viernes, mayo 20, 2022
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El cristianismo de López Obrador

Lorenzo León Diez

“La hipocresía es hermana gemela de la religión y se parecen tanto que algunas veces es imposible distinguirlas. Tienen el mismo aspecto, el mismo traje, el mismo lenguaje. La primera es, sin embargo, más suave cuando habla, y la palabra amor sale a menudo de sus labios”, escribió el gran romántico alemán Heinrich Heine.

México ha sido y es territorio como ninguno de esta fraternidad equívoca. Nada más baste recordar que Vicente Fox teatralizó esta relación cuando en la asunción de su mandato recibió un gran crucifijo de su hija en el escenario montado en el Auditorio Nacional. Y antes había amenazado que haría su campaña llevando el estandarte guadalupano.

La religión católica en nuestro país fue impuesta, como todos sabemos, con la espada y el yugo. Y la evangelización al ser la ideología de la dominación colonial fue también bandera de la liberación cuando dos curas, Hidalgo y Morelos, encabezaron las rebeliones indígenas contra la monarquía hispano católica en general, y el virreinato en Nueva España, en particular.

Llegar a ser un Estado ateo costó lágrimas y sangre. Lo reconoció al terminar su apostolado en México el nuncio Franco Coppola: “México no me parece un Estado laico; me parece más bien un Estado ateo, herencia histórica que es como una herida, si la toco, duele”.

Esta separación entre el Estado y la Iglesia costó miles de vidas. Un sufrimiento enraizado en el exterminio primero de los encomenderos que esclavizaron a la población nativa. Un hilo de guerras en cinco siglos: la guerra hispano-azteca; la guerra de independencia, la guerra de Reforma, la guerra de la Revolución Mexicana.

De esto se ha decantado un cristianismo mexicano que ahora expresa sobriamente el Presidente, frecuentemente, casi todos los días en algún momento de sus alocuciones: “Es necesaria la transformación, una nueva corriente de pensamiento en la que seamos cada vez más fraternos, se practique el amor al prójimo, le demos la mano al que se quedó atrás para que se empareje y caminemos todos juntos, que no estemos pensando en que la felicidad son los bienes materiales, el dinero, la fama, los títulos”.

Es un cristianismo el de López Obrador sin símbolos, no dice esto portando una cruz ni pasando entre sus dedos un escapulario, ni levantando la copa en la liturgia. Es simplemente el mensaje original de Jesús (“El padre de los menesterosos” –Bloy).

Los símbolos cristianos significan en nuestra cultura la crueldad, el acatamiento imperioso e imperial de una doctrina que imponía y coincidía con muchos aspectos de la teogonía mesoamericana: el sagrado corazón de Jesús es el símbolo que está al lado de otros vernáculos en los altares de los chamanes.

Y no obstante ese pasado de sufrimientos bajo las égidas cristianas, México es “siempre fiel”, frase emblemática de Juan Pablo II, significancia importante hoy, cuando arriba al poder vaticano el papa Francisco, latinoamericano, igual que Andrés Manuel López Obrador.

Ambos personajes (Francisco y Obrador) comparten un mismo sentido de lo religioso cristiano y podemos decir que sus textos y acciones se complementan para renovar el cristianismo en occidente. Los dos se reconocen: Franco Coppola lo dice así: “La frase «abrazos, no balazos» es más profunda de lo que parece. Es un slogan, y como tal no dice toda la riqueza, profundidad y complejidad”.

Cómo cuesta a los hipócritas que portan crucifijos entender esta frase. 

La hipocresía de cuerpo entero. Vestida y aliñada, la frase de Heine en los gobiernos panistas.

El que un jesuita haya decidido para su vicariato llamarse Francisco revela una revolución simbólica en la Iglesia. En su encíclica Fratelli tutti el Papa afirma que la política no puede ser definida por la economía ni ésta por la tecnología. Critica con determinación las férreas leyes del mercado, herejía moderna, que sostiene como valores supremos de la convivencia, la competitividad y la ganancia postergando la solidaridad, la cooperación y la fraternidad.

En el capítulo V escribe el Papa Francisco: “Es muy difícil proyectar algo a largo plazo, si no se logra que eso se convierta en un sueño colectivo. Todo esto se encuentra expresado en el sustantivo “pueblo” y en el adjetivo “popular”. Si no se incluyen –junto a una sólida crítica de la demagogia– se estaría renunciando a un aspecto fundamental de la realidad social”.

Del Papa Francisco, como de López Obrador, pronto se dijo que eran “populistas”. El periodista católico Bernardo Bátiz puntualiza: “Se le tilda de populista a quien se inclina del lado de los marginados y de los pobres; eso, dentro del cristianismo debería merecer un reconocimiento y no una crítica”.

El Presidente de México en diciembre de 2021 escribió un texto que bien podría haber redactado Francisco. Recordemos que el santo de Asís personificó uno de los actos fundadores del renacimiento cristiano, al final de la Edad Media y cuyo mensaje, a decir de Chesterton, iba dirigido a nosotros, en la modernidad.

Lanzó López Obrador al mundo una propuesta que va a la raíz de la moralidad franciscana: el Plan Mundial de Bienestar. Es una invitación a despojarse de la vestidura de la hipocresía al mundo cristiano (católico, luterano, evangélico, etcétera), a dejar la demagogia y el uso tramposo de la imagen del crucificado a tiempo de seguir a pie puntillas el dictado neoliberal. Es una propuesta simple en un planeta en el cual el uno por ciento de la población posee más riqueza que el otro 99 por ciento y menos de 30 personas poseen más riqueza que casi 4 mil millones de las personas más pobres del mundo.

Son 750 millones de individuos (mujeres, hombres y niños) que viven en la pobreza extrema. Se trata de juntar una bolsa anual de un billón de dólares integrada a partir de una contribución voluntaria, cada año, de 4 por ciento de las fortunas de las mil personas más ricas y una aportación similar de las mil empresas más importantes por su valor en el mercado mundial, así como una contribución del 0.2 por ciento del producto interno bruto de los integrantes del G20.

¿Es un acto de caridad? En México, ¿es un acto de caridad entregar una bimensualidad a los adultos mayores y becas para niños y jóvenes? Vicente Fox se refirió a esto como el que da migajas. Quizá lo sea cuando vemos cómo han crecido las fortunas de los millonarios nacionales, cómo se ha despellejado la economía basada en los bienes del pueblo. Y he aquí la palabra que tanto escozor causa a los conservadores, en México y en la Iglesia, pues como la religión en su hermandad con la hipocresía, esta palabra tiene los acentos que cada quién le pone. 

Está claro (León Bloy) que “el Señor atiende el deseo de los pobres”. Vocablos que están vigentes como nunca: pueblo, popular, pobre. Veremos qué tanto responden las naciones poderosas del mundo a la propuesta obradorista, una palabra sólida contra la demagogia de los
Estados en la cristiandad.

Referencias:

Alemania. Heinrich Heine. UNAM. 2018.

El revelador del globo. León Bloy. Jus. 2005.

Hacia una nueva era. Gustavo Esteva. Edición digital. Cooperativa Editorial Retos. 2021.

“Francisco, San Francisco y los pobres”. Bernardo Bátiz. La Jornada.

“Francisco el Papa”. Bernardo Bátiz. La Jornada. 2 marzo 2020.

“La frase abrazos no balazos es más profunda de lo que parece”. Franco Coppola. La Jornada. 26 diciembre 2021.

“Bien recibida propuesta de AMLO al G20 contra la pobreza mundial”. La jornada. 8 diciembre 2021.

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