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Calderón, el adalid del fariseísmo

ECP

Felipe Calderón ha vuelto a la escena pública con sus acostumbradas homilías de superioridad moral. En entrevistas, columnas y sobre todo en su púlpito favorito —las redes sociales—, el expresidente espurio se da el lujo de criticar la seguridad pública, la política económica y energética, la relación con Estados Unidos, la independencia judicial y hasta la gestión de la pandemia de covid-19. Quien hundió al país en la espiral de violencia más sangrienta de la historia reciente hoy reparte consejos como si fuera el tío incómodo en una boda que, después de arruinar la fiesta, se sube a la tarima para regañar a los novios sobre cómo deben bailar. 

Porque hay que recordarlo sin anestesia: Calderón no llegó por aclamación popular ni por una victoria legítima. Llegó gracias a un fraude electoral tan evidente que requirió del oxígeno artificial de los medios, los organismos empresariales y la diplomacia estadounidense. Su sexenio comenzó con el pecado original de la ilegitimidad y terminó con el acta de defunción de la seguridad pública, firmada en sangre por más de 120 mil muertos, decenas de miles de desaparecidos y un país convertido en un cementerio. Su gran legado, la llamada “guerra contra el narcotráfico”, fue en realidad la declaración de guerra contra su propio pueblo. Sin diagnósticos serios, sin estrategias integrales, sin coordinación institucional, Calderón decidió sacar al Ejército a las calles como quien manda a los bomberos a apagar un incendio con gasolina. 

El resultado fue la multiplicación de los cárteles, la fragmentación criminal, la proliferación de fosas clandestinas y un baño de sangre que todavía tiñe las esquinas de México. Lo grotesco del asunto es que, en lugar de asumir su responsabilidad histórica, Calderón se permite el derecho de criticar a la actual administración por la inseguridad, como si los muertos hubieran aparecido por generación espontánea o como si la violencia fuera una moda iniciada en 2018. La memoria selectiva del expresidente es digna de estudio: habla de violencia como quien se queja del humo después de haber incendiado la casa. Y si hablamos de cinismo, habría que detenerse en la joya de su gabinete: Genaro García Luna, titular de Seguridad Pública, hoy preso en Estados Unidos por sus vínculos con el narcotráfico. Sí, el mismo que fue aplaudido en Washington como modelo de eficacia; el mismo que aparecía sonriente al lado de Calderón, ambos encarnando la dupla de hierro de la “guerra contra el narco”. 

En su momento, la DEA, el FBI y la Casa Blanca lo elogiaban con entusiasmo: México, decían, por fin tenía un gobierno que se tomaba en serio la seguridad. Nadie quiso ver lo obvio: que el “zar” de la seguridad era en realidad un empleado de los cárteles, que se enriquecía obscenamente mientras se repartían medallas en ceremonias solemnes. Y Calderón, el gran comandante, no supo nada, no vio nada, no escuchó nada. Un presidente tan obsesivo con las cifras y las reuniones de seguridad, pero tan distraído con el saqueo y las complicidades de su mano derecha. Hoy, mientras su exsecretario enfrenta cadena perpetua en una cárcel estadounidense, Calderón se atreve a hablar de “instituciones democráticas”, de “estado de derecho” y de “independencia judicial”. 

Resulta tragicómico: el hombre que gobernó con un gabinete infiltrado por el crimen organizado ahora posa de paladín institucional. La hipocresía no estaría completa sin repasar la relación con Estados Unidos. Durante su sexenio, Calderón se convirtió en el niño consentido de Washington, Obama y Bush lo elogiaban como ejemplo de estadista responsable, la prensa extranjera lo describía como el “reformista moderado” que se atrevía a enfrentar al crimen. Se multiplicaron las fotografías en la Casa Blanca, los abrazos en foros internacionales y los discursos sobre cooperación. No es detalle menor: esos elogios venían también de Barack Obama, el presidente que con su halo de democracia y progresismo encabezó la mayor cantidad de guerras e intervenciones militares de la era reciente: Libia, Siria, Afganistán, Irak y un rosario de operaciones encubiertas en África y Medio Oriente. Que ese hombre haya celebrado a Calderón y a su zar de la seguridad, hoy preso, dice más de la política imperial de Estados Unidos que de cualquier éxito real en México. 

La Iniciativa Mérida, ese caballo de Troya que ató la política de seguridad mexicana a los intereses geopolíticos de Washington, fue su obra maestra. Bajo ese esquema llegaron helicópteros, asesores y recursos que, lejos de pacificar, militarizaron aún más la vida pública y sometieron a México a los dictados de su vecino del norte. Y ahora, con una frescura digna de un comediante, Calderón critica a la 4T por “someterse” a Estados Unidos, como si él no hubiera sido el alumno modelo del intervencionismo yanqui. Calderón se empeña en trazar diferencias ideológicas con la 4T: que si la política energética, que si el trato con las instituciones, que si la relación con el Poder Judicial. Pero esas comillas alrededor de sus “diferendos” son la mejor metáfora: pura pose, pura retórica. 

En realidad, su enojo no proviene de la defensa de la democracia, sino de la pérdida de privilegios. Lo irrita que el poder haya cambiado de manos, que los proyectos energéticos prioricen la soberanía en lugar de las trasnacionales, que el Ejército no sea usado como guardia pretoriana del presidente, que la gente aún recuerde a su gobierno como la etapa más violenta en décadas. La hipocresía está en que habla de instituciones mientras carga con el estigma de haber gobernado con un fraude; que se dice preocupado por la seguridad mientras carga con los muertos de su sexenio; que exige respeto a la justicia mientras su colaborador más cercano purga una condena en Estados Unidos por delincuencia organizada. En cualquier democracia con un mínimo de decoro, Felipe Calderón estaría enfrentando un proceso penal. Sus decisiones de seguridad, su responsabilidad política en la estrategia fallida, sus vínculos con funcionarios corruptos, todo ameritaría rendición de cuentas. 

No es un asunto de venganza, sino de justicia: un país que busca reconciliarse con su pasado no puede darse el lujo de archivar la responsabilidad de un expresidente que convirtió a México en campo de batalla. Pero en lugar de sentarse en el banquillo, Calderón disfruta de conferencias, giras internacionales y foros donde posa de “estadista”. Su estrategia es clara: hablar mucho, desviar la atención, instalar la idea de que fue un incomprendido. El cinismo de Calderón no es sólo personal: es el retrato de una clase política que nunca rindió cuentas. 

El expresidente se asume crítico moral, cuando debería estar asumiendo su condición de acusado. Se dice demócrata, cuando llegó al poder bajo sospecha de fraude. Se dice defensor de la justicia, cuando su gabinete estaba corrompido hasta la médula. Su voz suena fuerte en los medios, pero cada palabra recuerda el espejo roto que dejó atrás: un país ensangrentado, instituciones desacreditadas y una sociedad marcada por la violencia. Si hoy critica al actual gobierno, no es por convicción, sino por resentimiento. La historia, sin embargo, tiene memoria más larga que sus tuits. Y en esa memoria, Felipe Calderón quedará inscrito no como el héroe que inventa, si no como el espurio que inauguró la guerra contra su propio pueblo.

*Es Cosa Pública


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