domingo, mayo 29, 2022
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Columna Urbanal

Violencia el bien y el mal

Manuel Vásquez

Es violento el silencio, igual que los gritos, y es violenta la ignorancia, a veces igual que la sabiduría, más allá de la dicotomía que ahora parece estar muy bien caracterizada entre hombres y mujeres, con el elemento ontológico del machismo en medio; parece que transitamos en un campo minado en México especialmente en estos días.
Y es que podemos repetir las ideas hasta la náusea, la primera que más que idea es un concepto, es que a toda circunstancia de violencia subyace un resquicio o rasgo de machismo heteronormado y patriarcal, algo que muchos hombres no entienden o no quieren entender.


Y otro; el desaforado vocerío del discurso político que prevé, que así tiene que ser, como todo proceso, aunque la valla que divide –como se ven los toros desde la barrera– esté construida con tablas viejas, que son la percepción de las luchas feministas, en las que es mejor no meterse por que invariablemente saldrás cornado o por lo menos arrastrado, con todo y tu capote y tu traje de luces.
Pero, ¿hacia dónde vamos? Primero hacia la discusión de fondo sobre el origen de la violencia en general, ya que en estos días parece que todos aceptan que la misma tiene género, y ese es el masculino, dado entonces que el mandato masculino es violento y el femenino desde la crianza no.


Segundo; la violencia es intrínseca de la especie; si es así, entonces encontramos que hombres (más allá de la testosterona) y mujeres somos violentos; pero los hombres la ejercemos indistintamente en diversos frentes donde se requiere, se aplica, se normaliza y sirve para el sostenimiento de cierta hegemonía.
Dados los hechos violentos en todo el país en estas últimas décadas, podríamos decir que es cierto; el 90 por ciento de los homicidios violentos, los feminicidios y los actos delictivos que se persiguen en todas las fiscalías y juzgados en nuestro país son hechos por hombres, incluidos el 100 por ciento de los ocurridos el fin de la semana pasada, en el estadio de futbol de Querétaro.
Entonces esto es cierto y es un fenómeno mundial; la base de la sociología y la psicología establece algunos puntos que son dignos de tomar en cuenta, antes de enjuiciar, opinar o rasgarse las vestiduras.


1.- Las barras del futbol son gregarias, y envuelven de anonimia lo sucedido cuando se transgrede la norma, la ley y/o se delinque en tribu, en bola, en grupo, en pandilla, en barra, en montón.


2.- El rasgo coincidente en estos hechos es la identidad; esto es, adquiere un origen primario de pertenencia que aporta orgullo, lealtad a los colores, a la bandera, al grito de guerra, algo así como una regresión socio histórica, en la que el hombre de manera natural guerreaba para demostrar valor, orgullo, fortaleza y triunfo, un amargo dejo del perdedor que puede afirmar: me acuchillaron pero antes maté a 10 de mis enemigos o contendientes.


3.- La marginalidad de dichos grupos, la pobreza, la rabia contenida, la frustración, la escasez, una pobre visión de futuro y una normalización de la violencia desde casa perfilan en el inconsciente, la idea de que se tiene derecho a ejercerla especialmente cuando es contra las mujeres.


4.- El mandato de crianza evita que el control emocional aplique con la razón consciente para evitar ejercer la violencia, dado que al no haber consecuencias de los hechos desde que se es niño, se llega pensar que nuestros actos, en la juventud y en la adultes, permanecerán impunes, en un imaginario falso, de que no se requiere control de la ira y por supuesto de su máxima expresión que es la violencia física, no solo contra las mujeres sino también contra los hombres.


5.- La falta del conocimiento del afecto y el amor, como rasgo del carácter, especialmente en los miembros de la familia, hace que se formule un escaso manejo de la empatía, la fraternidad y el amor filial, surgiendo por el contrario, un comportamiento autónomo que ejerce dominio, sin compromiso colectivo, en el que el estado emocional afectado y desaforado se expresa en rasgos de control hacia los demás, rabia, ira, frustración, enojo; en un panorama sociocultural, donde justo las emociones parecen no ser causa del problema individual, esto es, a cada hombre violento subyace una historicidad causal de actos que son reflejo del nulo conocimiento personal de la emocionalidad, cosa que aplica también en el comportamiento de masas.


Finalmente el deseo de poder va aparejado a los códigos morales, que pueden ser el único freno a la violencia en todo sentido en un individuo, que aprende a tiempo a arrepentirse, a frenarse, a hablar de sí mismo, a controlarse, ya no es la discusión sobre qué hacen las mujeres el 8M; es el fondo de los motivos del proceso, que tiene su propia semiótica, su propio lenguaje, sus propios códigos éticos, sus nomenclaturas, y a veces sus propios límites intrínsecos, dado que como todo proceso social necesita e implica una pedagogía que está en ciernes y que se moldea con el paso del tiempo.


Por ello, es bueno reconocer que hablar de esto sin enjuiciar, tener tolerancia, paciencia y aceptación nos permite avanzar en el análisis de fondo sin generalizaciones, dado que no todos los hombres somos violentos, ni machos, ni feminicidas, ni todos son omisos a las realidades de su deconstrucción; demos paso a la horizontalidad de la reflexión, no solo en estos días de violencia extrema en México debido a la pugna de los carteles en diversos estados del país, y no solo en lo que se refiere a la violencia contra las mujeres, sino más bien a la percepción de la violencia generalizada en la que vivimos, y que parece ya no conmovernos, excepto cuando nos dejamos ir en el rio del meme, las culpas, la descalificación y la división fratricida.