domingo, mayo 29, 2022
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8 de marzo

Roberto Yerena Cerdán

¿Qué sucede en el mundo cada 8 de marzo? Una enorme convulsión. Una inimaginable indignación. Un saldo impagable. Un dolor soterrado. Una cómplice incomprensión. Un latido que resuena en el cerebro. Una vergüenza inocultable. Un alma poderosa arrasada por la violencia. Una inteligencia acallada. La poderosa multiplicidad del género. La falta de respeto. La profunda inequidad. Un persistente recordatorio a los cobardes. El falso imperativo de la belleza femenina a toda costa. El machismo disfrazado de hombría. La caballerosidad vuelta cursilería. El acoso como inocente “piropo”. Las brujas de Salem. La Coatlicue. Juana de Asbaje y Juana de Arco. Científicas y trabajadoras domésticas. Madres, hijas, hermanas y amigas. La mujer y la vida.

Todo pasa en esa fecha y ha pasado a lo largo de la historia ¿Somos capaces los hombres de aproximarnos al universo femenino para comprender las complejas variantes del oprobio que significa la violencia consuetudinaria ejercida hacia las mujeres? Sin duda existe, de principio, un vergüenza que no resulta suficiente para admitir el papel central que una civilización constituida por valores masculinos –en su peor versión– ha significado en el proceso de sometimiento y subordinación de las mujeres que, al verse a sí mismas, han sufrido el ominoso efecto de la culpa y la auto denigración.

Al margen de los esfuerzos de los colectivos de mujeres organizadas –feministas o no– llevados a sus límites para contener y, acaso, transformar radicalmente las condiciones de inequidad de género prevalecientes en el mundo, se impone la necesidad de construir una visión complementaria y obligada de la otra ecuación de la fórmula: sin hombres conscientes que renuncien a su confortable condición patriarcal, resulta difícil pensar en cambios cualitativos que, a su vez, deriven en instituciones y prácticas que, al responder a su naturaleza, garanticen derechos y obligaciones sin distingo de género.

Porque las mujeres no demandan privilegios ni tratos diferenciados. Quieren pensarse y sentirse como iguales en la sociedad y frente a la ley. No quieren ser el objeto de la pudorosa benignidad masculina. No se asumen infalibles, ni privilegiadas. Quisieren ser lo que son y lo que representan en un sistema incapaz de asumirlas como iguales ante los hombres e, incluso, ante sí mismas. No renuncian a ser solidarias, valientes, creativas, cabronas, putas –dígase, gozosas. No admiten ser el objeto sublime de los boleros. No quieren ser resignadas ni abnegadas. No quieren sentirse excepcionales, sino verse plenamente reconocidas en el mundo como iguales y comunes. Que cuenten con instituciones judiciales que garanticen su seguridad en cualquier escenario social en el se sitúen –en los hogares, en las fábricas, en las escuelas, en los antros y en las calles–; y con un cambio profundo de mentalidades que, a futuro, cancele una fecha de conmemoración como esta, salvo que sea el festejo compartido de la destrucción del “eterno femenino” como mito patriarcal.

La emergencia estruendosa de las mujeres en la escena pública, reducida a la estigmatización oficial, no puede ser el lugar común del buen comportamiento femenino que no debiese incurrir en la iconoclasia; mientras sus cuerpos se arrojan en inmundos lugares sin que haya restauración alguna que recupere su existencia original.

El nombre de Victoria Esperanza –la mujer salvadoreña violentada y asesinada por primitivos policías en Tulum, Quinta Roo, el veintiocho de marzo de 2021– resulta terriblemente paradójico, pues bien puede representar la síntesis atroz de una realidad que se ubica en las antípodas de la victoria y, acaso, irrenunciablemente al borde la esperanza.