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Aristegui & Hernández: la industria del miedo que suplanta al periodismo

ECP*

La entrevista de Carmen Aristegui a Anabel Hernández sobre el asesinato de Carlos Manzo dejó al descubierto algo más grave que un crimen político: la existencia de una maquinaria mediática que vive de fabricar sospechas, amplificarlas y presentarlas como si fueran verdad. No estamos ante una conversación periodística: estamos ante un método. Un engranaje perfectamente ensamblado donde una inventa sombras y la otra las vuelve noticia.

Anabel Hernández ha construido un estilo que ya no puede llamarse periodismo sin violencia al lenguaje. Su herramienta principal no es la evidencia ni la verificación, sino la insinuación. Toma un hecho incompleto y lo rellena con sospechas; toma un vacío y lo ocupa con una narrativa personal; toma un crimen y lo convierte en un capítulo más de su saga de conspiraciones. No busca probar: busca sugerir. Sabe que en un país fatigado por la violencia, la simple posibilidad de un complot basta para encender a las audiencias. Su yoísmo es su escudo y su espada. Se presenta como la única que ve lo que nadie más ve, la perseguida por todos los gobiernos y la intérprete infalible de cualquier tragedia. 

Esa autoposición narcisista la exime de demostrar lo que afirma: toda duda se vuelve ataque, todo cuestionamiento persecución, toda exigencia de rigor una confirmación de su relato. En ese circuito cerrado, la verdad no importa: importa la fidelidad emocional de un público que necesita héroes y villanos más que hechos. Pero nada de esto tendría mayor impacto si no existiera quien lo amplifique. Y ahí aparece Carmen Aristegui, no como contrapeso crítico, sino como plataforma sin filtros. 

Aristegui le ofrece un escenario nacional porque necesita exactamente lo que Anabel produce: discursos alarmistas, sospechas de alto voltaje, narrativas que sostienen la idea de un país ingobernable y un gobierno incapaz o culpable de todo. No es rigor: es conveniencia. No es investigación: es combustible. Aristegui sabe que entrevistarla tiene un rendimiento asegurado. La audiencia que ella ha cultivado —una audiencia que vive en un estado permanente de desconfianza hacia la 4T— recibe a Anabel como una fuente de confirmación, no como una voz que deba rendir cuentas. La falta de evidencia no importa porque la entrevista no busca esclarecer nada: busca reforzar una emoción política. Aristegui, que debería ser garante del método, se limita a sostener la lámpara mientras Hernández dramatiza. 

El resultado es un producto tóxico: un relato de país en ruinas donde cada muerte es atribuida a un poder invisible, donde cada crimen es conspiración, donde la política es una telaraña de complots y donde el periodismo se convierte en un espectáculo de miedos. Esta maquinaria erosiona algo más profundo que la verdad: erosiona la posibilidad misma de confiar en la realidad. Si todo es sospecha, entonces nada puede comprobarse. Y si nada puede comprobarse, cualquier insinuación sirve como verdad provisional. 

El caso de Manzo es emblemático. Cuando el país necesita información precisa, líneas claras, investigaciones institucionales y reportería seria, Aristegui y Hernández entregan una narración lista para consumo masivo: un relato oscuro, sin pruebas, sin matices, pero altamente eficaz para generar alarma. No buscan entender el crimen: buscan apropiárselo. Lo convierten en material dramático, útil para su audiencia y para la derecha que necesita historias de colapso para sostener su discurso. No se trata de negar la violencia del país, sino de denunciar la manipulación del dolor. Los crímenes reales no pueden ser usados como trampolín narrativo para alimentar una industria de sospecha. Cuando el periodismo renuncia a la evidencia y abraza el dramatismo, deja de ser un servicio público y se convierte en un instrumento político. 

Aristegui y Hernández no están describiendo al país: están produciendo una versión del país que conviene a su alianza editorial. Una donde la verdad es secundaria, la verificación es opcional y la sospecha es la mercancía reina. Una donde el yo de una y el liderazgo mediático de la otra valen más que la justicia. El país merece más que eso. Merece claridad. Merece rigor. Merece que quienes tienen micrófono no traten a la audiencia como consumidores de tragedias, sino como ciudadanos que necesitan certezas. Pero mientras esta dupla siga operando, México no tendrá periodismo: tendrá un espejo deformado donde el miedo es la única imagen posible.

*Es Cosa Pública

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