René Montero Montano
“El escritor burgués recreativo no reconoce tal alternativa. Ustedes le prueban que trabaja, aun sin admitirlo, en interés de determinados intereses de clase”
Walter Benjamin
– La huelga que sorpresivamente recibió el público consumidor de “cultura hollywoodense” por estos días de Noviembre del año pasado, proveniente de los trabajadores (160 000) de la industria del entretenimiento diseñada para la Unión Americana, aún no delimita -y quizá no logre hacerlo- sus alcances desde el marco de una reflexión crítica, a modo que desborde sus propios limites consolidados como “servicios para una clase”, es decir, de reconocerse como un movimiento (contextualmente producido) dentro del mismo modo de producción capitalista y su jerarquía de valores, estructurada para mantener formatos de una ideología propia del control del pensamiento de la sociedad norteamericana y, en la medida de lo posible, del resto del mundo.
– Salir de esos límites consolidados, y pasar a la crítica de los procesos de producción del entretenimiento a los que se alinean los trabajadores del sindicato de Actores de Cine-Federación Estadounidense de Artistas de Radio y Televisión(SAG-AFTRA) y trascender a sus contenidos predeterminados con una intención de clase, dista mucho de considerarse un movimiento de huelga orientado a alterar el orden legitimador de una cultura productiva de lo recreativo y abocarse producir una tendencia diferente y desmarcada del quehacer hasta ahora realizado.
– De una forma irreflexiva y sin detenerse a pensar los contextos, al escuchar el discurso de la líder del sindicato de trabajadores de la industria holywoodence del entretenimiento, Fran Drescher, actriz y presidenta del sindicato de actores, parece resonar una vieja convocatoria al levantamiento de los trabajadores contra los corporativos que imponen sus reglas de relación laboral productiva -hoy derivadas de los avances tecnológicos del streaming y la IA-, particularmente con sus trabajadores”creadores” de narrativas que circulan en el mundo, invadiendo con series, películas, obras teatrales propias de un discurso indudablemente alineado a los intereses de quienes sostienen salarialmente a sus colaboraciones.
– Hoy, a un año del acontecimiento, se sabe que en realidad, se trató de un ajuste de cuentas pragmático que amenazaba con un desplazamiento laboral de profesionales adscritos al sistema de entretenimiento, frente al impulso del streaming y el uso de la inteligencia artificial (IA) en la producción de diseño y contenidos del modo de ver el mundo con lentes de fabricación norteamericana.
– Nada que ver con un discurso radicalizado de crítica al uso del dispositivo comunicativo en general, en cuanto al tratamiento de información y su relación con la legitimación de verdades.
– Ilusamente, hay quienes se engancharon con los discursos incendiarios de la dirigencia sindical y llegaron a pensar que se trataba de un movimiento contestatario, que buscaba trascender los límites de un particular ejercicio de producción recreativa, y que estaba siendo agredido por decisiones arbitrarias de la Alianza de Productores de Cine y Televisión (AMPTP), grupo que se enriquece con la venta de sus mercancías de alto consumo mundial.
Nada más falaz. Se trataba de un movimiento estrictamente gemialista de creadores defendiendo sus posiciones dentro del dispositivo de control del pensamiento y modo de vida del ciudadano del país y del mundo.
Indignados por las consecuencias laborales que acarrea para miles de trabajadores del entretenimiento la reducción de prestaciones del sector visible: escritores, guionistas y puestos aledaños a ellos, y por las alteraciones en los ritmos de consumo que pueden sufrir si no se hace nada, lanzaron la convocatoria a participar y actuar para detener esa injusta tendencia laboral, que sin duda podía expandirse a los corporativos dedicados a entre-tener a los grupos sociales del mundo.
– Estuvimos frente a un movimiento de integrantes de un sector intelectual productor/complice del grupo social (AMPTP) que detenta una riqueza suficiente como para decidir los rumbos del control del sistema de entretenimiento vigente en la Union Americana, de los socios integrantes de los corporativos de esta industria tan remunerativa en todos los sentidos posibles.
– Podría decirse que estuvimos cercanos de pensar a este sector de intelectuales del entretenimiento, como autores, productores escriturales, literarios y ejecutores, dispuestos a produccir con una “tendencia políticamente correcta”, y de la cual se está en el derecho de esperar calidad en su ejecución.
– Sin embargo, se trata de una tendencia de pensamiento creador que es congruente con la clase social que domina el mercado del entretenimiento. Y en ese sentido, ajustado dentro de los umbrales de trabajo-mercancía-valor que se juega en las canchas de la ganancia, la oferta y la demanda en los nichos de mercado de una “calidad” en sus producciones.
– A poco mas de un año del alzamiento y con un acuerdo entre el sindicato SAG-AFTRA y AMPTP, donde se alcanzaron logros salariales y contractuales, todo volvió a una dinámica de producción ya establecida. Solventadas las demandas, la maquinaria funciona nuevamente sin alteraciones, incluso con limitaciones para el uso de la IA en este mercado.
– Vale destacar que esta refriega ha servido para poner en alerta a los sistemas comunicativos privados de otros países, México por ejemplo, que sin mayores complicaciones ha desplegado formatos de producción cada vez más distantes de “tendencias políticamente correctas”, desmantelando toda posibilidad de organización de trabajadores del entretenimiento por y para la defensa, ya no de una producción legitima y congruente con la realidad política y social, sino de sus propios intereses laborales.
Estas políticas del entretenimiento han desplazado la producción de contenidos legítimos, para instalar bufonerías de la más infame calidad. Al mismo tiempo, abrir mayores espacios a la penetración de productos de entretenimiento gestados en el seno de los creadores norteamericanos.
El ciudadano común mexicano, hoy se encuentra expuesto, más que nunca, a una lógica de consumo del entretenimiento más insulsa de todos los tiempos: la televisión comercial, peor la de paga por cable, la telefonía y las redes sociales, operan como los dispositivos de control del pensamiento más intenso, sin que se vislumbre una apertura a otras opciones más allá de la producción autorizada por el estado.
Sin duda, la producción de entretenimiento y su importancia como tal en la transmisión de cultura se encuentra en poder de una clase en resistencia a los porvenires que pueden vislumbrarse para los próximos años en México.
En tanto, el estado se mantiene distante de una función incondicional de financiamiento a la producción cultural, sin posibilidad visible hasta ahora de mirar aquellas expresiones que no sean cercanas a sus propósitos de contención -que no formación- política de los ciudadanos.
Es hora que el sistema mexicano considere los apuntes del Informe MacBride, publicado en los años 80’s por la UNESCO, y que daba sentido legítimo a los estados del mundo para promover la formación del criterio de las sociedades en su contexto.
Bien vale la pena tomarlo a modo de documento preventivo de lo que nos espera si no se apoyan iniciativas de producción del entretenimiento e información que se desmarcan de una mirada gubernamental.
