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No soy especialmente aficionado al fútbol, salvo cuando hay Mundial en México. Así que sin buscarle demasiado tiempo chichis a las culebras, esto es de lo que me enteré en la semana.
Estados Unidos alberga 78 de los 104 partidos del Mundial 2026, incluyendo la final. Es el anfitrión principal. También es el país cuyo gobierno aplicó su ideología racial al evento que el mundo entero mira al mismo tiempo.
Omar Abdulkadir Artan tiene 34 años y pasaporte somalí. Obtuvo la insignia de la Federación Internacional de Fútbol Asociación en 2018. En 2025, la Confederación Africana de Fútbol lo nombró mejor árbitro del continente. Dirigió la final de la Liga de Campeones de África. La federación lo incluyó en el grupo de árbitros designados para el Mundial. Habría sido el primero de Somalia en arbitrar una fase final. Para llegar hasta ahí, durante años modificó sus rutas de entrenamiento en Mogadiscio para evitar zonas con explosiones.
Llegó, aterrizó en Miami con una visa válida y una designación oficial de FIFA BB. Lo retuvieron once horas. Lo interrogaron sobre política y presuntos vínculos de seguridad. Lo deportaron a Estambul. Días después, un funcionario del Departamento de Estado dijo que era sospechoso de vínculos con organizaciones terroristas. No presentaron evidencia. Tampoco hizo falta: Somalia integra, desde junio de 2025, la lista de 39 países con prohibición total de viaje a Estados Unidos. El origen del pasaporte fue suficiente.
Irán y Haití enfrentaron restricciones de visa por decisiones políticas de la administración. Selecciones clasificadas por sus resultados deportivos que encontraron en la frontera un criterio distinto al del campo. El torneo arrancó con esa condición incorporada: el anfitrión reservó el derecho de decidir quién merece estar.
Esto no sorprende a quien haya seguido lo que ocurre dentro de ese país desde enero de 2025. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas ejecutó 307 mil arrestos de migrantes durante ese año, un incremento del 229 por ciento respecto al año anterior. Tres de cada cuatro detenidos no tenían condenas criminales o solo registraban infracciones menores. Las operaciones tuvieron nombre: Midway Blitz en Chicago, Metro Surge en Minneapolis, donde dos personas murieron a manos de agentes federales de inmigración en pocas semanas. El gobierno de Trump fijó como meta un millón de deportaciones en el primer año. En 2018, bajo su primera administración, miles de niños fueron separados de sus padres en la frontera y alojados en jaulas metálicas. La política se llamó «tolerancia cero». En 2025 la reactivaron sin estridencias, pero con el mismo resultado: menores durmiendo en suelos de hormigón mientras el Estado perdía sus registros. En junio de ese año, Trump amenazó varias veces invocar la Ley de Insurrección de 1807 para desplegar tropas activas en Chicago y Los Ángeles. No lo hizo porque no había ninguna insurrección. Había protestas contra las redadas, eso sí. El Pentágono obedeció. La arquitectura legal que sostiene esas operaciones es la misma que dejó a Artan en un vuelo de regreso a Estambul.
El 20 de enero de 2025, horas después de que Trump asumiera la presidencia por segunda vez, Elon Musk subió al escenario en Washington y extendió el brazo derecho dos veces. Historiadores, legisladores y la directora ejecutiva de una fundación de sobrevivientes del Holocausto describieron el gesto sin ambigüedad: era el saludo nazi. Musk dijo que era propaganda coordinada y luego hizo chistes con nombres de jerarcas del Tercer Reich. El Departamento de Estado designó cuatro organizaciones de izquierda como terroristas extranjeras. Organizaciones de supremacía blanca comparecieron ante comités del Congreso con una frecuencia sin precedentes. Nick Fuentes, que ha elogiado públicamente a Hitler y niega el Holocausto, quintuplicó su audiencia y alcanzó un millón de seguidores en la red social X. Trump había preguntado en una reunión si había acuerdo para designar grupos antifascistas como terroristas y dijo: hagámoslo.
Ese es el país que retuvo once horas a un árbitro somalí en el aeropuerto de Miami y lo mandó de regreso sin explicación.
FIFA no tiene instrumentos para obligar a su anfitrión principal a respetar los principios que ella misma proclama. Ese vacío no es un accidente. Es el resultado de haber firmado con un Estado que no obedece a nadie, ni siquiera a sus propios compromisos.
Hay un antecedente. En 1936, Hitler usó las Olimpiadas de Berlín para proyectar al mundo una Alemania ordenada y civilizada. Retiró temporalmente los carteles antisemitas de las calles. El mundo fue, aplaudió y volvió a casa. Trump también necesitaba el Mundial como escaparate de grandeza nacional. La diferencia es que Hitler ocultó el régimen durante los Juegos. Trump no ocultó nada: las redadas siguieron, el veto a Artan ocurrió en pleno torneo. Ni siquiera necesitó disimular.
Artan volvió a Mogadiscio. Cientos lo llevaron en andas con una bandera de Somalia. La Unión de Federaciones Europeas de Fútbol lo designó para dirigir la Supercopa de Europa en agosto. El mejor árbitro de África en 2025 no pitará en el Mundial por prejuicios racistas redivivos.




