martes, enero 25, 2022
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El in-diálogo en el vacío

Estos tiempos irresolutos, de una intensa pragmática en la política, situación grave más cuando la política es el debate de las ideas, tiempos con escasos nuevos conceptos, e inútiles reordenamientos permanentes del lugar común epistémico con que hemos venido configurando y organizando la vida en sociedad, con tan sólo teniendo como virtud “jugar con las mismas cartas”, y sólo volviendo a reacomodarlas para refrescar la memoria y desaturdir los sentidos de la vanagloria racionalista y la estupidez con que insistimos en describir la naturaleza humana, pese a no tener nada nuevo que nos sorprenda, y mucho menos nuevas letras que pongamos en experiencia vital para recuperarnos de la decadencia civilizatoria de los tiempos posmodernos.

El tránsito de “lo viejo” a “lo nuevo” se experimenta con una metodología cuantitativa, no hay lugar para la idea que se imponga por su propia evidencia y con el peso de su conector necesario, y mucha menos alguna intuición evidente. El lugar común, soso y aburrido, peligroso y fatal, predecible sus consecuencias sobre el futuro que nos espera, se mantiene intacto y desafiante.

El debate sobre las mejores formas de administrar el poder público sólo contemplan reproches y señalamientos viscerales, y al fin de cuenta, el número mayor se impone sobre el sentido común y el argumento verdadero. Encontrar “lo diferente” es un acto de malabarismo y experiencia esotérica.

Volver al debate con el mismo marco simbólico y conceptual es espurio y aburrido, nadie cree en lo real de la letra y el peso de la palabra, tan sólo se aprenden sermones conceptuales con que ocultar la misma forma y el mismo fondo, y la misma incompetencia para construir mejores sociedades.

El reproche no es que no nos demos cuenta que caminamos en círculo, que el tiempo no es cíclico ni lineal, y que tan sólo es una categoría de forma, pues el contenido es nuestra experiencia sensible y el desarrollo de nuestra imaginación y la construcción de nuevas ficciones.

Sin necesidad de erudición ni intelectualidad sabemos cómo termina la obra tragicómica humana, subsumida entre una estructura y una superestructura. Entre el poder y lo imaginario. Entre el deseo y la conciencia.

Pensaríamos que la democracia debería ir acompañada de la ética, es decir, la apercepción que el proceso cognitivo y racional se dirige hacia el bien y hacia estadio espirituales que pueden instrumentar condiciones para una vida mejor en sociedad.

Hemos insistido que los conceptos ilustrados son reales e incluso el estado más civilizado del hombre moderno y posmoderno, las tachaduras de la posmodernidad no han colapsado el marco simbólico con que sostenemos nuestra idea de mundo y sociedad. Y aferrados a ese marco simbólico ilustrado insistimos una y otra vez que vivimos el mejor de los mundos posibles.

Lo real desquebraja, pero no anula ese marco simbólico ilustrado, por la sencilla razón que es el único que tenemos, y que aún los íconos del nihilismo se cobijan de vez en cuando con ese marco simbólico ilustrado.

Un poseído por “la palabra/cosa”, exaltado me escribe (grita), “eres irreverente con nuestras instituciones”, transmitiendo un vocablo concreto e impenetrable, como un bunker que por sí mismo protege de las bombas atómicas, “instituciones”. El silencio se abrió camino ante toda posible sonoridad que pudiera interrumpir la omnipotencia de la palabra/cosa, que es lanzada con tal energía que es imposible poner en duda su sustancialidad.

De tal suerte hemos creído en nuestros mitos, y hecho real nuestro imaginario, que nos cuesta trabajo distinguir entre apariencia y realidad, y constantemente intercambiamos su significado y ontología, realidad por apariencia, apariencia por realidad, verdad por mentira, mentira por verdad; perdiéndonos en una infinitud de significados que no significan.

