miércoles, agosto 17, 2022
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La guerra es un fraude, pero es la estructura del sistema estadunidense

Las guerras se han definido de muchas maneras porque, en efecto, tienen muchos rostros diferentes. Desde Maquiavelo y su perspicacia cruda, a las sesudas tesis de Von Clausewitz. En 1936, en los años en que la guerra europea era inminente, un general norteamericano de apellido Butler escribió un libro titulado que incomodó al establishment: The War Is a Racket (La guerra es un fraude). Sugería que si no hubiera tantos buenos negocios alrededor de ella no habría tantas.

Las armas y los conflictos armados son hoy un sector sustantivo de la economía estadunidense con una parte pública, los presupuestos del Estado, y otra privada, las empresas armamentistas. Es decir, un modelo de capitalismo monopolista de Estado consolidado tras la Segunda Guerra Mundial. El presidente Eisenhower lo bautizó como el “complejo militar industrial”.

La hegemonía mundial estadunidense se logró –entre otras cosas, pero en muy buena medida– gracias a dicho “complejo” y a la ayuda prestada para la reconstrucción de una Europa, el Plan Marshall. El formato legislativo de aquella “ayuda” fue el de préstamo y arrendamiento que ya se había ensayado con Inglaterra durante la guerra. Permitía un doble negocio: alquilar mercancías a Estados Unidos con préstamos concedidos por Estados Unidos. Durante décadas fue un mecanismo de sumisión comercial y financiera que ahora se aplica a Ucrania. Por ejemplo, la URSS, que se acogió a los préstamos y arriendos de Estados Unidos, nunca pudo devolver el dinero prestado; Rusia heredó las deudas y no las acabó de pagar hasta 2006. Estados Unidos no perdonó un centavo a nadie.

Si Ucrania, que es un Estado paria desde hace muchos años, sobrevive a esta guerra total o parcialmente en la esfera occidental, jamás podrá pagar sus deudas a Estados Unidos. Ni en otras seis décadas, siempre dependerá de la “ayuda internacional”, de los préstamos del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial. Especialmente porque la concepción económica que rige los criterios de esos organismos multilaterales es la neoliberal, no la keynesiana de 1946.

Bajo criterios neoliberales, la ley de préstamo y arriendo no es, pues, otra cosa que un logro cuyos beneficios irán a parar al complejo militar estadunidense.

Eisenhower, sucesor republicano del demócrata Roosevelt, lo calificó de “influencia total”, tanto económica, como política y espiritual que profundizó aún más su impronta con la Guerra Fría. La estructura misma de la sociedad estadunidense está configurada por el armamento, el militarismo y la amenaza de guerra; de ahí la imposibilidad práctica de modificar la segunda enmienda que permite a todo ciudadano tener las armas que quiera.

Pero esta caracterización sería incompleta sin el fascismo, y no porque Ucrania lo haya puesto encima de la mesa ahora, sino porque iniciando los años 30 el fascismo era ya realidad en Italia, Alemania, España, Hungría. En Estados Unidos el complejo financiero militar, esto es Wall Street, intentó un golpe de Estado contra Franklin D. Roosevelt; trató de imponer un régimen fascista. En cualquier lugar del mundo, el imperialismo y la guerra no se pueden entender sin el extremismo autoritario del fascismo.

El Gran Capital es como el clero, nunca se ensucia las manos por sí mismo. En el golpe de 1933 (llamado “complot de los negocios” o “de Wall Street”), utilizaron como carne de cañón a una organización fascista de veteranos que había combatido en la Primera Guerra Mundial, un modelo exactamente igual al de Italia y Alemania. Los golpistas ofrecieron al general Butler encabezar el derrocamiento de Roosevelt, a lo que él se opuso.

El Congreso creó una comisión de investigación que tapó el asunto y lo mismo hizo la prensa (NYT) que calificó la denuncia como un “gigantesco engaño”. Nunca hubo nada de lo que denunció. Los nombres de los millonarios implicados en la intentona se borraron del informe final del Congreso. No puede haber fascismo, ni en Estados Unidos ni en Ucrania, porque sus cómplices siempre mantienen la boca cerrada.

“Los Camisas Grises de Nueva York se organizaron para eliminar a los ‘profesores universitarios comunistas’ del sistema educativo de la nación, y los Camisas Blancas, con sede en Tennessee, llevaban una cruz gamada y agitaban la toma de Washington. JP Morgan Jr, uno de los hombres más ricos del país, había conseguido un préstamo de 100 millones de dólares para el gobierno de Mussolini. Se negó desafinadamente a pagar el impuesto sobre la renta e imploró a sus compañeros que se unieran a él para socavar a Roosvelt.

Las historietas con la que nos entretienen los farsantes que lloriquean con el fantoche de la “extrema derecha” tampoco pueden digerir el hilo conductor del golpe de estado de 1933 con la crisis capitalista de 1929. La guerra, el imperialismo, el fascismo y el capital monopolista son los términos de la misma ecuación, tanto si hablamos de Alemania en 1933, como de Ucrania en 2022.

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