jueves, junio 30, 2022
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Ómicron: cuarta ola y vacunación

El director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, externó ayer su preocupación ante la perspectiva de que la variante ómicron del covid-19 aumente la “inmensa presión” ya existente sobre los trabajadores sanitarios e impacte sistemas de salud que se encuentran al “borde del colapso”. Aunque hasta ahora no se ha presentado la temida saturación hospitalaria, en la última semana se han batido marcas globales de propagación de la enfermedad: a escala mundial se han registrado, en promedio, 935 mil nuevos casos diarios, una cifra significativamente superior al pico anterior de 817 mil casos diarios en abril pasado. Solo en Estados Unidos, el martes se reportaron 512 mil nuevos casos, 58 por ciento de los cuales se atribuyen a ómicron.

Las reacciones ante esta nueva variante se mueven entre la alerta por la velocidad sin precedente de su propagación, y el alivio por su menor virulencia y letalidad. En este sentido, estudios realizados en Sudáfrica, Escocia e Inglaterra muestran que ómicron podría ser entre 35 y 80 por ciento menos grave que delta; mientras el Imperial College de Londres y el sistema hospitalario Metodista de Houston apuntan que ómicron provoca hasta 20 por ciento menos probabilidades de acudir a urgencias, así como entre 60 y 70 por ciento menos probabilidades de ser hospitalizado con respecto a la variante anterior. Sin embargo, debe matizarse que hasta ahora no hay datos concluyentes sobre si esta aparente atenuación de los síntomas se debe a las características de la nueva cepa o al perfil de la población estudiada, en su mayoría personas ya vacunadas y con un buen estado general de salud.

A reserva de que nuevos datos permitan definir el nivel de peligrosidad de ómicron, es indudable que se extenderá en México y que en algún momento se convertirá en la variante dominante, tal y como ha ocurrido en otras regiones. Ante esta perspectiva, es necesario hacer un llamado a la responsabilidad de todos los ciudadanos y en particular de quienes hasta ahora no han podido o no han querido vacunarse, ya que la falta de inmunización supone riesgos en tres órdenes: en primer lugar, el riesgo personal de enfermar gravemente e incluso morir; en segundo, el de que los nuevos casos saturen los hospitales y, por último, el de convertirse en un vector de contagio que propague la enfermedad, tanto entre las personas cercanas como en la comunidad.

Debe recordarse que la vacunación, sin ser una garantía de inmunidad, marca una inestimable diferencia en la respuesta a la enfermedad: durante la tercera ola pandémica en México, 93 por ciento de las hospitalizaciones y 95.5 por ciento de las muertes por covid-19 fueron de personas no vacunadas.

Es de celebrarse que en nuestro país tengan relativamente poco eco las diversas creencias paracientíficas que frenan el avance de la vacunación en algunas naciones desarrolladas, por lo que aquí 88 por ciento de la población adulta ya cuenta con al menos una dosis, si bien existen grandes diferencias regionales. Si se considera que todavía hoy cientos de millones de personas en los países más pobres se encuentran en espera de recibir alguno de los antígenos; tener la posibilidad de vacunarse y no hacerlo implica un acto de insensibilidad y falta de empatía. Es de esperarse que los ciudadanos cobren conciencia sobre este asunto y que, además de observar las medidas preventivas elementales, acudan a los centros de vacunación en los tiempos asignados.

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