Para mí es muy satisfactorio haber contribuido en la publicación del libro de Dorin Tudoran, Sobre el hombro de la muerte, que ha traducido y prologado Clara Janés. Esta es la segunda vez que mi amistad con ella y Agustín del Moral, director editorial de la Universidad Veracruzana, hacen posible que la poeta catalana figure en el catálogo de nuestra casa editorial; antes apareció Libertad de laberinto. Las geometrías mentales de Rosa Chacel, en el género de entrevista y biografía, que otras veces también ha realizado Clara, como con Federico Mompou el gran compositor catalán.
Clara Janés es mencionada desde hace ya varios años como candidata para recibir el Premio Cervantes, el más prestigioso de la literatura en español… y cada vez cuando estamos a unos días de que se anuncie, en mi constante conversación con ella, le manifiesto mi entusiasmo y mi augurio de que será la elegida… y Clara con cierto fastidio burlón me dice: Ni pienso en eso, ni pienso en eso… Sin embargo, sostengo que Clara Janés es la escritora viva más trascendente de la literatura en español y fruto del linaje de los poetas sacrales de la mística castellana: santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz.
Ahora encuentro la oportunidad de expresar mi agradecimiento a Clara Janés, cuando en 2014 organizó la presentación de mi corto para la televisión, Santa Teresa de Jesús, nada más y nada menos que con las monjas de clausura del convento de la Encarnación de las carmelitas descalzas de Ávila, en el auditorio de la Universidad de la Mística en esa hermosa ciudad amurallada.
Fue una experiencia única entrar en contacto con esa tradición que se conserva tan viva en la organización eclesial católica, pero sobre todo por quien lo propuso y lo promovió, una creadora muy respetada, en una comunidad donde esplende la espiritualidad cristiana en una época tan aparentemente alejada de aquellos fervores que la escritura de estas dos personalidades, santa Teresa y san Juan, han hecho perdurar y son ecos de aquellas campanas palabrales que iluminaron el Siglo de Oro.
Estoy seguro que pronto se reconocerá con ese galardón del Cervantes a Clara Janés aunque es preciso señalar que tiene en contra la cultura funeraria de España, como lo ha señalado el gran pensador, recientemente fallecido, en 2121, Antonio Escohotado. Él, en una entrevista con Fernando Sánchez Dragó de Tele Madrid, dijo: “En este país las personas empiezan a valer cuando son fiambres”.
Viene a cuento esta lapidaria frase cuando vimos la ceremonia de premiación reciente, de Álvaro Pombo, en condiciones físicas realmente muy precarias, donde el rey y la reina antes de entregarle el galardón, prácticamente tuvieron que asistirlo.
Y vienen a mi memoria las palabras de Camilo José Cela, cuando en su año, muy viejo también, recibió el Cervantes: “Me lo debían haber dado a los dieciséis años”, exclamó.
Y déjenme contarles ahora lo que me dijo hace unos días Jorge Juanes, el filósofo que tiene ahora 85 años y que estuvo en la facultad de filosofía de la UV para presentar su libro sobre Nietszche. “Me comunicaron de Bellas Artes que en septiembre me harán un homenaje, eso quiere decir que ya me voy a morir”.
Y entonces me pregunto cuál es esa combinación de autoridades estatales y la academia (Estado sea monárquico o liberal) para decidir el premio… porque los méritos, por ejemplo, de Pombo, ¿no lo hacían merecedor de la presa unos cinco o diez años antes?… ¿Por qué no hacerlo disfrutar al artista de tan importante reconocimiento cuando está aún en plenas facultades? ¿O existe una determinación para ellos (los que deciden) entre virtud artística y longevidad? O, más bien, ¿entre fiereza del oficio y aguante físico?
Todo esto por supuesto no es interesante para Clara Janés, sino nada más para sus amigos. Ella vive al interior de la flama de la creación, como escritora pero sobre todo como lectora de autores en varios idiomas, no solo los más cercanos a ella, como el inglés y el francés, sino el checo al que ingresó en su admiración por el poeta Vladimir Holan, a quien ha dado a conocer en español; o ahora en rumano, en la poesía de Dorin Tudoran… y también a otros poetas, como Adonis o Forugh Farrojzad, de la cultura persa y turca.
Clara Janés es reconocida como un puente, una mediadora entre el mundo oriental y occidental, pues así como ella ha hecho posible la traducción y difusión al español de un prisma de poetas muy lejanos en la distancia (temporal y espacial) de nosotros, su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas.
Su reconocimiento universal, por ejemplo, lo vimos no hace mucho en el premio que en 2019 le otorgó el PEN Club de Hungría, en simultáneo a la traducción al húngaro de su poesía. Y en esa ocasión Clara Janés agradeció con estas palabras: “Debo confesar el estado de asombro y perplejidad que se apoderó de mí cuando me comunicaron que me había sido concedido el premio Janus Pannonius (nombre del poeta latino y primer bardo de Hungría del siglo XV). Este hecho se presentó para mí como un enigma. ¿Y qué puede acompañar mejor a la poesía que el enigma? La poesía se mueve siempre entre lo conocido, en su caso la palabra, y lo desconocido, aquello que quiere ser dicho pero todavía no se ha concretado en letra, ese “no sé qué” del que habla san Juan de la Cruz, “que quedan balbuciendo” flores y prados, árboles y ríos, montes y nubes, noche y estrellas…”
Encontramos en este párrafo una síntesis, una concentración —¿una estructura teórica?— de la concepción que tiene del arte la escritora catalana.
Y vean ustedes cómo viene a nosotros este verso del poeta que hoy presentamos, Doris Tudoran, a través de ella:
No sé cómo salir
No puedo encontrar el camino
El contorno desvaría
Demasiadas sombras para un solo hombre
Y este balbuceando
Una lengua del comienzo del mundo
He aquí este “balbuceo” del que habla san Juan de la Cruz y que Clara encuentra en Dorin Tudoran, un poeta sin duda de su misma estirpe evangélica —¿inútil como la oración de un ateo?—. Poeta enigmático y sumergido en una extraña teología negativa o red de sombras. ¡Qué jolgorio para la traductora de un flujo eslavo que suscribe su propia creencia! ¿Creencia?! ¿He dicho una palabra religiosa? Es que ambos coinciden, Tudoran y su traductora, en un “páramo cósmico”. La imagen del cielo está enlazada con la del desierto que habita en soledad el poeta y el mónaco.
En fin. Realmente estamos ante una joya de dos idiomas enlazados en la destreza lingüística de las traductoras, Dana Oprica y Clara Janés, pues el poeta rumano crea una especie de liturgia donde está la carne, el ángel, el umbral, la luz, la casa, la noche, la lluvia, el desierto, la nada, el cementerio, la lágrima, el alma, el árbol, la sangre, la cruz, el libro, el eco… y así, la vida que llora sobre el hombro de la muerte. Imágenes que fulguran en una conciencia e inconciencia, precisamente esa frontera a la que alude Clara, palabras que se mueven entre lo conocido y lo desconocido y que celebran la experiencia religiosa que es la experiencia de la muerte; más que la experiencia de la vida —la experiencia de la muerte en medio de la vida, como escribe el pensador Boris Groys.
Texto leído en la presentación en la FILU UV el 1 de junio.




