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Cuando el crimen ocupa el lugar del Estado 

En Veracruz y otros estados golpeados por las lluvias, la tragedia dejó al descubierto una verdad incómoda: el crimen organizado no sólo trafica con drogas, sino con necesidades. Repartir despensas se ha convertido en una forma de poder, en un acto de dominio social que expone los vacíos del Estado y las grietas morales de una sociedad abandonada.  

La escena es casi siempre la misma: calles anegadas, viviendas destruidas, familias atrapadas entre el lodo y la desesperación. Y entonces, antes que el Ejército, antes que Protección Civil, aparecen camionetas sin logotipos, cargadas de cajas con alimentos básicos. No las envía el gobierno. Las distribuye el cártel. Lo hacen con una eficacia que inquieta: sin burocracia, sin trámites, sin discursos. Llevan ayuda, pero también un mensaje: “Nosotros sí estamos cuando más nos necesitas.”  

Este fenómeno, documentado recientemente en municipios del norte de Veracruz —Tihuatlán, Poza Rica, Álamo—, no es nuevo, pero sí cada vez más sistemático. Los grupos criminales, en contextos de desastre, actúan como si fueran organismos de protección civil paralelos. Su estrategia es clara: sustituir al Estado en el territorio emocional de la población. La despensa es solo el envoltorio visible de un pacto de silencio que se renueva con cada tormenta.  

En comunidades donde la autoridad llega tarde o no llega, la gratitud se convierte en deuda. Los beneficiarios no se vuelven delincuentes, pero tampoco delatores. Aprenden a callar, a mirar hacia otro lado, a “agradecer”. A corto plazo, el crimen gana legitimidad; a largo, construye una red de lealtades invisibles que le permite operar sin resistencia social. Lo que empieza como filantropía termina como control territorial.  

La implicación más grave no es solo que el Estado pierda autoridad, sino que pierde sentido moral. Si quienes destruyen comunidades por la violencia son los mismos que las “salvan” en la emergencia, la frontera entre bien y mal se diluye. La población ya no distingue entre el servidor público y el sicario con pasamontañas; entre el convoy militar y la camioneta del cártel. Ambos se presentan como poder, pero solo uno ofrece resultados inmediatos.  

Desde el punto de vista de seguridad pública, esta dinámica es devastadora. Cada despensa entregada por el crimen erosiona el monopolio de la fuerza legítima del Estado. Lo que debería ser un acto humanitario se convierte en una estrategia de control social encubierta. Y mientras el gobierno intenta recomponer caminos o reconstruir viviendas, el crimen reconstruye su imagen.  

En Veracruz, donde la geografía facilita tanto la tragedia natural como el negocio ilícito, el fenómeno tiene un doble filo: la naturaleza destruye lo material y el crimen ocupa lo simbólico. Allí donde el agua arrasa, el Estado debería reafirmar su presencia con eficiencia, empatía y justicia. Pero si lo hace con lentitud o desdén, abre un espacio que los cárteles llenan con una mezcla de caridad y amenaza.  

La lección es evidente: un Estado ausente en la emergencia es un Estado que abdica de su legitimidad. No basta con enviar ayuda días después o con discursos de solidaridad. La protección civil debe ser una prioridad de seguridad nacional. Las redes comunitarias de respuesta deben fortalecerse para impedir que el crimen las suplante. Y la ciudadanía necesita saber que su bienestar no depende de la clemencia de quienes trafican con la muerte.  

Porque detrás de cada caja de arroz o litro de aceite hay un cálculo: cada familia agradecida es una familia que no denuncia, un voto de silencio en la asamblea invisible del miedo.  

El crimen organizado no da, invierte. Invierte en la miseria, en el abandono, en la desesperación. Y mientras el Estado no invierta en dignidad, seguirá perdiendo la batalla más profunda: la de la confianza.  

En suma, cuando el crimen organizado reparte despensas en desastres, no ayuda: conquista. Sustituye al Estado, compra silencio y siembra miedo con apariencia de bondad. Cada despensa es una bala envuelta en papel de caridad.

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