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La ilusión de la guerra precisa

ECP*

En una entrevista reciente en el canal de YouTube The Diary of a CEO, el politólogo de la Universidad de Chicago Robert A. Pape, director del Chicago Project on Security and Threats, explica con notable claridad un punto que suele desaparecer en la propaganda de guerra: bombardear puede destruir objetivos, pero rara vez resuelve el problema político que dice combatir.

La observación parece elemental, pero contradice uno de los pilares del pensamiento estratégico estadounidense de las últimas décadas: la idea de que la superioridad tecnológica permite controlar la guerra.

Misiles de precisión, drones, inteligencia satelital, bombas capaces de perforar montañas. La narrativa sugiere que la guerra moderna puede ser una operación quirúrgica. Se golpea un objetivo, se neutraliza una amenaza y el conflicto queda resuelto.

Pape sostiene lo contrario. La guerra aérea casi nunca produce el resultado político que promete. El primer efecto suele ser interno. Cuando un país es atacado desde el exterior, las divisiones políticas tienden a reducirse y la sociedad se reorganiza alrededor de la defensa nacional. Sectores que antes criticaban al gobierno atacado terminan cerrando filas con él. La agresión externa se convierte en argumento de cohesión.

El segundo efecto es la escalada. Una campaña aérea rara vez permanece limitada. Cada bombardeo abre nuevas preguntas: qué instalaciones sobrevivieron, dónde se dispersó el material estratégico, qué capacidades mantiene el adversario. La presión política para demostrar resultados empuja a ampliar los objetivos. La guerra empieza como una operación precisa y termina convirtiéndose en una dinámica que exige más intensidad.

El tercer efecto es la ilusión de la victoria rápida. Las imágenes del bombardeo generan una sensación inmediata de éxito. Instalaciones destruidas, columnas de humo, declaraciones de misión cumplida. Pero el problema político que originó el conflicto sigue intacto. La estructura del poder local no desaparece porque un edificio haya sido destruido.

Lo que queda es una región más inestable. La historia reciente lo confirma. Serbia en 1999, Irak después de 1991, Afganistán tras 2001. En todos esos casos la superioridad militar fue indiscutible. Sin embargo, estabilizar el escenario político resultó mucho más difícil que destruir objetivos militares.

Ahí aparece el verdadero problema de las guerras contemporáneas.

Durante el periodo de hegemonía posterior a la Guerra Fría, Estados Unidos no sólo podía destruir. También podía reconstruir, reorganizar sistemas políticos y establecer nuevos equilibrios regionales. Hoy la primera capacidad sigue intacta, pero las otras se han vuelto cada vez más inciertas.

La potencia militar sigue siendo formidable. La capacidad de ordenar políticamente el mundo después de usar esa fuerza es mucho menor. Por eso muchas intervenciones recientes no producen estabilidad, sino zonas prolongadas de conflicto. La guerra deja de ser un instrumento de resolución y se convierte en un generador de desorden estratégico.

La conclusión que se desprende de la entrevista es incómoda. La superioridad tecnológica no corrige los errores de cálculo político. La precisión del armamento no sustituye la comprensión de las dinámicas sociales que sostienen a un régimen o a un conflicto.

Se pueden destruir instalaciones nucleares, bases militares o centros de mando. Pero no se puede bombardear la identidad nacional, el resentimiento político o la estructura social que sostiene a un adversario.

Cuando una estrategia militar ignora ese hecho, la guerra deja de ser un instrumento de control y se convierte en un síntoma de algo distinto: la dificultad creciente de las grandes potencias para ordenar el mundo que sus propias armas desordenan, concluye Pape.

*Es Cosa Pública

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