viernes, agosto 12, 2022
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Narrativas, dos

Parece que cada vez con más definición y elementos se perfila una narrativa mundial del miedo por escalas.

Primero por el miedo sanitario, luego el encierro prolongado y su secuela de miedos adicionales diversos, entre ellos el del contacto con el semejante.

Esto para las masas, porque las élites gubernamentales y económicas solían exceptuarse, como penosamente hizo el primer ministro del Reino Unido Boris Johnson.

Lo que se dijo serían unos días se convirtió en un bienio. El encierro fue la fuerza que reveló sin pudor la veta autoritaria de los gobiernos neoliberales. Desde policías franceses persiguiendo adolescentes por no llevar tapabocas en el espacio abierto de un parque público, hasta las muchas manifestaciones en los países de la OCDE en protesta por los controles sanitarios.

La civilizada Canadá convertida en escaparate de las razones de la protesta y el encantador Trudeau instalado en veta represora. Netflix convertida en narradora contemporánea de la realidad edulcorada y Biden pastoreando al planeta hacia la catástrofe de una crisis alimentaria global porque las sanciones impuestas por él a Rusia amenazan a dejar al mundo sin fertilizantes.

La tormenta perfecta, una oda involuntaria a la incompetencia. El mundo está frente a la recesión, frente a la guerra y frente a la hambruna no por la invasión de Rusia a Ucrania, sino por la reacción estadounidense de sancionar con el bloqueo comercial a Rusia.

De insistir en esa lógica, Europa occidental enfrenta un destino terminal. Dicho sin eufemismos, si el mundo se destruye en modo profecía bíblica será atribuible más a la racionalidad neoliberal y de un demócrata con inquietantes limitaciones en la presidencia estadounidense, antes que por la capacidad de prognosis de los lejanos profetas.

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