia contra las mujeres ni mucho menos su gravedad, pero sostiene que callar estos problemas no protege sino que impide mejorar las leyes y ampliar la protección a todas las víctimas reales.
En conjunto, Esto no existe es un tratado contra el dogmatismo, la censura y la simplificación ideológica, y por lo tanto, una defensa del debate público, la verdad y la igualdad ante la ley, incluso cuando estas posturas resultan incómodas.
*Juan Soto Ivars, Esto no existe: las denuncias falsas en violencia de género, Madrid, Debate, 2025, 448 pp.