La ilusión es mayor cuando enganchados con esos imaginarios, estacionamos la consciencia crítica y actuamos dogmáticamente, creemos que poseemos cotos de verdad, y raudos los lanzamos como misiles para destruir a nuestros adversarios.

Pensamos que el mito es capaz de imponerse por sí solo, y que alumbrado por lo evidente podemos captarlo inmediatamente, pero no ha sido así, lucimos ahora más que nunca estúpidos e delebles, temerosos y vacíos.

Qué somos y qué creímos ser:

El saber del hombre implica siempre una contradicción, una búsqueda frustrada de un lugar irreconocible y mortal que se impone a la gaya esperanza que nos sitúa iluminados y cognoscibles, por lo que es y será una eterna búsqueda y lucha entre lo que se espera que se sea y lo que no se es, una contradicción mortal, los tiempos testigos ciegos y sordos, la razón ausente, y los sentidos torpes tratando de comprender desde el deseo, tiempos actuales que dejan ver la plenitud de las contradicciones de la connivencia, la convivencia entre la oscuridad y la luz, entre el yo invalido y el río subterráneo que desborda sus aguas negras hacia la superficie, la piel es el receptáculo inocente del contagio de la enfermedad yoica.

El saber sobre la naturaleza humana siempre hemos creído que estamos en su posesión, y que la condición racional y comunitaria son sus características esenciales con que debemos describirla y definirla. Aunque la historia del hombre sea la historia de sus luchas, de sus tensiones tanto internas como externas, que han dejado a lo largo de nuestra existencia más penas que glorias, más muertes por las propias manos humanas que por la naturaleza (physis).

Una historia de exabruptos y desosiegos, de tragedia y comic, dejándonos casi siempre “una sonrisilla como especie de mueca”, y en la orfandad desnaturalizada, en un imposible volver por el mismo camino sin la posibilidad de que se sostenga nada de eso que nos hacía sentirnos orgullosos y exclusivos; matar por placer, amar anulando al otro en esa búsqueda estructural de completud fundante, la triste historia de una ser que sólo encuentra la felicidad y la completud con la muerte.

Cómo vamos a saber de nosotros si nunca nos hemos buscado, nacimos sin marca y la marca que se nos impone la cargamos sin pena ni gloria, siempre con un malestar porque esa marca significa el displacer, la renuncia temprana de la gloria, nuestro cuerpo, y después darnos migajas a través de renuncias y más renuncias, alejándonos cada día del lugar sin tachaduras, a través de una gramática que dicta lo que es bueno y malo, incluso con la pretensión que siempre fracasa de sustituir al deseo a través de la letra, el concepto, los significantes.

La pregunta:

Qué es el ser humano, podríamos muy bien responderla diciendo que es “un ser prejuicioso”, y que en cierta forma, el prejuicio” es una de sus características principales, esto implicaría que posee una gran imaginación, e incluso podríamos pensar-imaginar que ha vivido dentro de esa imaginación, y ha hecho realidad esa imaginación construyendo comportamientos y formas de vida humana que tiene que ver con esos prejuicios, y que por mucho que hemos tratado de separar los prejuicios de la razón o del juicio, diciendo que estos son parte de una especie de superficie, que no es importante para el ser humano, vemos que esto no es así, que al final de cuentas es la parte central de su vida cotidiana, incluso de su vida intelectual.

El origen:

El miedo a la muerte provocó una gran producción imaginativa en el hombre, y de ahí devino el concepto, los pensamientos racionales, las leyes y los axiomas. Pero no queda duda que esos axiomas en los asuntos humanos son otros tantos prejuicios, y como bien lo señala Hume, la conexión necesaria que permite que toda “p” anteceda a “q”, que si ocurre “p” entonces ocurre “q”, es construido a partir de esa consetudinariedad (costumbre), de esos prejuicios; y que su condición no puede reducirse unilateralmente, con la vanagloria de ser racionales, comunitarios, dejamos muchas “partes” perdidas del hombre en “el todo”, la visión univoca universal ha constituido en nuestra desgracia, nos transportamos al topus uranus para desde ahí perder la vistas de nuestras parte, de nuestras sombras, pensando que la luz era la verdad, y pensamos que “el todo” era un sistema universal e infinito que podría legitimar sus representaciones. Cuidado con ese miedo a la muerte, puede ser que nos condene al sufrimiento y al engaño otros dos mil años más.

