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Atlas Network: la fábrica global del sabotaje “libertario”

ECP

Atlas Network no es una ONG inocente que promueve ideas en abstracto. Desde que Antony Fisher la fundó en 1981, su objetivo fue “llenar el mundo de think tanks de libre mercado” y articular una red global para empujar el mismo proyecto: achicar el Estado, privatizarlo todo, desregular a favor del capital y contener cualquier intento de reforma social.

Hoy presume más de 500 organizaciones afiliadas en alrededor de 100 países, conectadas en un ecosistema ideológico coherente y disciplinado. Su historia está profundamente entrelazada con el poder corporativo. Investigaciones han documentado financiamiento de la Charles Koch Foundation, Donors Trust, Bradley Foundation, Templeton, Lilly Endowment y, durante años, ExxonMobil y Philip Morris, que utilizaron la red para impulsar negacionismo climático, oposición a regulaciones y campañas contra impuestos al tabaco y al carbono.

No se trata solo de “ideas”, sino de una infraestructura paga para defender intereses específicos: hidrocarburos, finanzas, grandes corporaciones. En América Latina, Atlas fue sembrando nodos desde los años ochenta: apoyó a Hernando de Soto en Perú, think tanks en Chile, Argentina y Brasil, y una constelación de organizaciones que comparten la misma agenda: desmantelar el Estado social y blindar al mercado.

En Chile, investigaciones académicas y periodísticas han mostrado cómo think tanks ligados a Atlas participaron activamente en la campaña del “Rechazo” contra la nueva Constitución, alimentando un bombardeo ideológico y digital que terminó por derribar el proceso constituyente.

Más recientemente, documentos revelados por la prensa internacional muestran que Exxon utilizó a Atlas para financiar, en los noventa y dos mil, una campaña de negacionismo climático en América Latina: traducción de panfletos pseudo–científicos, giras de “expertos” negacionistas, reuniones con políticos y medios para torpedear los acuerdos climáticos de la ONU.

El patrón se repite: capital fósil, think tanks “independientes” y una red que se presenta como sociedad civil mientras actúa como brazo ideológico de las grandes empresas.

En México, el vínculo ya ni siquiera se oculta. Según directorios y reportajes, Roberto Salinas-León, ligado al grupo de Ricardo Salinas Pliego, funge como director de Atlas Network para América Latina; y la fundación Caminos de la Libertad, creada por Grupo Salinas y presidida por Sergio Sarmiento, aparece como aliada destacada en la red.

Atlas ha organizado foros continentales en Ciudad de México y Río de Janeiro, con la participación protagónica del Centro Ricardo B. Salinas Pliego y think tanks como Livres (Brasil), donde se afina la estrategia regional para “combatir el estatismo” y “ganar la batalla de las ideas”.

El brazo juvenil se llama Students for Liberty (Estudiantes por la Libertad), con presencia activa en universidades latinoamericanas. Se presenta como red estudiantil, pero funciona como cantera política: cursos, becas, entrenamientos en comunicación, campañas “audaces” que repiten el mismo guion: demonizar impuestos, ridiculizar políticas sociales, atacar a los gobiernos progresistas y glorificar la “libertad” entendida como desregulación absoluta del capital.

El impacto en la configuración política regional es visible. Think tanks asociados a Atlas han participado, directa o indirectamente, en procesos como: la presión contra Evo Morales y la narrativa de “fraude” que precedió al golpe de 2019; la campaña contra el proceso constituyente chileno; el impulso mediático e intelectual a figuras como Javier Milei en Argentina; y la articulación de redes ultra–liberales en Brasil, Ecuador y Colombia que atacan cualquier intento de redistribución o soberanía sobre recursos naturales.

Para la Cuarta Transformación en México, Atlas Network no es un actor anecdótico: es la matriz intelectual y operativa de buena parte del discurso que demoniza a la 4T como “populismo autoritario”, “estatismo” o “socialismo del siglo XXI”. A través de think tanks, columnistas, comentaristas televisivos, influencers y organizaciones aparentemente “cívicas”, la red busca construir una percepción de crisis permanente, sabotear las políticas de recuperación del Estado y minar la legitimidad de los programas sociales.

El peligro es que se trata de una internacional conservadora sofisticada, que aprendió de las derrotas abiertas de los años setenta y ahora actúa por debajo del radar: no da golpes de Estado clásicos, sino golpes de opinión, golpes de confianza, golpes de percepción.

Frente a eso, la defensa del proyecto mexicano no puede limitarse al terreno electoral. Se trata de entender que hay una infraestructura global financiada para impedir que países como México consoliden un modelo de desarrollo soberano y con justicia social. Y que buena parte del ruido “libertario” que hoy se escucha no es espontáneo: es el eco calculado de la mano invisible del sabotaje.

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