lunes, mayo 23, 2022
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Hotel Limón

Un museo, una escuela, un café, una cantina o bar y un hotel, son sitios claves para una ciudad. No importa las coordenadas ni los tiempos, tampoco si son chicas o grandes, en la riviera o en el desierto, enclavadas como paréntesis entre los verdes del bosque o la selva mítica. No es exagerado que si falta uno de ellos en las narraciones de los cronistas, el alma citadina está coja.

Un museo resguarda la silueta del pasado viviente, no se reduce al resguardo del objeto por el objeto, sino es el testimonio de la travesía de un todos. Una escuela edifica el primer paso para aprender conocimiento, pero más para saber ejercer la libertad sin las cadenas del dogma y de cualquier extremismo.

El café, más que mesas, sillas y el encantador sonido del choque involuntario de tazas, platos y cucharitas, es el sitio ideal de la conspiración cotidiana. Un café resguarda una biblia de historias, es el recoveco donde el aroma del grano impregna su impronta y deja testimonio en cada visitante por más que nunca regrese a él. Un sorbo de café puede arreglar al mundo. El bar o la cantina, igual que un café es más que la barra y su mobiliario, es el sitio de la rebelión del olvido, trago de alcoholes lo mismo hidalgos para los valientes o maridajes para los aventureros.

¿Qué sería de la literatura, del cine, de la poesía sin cafés y bares? Y el hotel, posada para cobijar el depósito del alma, parador del viajero tiene la osadía de ser desde un incandescente espacio del amorío express al refugio de un recuerdo de vacaciones familiares que quedan como calcomanías en la memoria de los años vividos. La capital veracruzana que tiene ese espiral de parecer inerte al paso del tiempo y que como todo el mundo vive en el dramático entrecruce de la pandemia, la crisis económica y el turismo de capa caída, es testigo del cierre del Hotel Limón, esa casona que sin ser señorial, tuvo la dignidad de nacer como quizá el primer hotel hace casi 130 años.

Hotel Limón, foto La Nigua

Del porfirismo, supo sobrevivir a la polvareda de la incertidumbre revolucionaria y al siglo XX y sus trazos que a veces eran laberintos sin salida. ¿Qué resguardan esos muros? La escala de la pernocta de los delegados revolucionarios y agraristas veracruzanos rumbo a la Convención de Aguascalientes, el secreto de esconder sotana y hábitos cuando el fuego amenazaba a la vecina catedral, los cuartos para viajeros de ultramar, escondida aventura erótica de dos, viajero de escalas múltiples, las borracheras de los estridentistas y el verso del poeta papanteco Manuel Maples Arce, el que se convirtió después en embajador y escribió:

Camino de otros sueños salimos con la tarde;
una extraña aventura
nos deshojó en la dicha de la carne,
y el corazón fluctúa
entre ella y la desolación del viaje.

Un icono Hotel se cierra, ya no habrá posteridad, pero sí una historia. ¿Qué sentirán los dueños de cerrar casi 130 años? Resistió a las plagas de Egipto y los virulentos personajes muchos de ellos hombres de poder que mantuvieron oídos y ojos en sus pasillos. Su posición tan céntrica lo convirtió en refugio a los viajeros que en sobriedad tenían que viajar a Xalapa a arreglar papeles oficiales.

Hoy, la pandemia se coló en su existir y lo cerró. Queda en el imaginario y en la brisa que despierta un limonero. No podemos perder ni un museo, ni otra escuela, café o cantina, más.

Juan-Pablo Calderón Patiño