El refugio colapsado:

Creo que si aceptamos lo que Freud dice sobre la religión, que es una neurosis publica, podemos decir, que nos hemos enfermado de religión desde el inicio de nuestras existencia como comunidad, y por ende, hemos construido un gran mundo imaginario, y hemos permanentemente luchando infructuosamente contra esa enfermedad, así hemos visto como las sociedades han tratado de separar lo secular de lo mundano, lo divino de lo terrenal, ha sido así como hemos pensando que esa separación nos permitiría “cierta adultez” en el ser humano, lo que no es así; ósea esa adultez no tiene nada que ver con desprendernos de esos mitos constitutivos, sino incorporando el juicio como una condición estructural de nuestra naturaleza y lo imaginario como una condición humana dentro de lo real y racional, parafraseando a Hegel, lo real es racional y lo racional es real, lo imaginario es racional y lo racional es imaginario.

Nuestra condición imaginaria:

Sino concibes al ser humano como lo que es, en su condición imaginaria y racional, y simplemente hablas de un sesgo “propio” de él, obviamente que estás errando, estás limitando una naturaleza que se te muestra más allá de esa racionalidad, por eso he dicho que la historia de hombre es la historia de sus guerras, de sus prejuicios, de sus pulsiones; y que no es la historia que hemos tratado de sostener “a capa y espada”, la del hombre civilizado, el hombre de la razón, el hombre comunitario, el hombre que ama, si no es el hombre lleno de una serie de ataduras, que en ocasiones esas ataduras se convierten en grandes mitos, como por ejemplo, “el estado”, “la razón”, “Dios”, que hemos venido sustituyéndolos en un relevo frustrante, “dios ha muerto”, “el hombre de la razón ha muerto”, y ahora parece que nos acercarnos a la muerte del hombre en sentido totalmente literal.

“El estado”, “la razón”, “Dios”, “dios”, “la democracia”, “la igualdad”, etc., que hemos venido sustituyéndolos unos por otros, y un día creemos más en uno que en otro, y otro día, en “otro” que en “uno”, incluso hemos hecho que Dios muriera, ¡Dios ha muerto!, la razón vino a sustituir a Dios, el hombre es ahora el emergente, y resulta que también esa sustitución resulto un fracaso, “la razón del hombre ha muerto”, porque el hombre sigue actuando a expensa de sus prejuicios, pero también, y lo he señalado una y otra vez, esto es estructural, es decir, el problema no era de que era una visión corta o simplista, el problema es que esos conocedores de las naturalezas humanas, o los grandes percusores de esa visión del hombre antropocéntrica no se dieron cuenta que construyeron una parte de nuestra estructura psicológica, y obviaron que el hombre es construido a partir de ese “no saber”, y que ese “no saber” se va llenado de muchas cosas, fundamentalmente de fantasía, de temores, de miedo, y de mucha imaginación.

El hombre que ahora emergente con toda legitimidad es el hombre de la nada, y esa nada es su esencia y presencia, es su vida y su sentido, es su historia y su cruz, aunque resulta que también esos sustitutos son un fracaso en el hombre, el hombre sigue tratando a expensa de sus prejuicios, pero también lo he señalado una y otra vez, esto es estructural, es decir, el problema no era de que era una visión corta o simplista, el problema es que los conocedores de las naturalezas humanas o los grandes percusores de esa visión del hombre no se dieron cuenta que estructuraron al hombre a partir de ese “no saber”, y que ese “no saber” se va llenado de muchas cosas fundamentales, de fantasía, de temores, de miedo y de mucha imaginación.

Continuará…