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Conversos del mercado 


En 1989 no sólo se vino abajo un muro de concreto en Berlín; también se derrumbaron convicciones, bibliotecas enteras y una parte del andamiaje moral de la izquierda intelectual. A partir de ahí, como si hubieran escuchado el silbatazo final de la historia, una camada de pensadores latinoamericanos decidió colgar los retratos de Marx y Lenin para reemplazarlos con los de Adam Smith y, más pronto que tarde, con Milton Friedman. El proceso no fue casual: fue una auténtica reconversión religiosa. El socialismo se volvió pecado juvenil, y el neoliberalismo, sacramento de adultez. 

En México, la lista de conversos es pródiga y pintoresca. A la cabeza, Jorge Castañeda Gutman, quien pasó de colgar el póster del Che –vivió en Cuba en su juventud, cuando su padre era diplomático. Ahí estudió y se empapó del ambiente revolucionario, cercano al socialismo y al guevarismo. Con el tiempo se distanció y terminó como crítico del castrismo y defensor del liberalismo– en la pared, a posar sonriente junto a Condoleezza Rice. De agitador universitario a canciller de Vicente Fox, Castañeda encarna la parábola perfecta: de predicar la revolución tercermundista a defender el TLCAN como evangelio de prosperidad. 

A su lado Héctor Aguilar Camín, que de conspirar en Nexos con un tono medio rebelde, terminó convertido en escribano oficioso del salinismo. En sus páginas, la crítica social fue sustituida por el canto a la “modernización”, esa palabra mágica que justificaba desde privatizaciones hasta desigualdades crecientes. Enrique Krauze, aunque nunca marxista, era al menos un joven irreverente. Con los años, se erigió en guardián de la ortodoxia neoliberal y profeta de la democracia liberal entendida como sinónimo de mercado. En sus ensayos, el capitalismo dejó de ser sistema económico para convertirse en destino manifiesto. Jesús Silva-Herzog Márquez completó la cuadrilla. Criado en un ambiente de reflexión crítica, acabó convertido en predicador del realismo neoliberal: columnas dominicales en las que sermoneaba sobre la virtud del déficit controlado y la disciplina fiscal, como cura secular que repite letanías contables. Y, en un péndulo más accidentado, Adolfo Aguilar Zínser: militante de izquierda que se integró a la maquinaria de la “modernización”, luego crítico del mismo sistema que ayudó a impulsar. Su biografía parece manual de funambulismo ideológico. La mutación no fue exclusiva de México. En Perú, Mario Vargas Llosa pasó de gritar ¡Viva la Revolución Cubana! en los sesenta a convertirse en candidato presidencial neoliberal en 1990. A él se debe una de las frases más caras al dogma del mercado: “el error de la izquierda es no entender que la libertad es inseparable del mercado”. 

En Brasil, el caso de Fernando Henrique Cardoso es ejemplar: sociólogo de la dependencia que escribía contra el imperialismo, para terminar como presidente privatizador y alumno aplicado del Fondo Monetario Internacional. La teoría servía para las aulas; el ajuste, para los palacios presidenciales. 

Más al norte, Joaquín Villalobos, excomandante guerrillero salvadoreño, se recicló en consultor de seguridad para gobiernos neoliberales. Pasó de los fusiles a las asesorías pagadas en dólares: un salto mortal que justificó con la palabra mágica de la posguerra: pragmatismo.  El denominador común fue la sustitución de vocabulario. Donde antes se decía clase, ahora se decía mercado. Donde se hablaba de imperialismo, apareció la globalización. La revolución se rebautizó como transición democrática. Y la militancia, que en los setenta pasaba por sindicatos y partidos de izquierda, en los noventa se ejercía en think tanks, fundaciones, organismos internacionales y columnas de opinión bien remuneradas. La mutación fue tan abrupta que algunos parecían tener doble militancia: en la memoria estudiantil seguían siendo rojos, pero en los consejos editoriales y despachos gubernamentales ya cobraban en dólares como evangelistas del libre comercio. 

Lo que unió a esta generación fue el púlpito mediático. Periódicos, televisiones y revistas los adoptaron como oráculos del “fin de la historia” anunciado por Francis Fukuyama. Se convirtieron en intérpretes de la globalización para audiencias que, entre incrédulas y resignadas, aceptaban que ya no había alternativa. El mercado era la nueva patria; la democracia, apenas un trámite administrativo para que nadie discutiera demasiado. Y no sólo se trataba de adaptación. Fue una carrera por ocupar espacios: cátedras en universidades estadounidenses, consultorías en organismos multilaterales, embajadas, ministerios. El mundo post-Muro exigía expertos que justificaran el ajuste estructural con acento progresista, y ellos se ofrecieron encantados. Lo vendieron como evolución intelectual, pero en realidad fue una conversión súbita, casi mística. De rojos a neoliberales con la misma fe ciega, sólo que ahora rezándole al FMI en vez de a Marx. El Muro de Berlín cayó sobre Europa, pero en América Latina cayó sobre la izquierda intelectual, aplastándola hasta dejarla irreconocible. 

Al final, no dejaron de ser creyentes: simplemente cambiaron de templo y de dios. Y, como todo buen converso, se volvieron más papistas que el Papa: predicadores fervorosos del mercado, convencidos de que la historia les dio la razón porque el saldo en la cuenta bancaria así lo confirmaba. En suma, de marxistas de café a predicadores del libre mercado: la conversión súbita de una generación tras la caída del Muro de Berlín. El Che en la pared fue reemplazado por Friedman en la carpeta ejecutiva. Más que evolución intelectual, fue una mudanza de fe: del marxismo al FMI.

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